jueves, marzo 30, 2017

Las Letras Mayúsculas del Constructivismo


Los últimos sucesos conflictivos en la Escuela de Literatura y en la Facultad de Letras de San Marcos –cuyo motivo es la contratación por locación de servicios para profesores de Literatura, pero también de Filosofía–, puede entenderse como el enfrentamiento de dos pensamientos dispares. Antes de exponerlos, es necesario hacer un breve rodeo por algunos conceptos.

Comencemos, entonces, por una aseveración en extremo elemental: existen cosas en el mundo. Cosas, objetos, sucesos, pero también personas, obras artísticas como la música, la pintura y, a continuación, un largo etcétera. Ese conjunto, aunque vasto, no es todo lo que existe. Además de esas “cosas” múltiples, existen ideas sobre las mismas; estas ideas nos permiten organizar aquellas cosas de modo distintivo. A las primeras se les llamará “presentaciones”, a las segundas “representaciones”.

Si bien esta distinción es una trivialidad, algo sabido por todos, el lector enterado sabe además que aquí se están utilizando dos nociones propias de la ontología de Alain Badiou. Como puede entenderse de inmediato, existen formas de relacionar estos dos conceptos que dan como resultado “múltiples” diversos: hay múltiples que existen, están presentados, pero no tienen representación; también los hay que son puras representaciones sin presentación y, a continuación, el lector puede deducir otras dos combinaciones.

Un de ellas, para entrar en materia, es la base del constructivismo: los múltiples que son presentados y representados. En pocas palabras, existe un régimen de pensamiento que solo puede percibir múltiples en el mundo porque tienen un nombre, un lugar en la clasificación aceptada, una entrada en su diccionario, un acápite en la ley. El constructivismo es, en el fondo, un nominalismo radical; cree que los nombres “construyen” a las cosas. Como diría Badiou, este modo de pensar, toma solo del lenguaje (de los códigos y sus representaciones) la autoridad para considerar los hechos que existen.

Sin embargo, es posible y perfectamente lógico pensar en la existencia de fenómenos que no tenga nombre. Esto ha ocurrido en el pasado y sigue ocurriendo en el presente. Es muy iluso pensar que nuestros sistemas regulación representativa, por ser actuales, han superado las del pasado y son capaces, ya definitivamente, de dar cuenta de todo lo que existe, de todo lo que está vivo, de todo lo que se necesita o desea. Ese pensamiento es iluso porque, en el fondo, niega el movimiento.

Es verdad que las representaciones nos ayudan: una clasificación enciclopédica nos permite reconocer hechos y nos orienta a estudiarlos ordenadamente. Un diccionario nos permite, al consultarlo, ser precisos en nuestra expresión. Una norma nos orienta para distribuir las acciones y sus pasos a seguir.

Pero ninguna clasificación es capaz de coactar la existencia de los hechos que no conoce y que, por tanto, no ha podido clasificar; ningún diccionario es tan potente como para impedir la formación de nuevas palabras; ninguna norma o reglamento destruye todas las acciones que no ha considerado y que, sin embargo, se necesitan con urgencia.



Pues bien, el constructivismo es el pensamiento que anhela la inexistencia de lo inclasificado, la supresión de los neologismos, la criminalización de las acciones que no se pueden inferir directamente de lo que dice la letra de la regla. El constructivismo incluso promueve la criminalización de las acciones que son necesarias y urgentes, que son respuestas a muy antiguos malestares, pero que, por no corresponderse de un modo muy pegado al inciso o la disposición, pueden –incluso más precisamente deben– no hacerse.

En este punto, es fácil entender cuáles son los pensamientos enfrentados y dispares:
a) el de los constructivistas que creen que asumir los reclamos de los estudiantes e intentar resolverlos sin perjuicio de nadie y en beneficio de todos es ilegal y, por lo tanto, ominoso y temible, porque las regulaciones que ellos respetan (las que resultan de no levantar los ojos ciegos de las sinuosidades de los incisos), no construyen estas decisiones, y 
b) el de aquellos que creen que las reglas no coactan las acciones, sino que las favorecen, y entienden que estas acciones se orientan a incrementar el nivel académico universitario, no sobre la base de meros “papeles”, como certificados y diplomas, que pueden ser espurios, sino a partir de la excelencia académica presentada, aunque no esté “debidamente” (es decir constructivistamente) representada.
¿Qué tipo de universidad queremos? ¿Una de naturaleza constructivista, que piensa que no existe nada salvo lo que los certificados, las normas, las clasificaciones dicen muy literalmente? ¿O queremos una universidad que entienda las regulaciones como principios de orientación para acciones en beneficio académico y no para su empobrecimiento?

Final y personalmente, quiero creer que aquellos que se oponen a que se eleve al Consejo de Facultad esta selección de profesores para la contratación indicada son constructivistas, ese sería el mal menor: podrían no saber que lo son y, luego de enterarse, intentar corregir esta confusión insostenible que les impide a ellos mismos la libertad de pensamiento. Porque si no, lo que queda es desolador: gente que dice obedecer las reglas solo cuando les favorecen, que sabe que los certificados no lo dicen todo de las personas, pero, aun así, no les importa y prefieren impedir todo avance, todo favorecimiento del saber en beneficio de cálculos polítiqueros y nunca políticos. 

Esperemos que esto último no sea.