lunes, junio 06, 2016

La efímera bandera y su sujeto posible





Al final de la marcha, en la Plaza Dos de Mayo, un momento estético crucial fue para mí ese en el que una enorme bandera peruana comenzó a desplegarse por encima de nuestras cabezas. Era un monumental significante que nos cubría y representaba a nosotros, el conjunto de peruanos de diferentes condiciones y procedencias que habían asistido a la marcha, y que así nos convertíamos en su significado. La bandera pasó y la fricción entre esas dos substancias (una plástica y bicolor, otra vital y humana) produjo, quiero creer, un sujeto. De este modo, ese momento estético, relativo del tacto y al color, se volvió un momento ético.

Este es, sin embargo, aunque simbólico, un sujeto de naturaleza muy efímera, el suyo es un semblante precario que solo podrá ser fundacional con muy puntuales condiciones: cuando podamos retomar la escena, nuestra pertenencia a ella y cuando nos aprovechemos de su potencia; es decir, cuando nos reconozcamos en nuestra fidelidad a ese momento. En sí mismo no tiene un valor, salvo aquel que le otorguemos. Y es efímero este sujeto porque se constituye solo en un gesto que no representa ninguna fuerza suficiente y, como lo ha mencionado Juan Carlos Ubilluz en “Contra la lógica del mal menor”, “disimula la ausencia de una alternativa política seria”.


En ese artículo, con un procedimiento zizekiano –aquel de reconocer el reverso obsceno de una escena simbólica–, su autor ubica con precisión la infausta década fujimorista como la contrapartida del sistema democrático de derecha. Y es que no es un secreto que la corrupción ha sido en nuestra historia reciente una herramienta del capitalismo; en nuestro caso, el fujimorismo sirvió perfectamente a las políticas neoliberales que extendieron por el mundo. Desde esta perspectiva, decidir el voto por alguno de los dos candidatos a la segunda vuelta, Kuczynski o Fujimori, no es decidir nada: ambos son realmente lo mismo… ¿Realmente? 



Puede ser verdad que, como dice Ubilluz, “después de comprobar la viabilidad de nuestra democracia administrada, los hombres de negocios sienten que ya no necesitan a su fundador suplementario [Fujimori] y apuestan por alguien que reconocen como uno de los suyos, PPK”. Pero los motivos de la derecha no son los de la izquierda, y no pueden ser los de aquellos que se identifican con ese sujeto efímero del No, ese que habría que nombrar, ese sujeto de la bandera y de la Plaza Dos de Mayo.

Desde la perspectiva de la derecha, es lo mismo haber votado por la legalidad democrática que por la corrupción del narcoestado. Esto es más que evidente cuando recordamos a un PPK, en las elecciones presidenciales del 2011, apoyando a Fujimori sin ningún empacho. Pero desde la perspectiva de la izquierda y, sobre todo, desde la perspectiva de la subjetividad efímera de aquella bandera, no es lo mismo: donde todo se confunde, el gesto necesario es distinguir: será lo mismo para ti, hombre-de-negocios, a veces la corrupción; esta vez, la formalidad. Para mí no.

Y no es lo mismo porque algo más radical ha estado en juego en este momento electoral. Aquello que representa el fujimorismo, con todo su populismo adormecedor, con todos los probados o por probar nexos con la corrupción y el narcotráfico, no se conecta solo con la derecha, no es solo “su” reverso obsceno, sino que me es también secretamente propio: representa el goce indistinto que se opone al deseo singular. Yo también –y hablo por ese sujeto de la Plaza–, puedo sentir la tentación de acallar mi deseo y de entregarme al goce. Yo también puedo consentir con aquella mortificante posición del esclavo, aquella de “la vida es como es”, aquel goce de “todos son corruptos y no hay nada que hacer”, aquel de “yo por mí y los míos y al diablo el resto”. En consecuencia, votar hoy no era un redundante “por la derecha o por la derecha”, sino que fue votar o por el goce o por el deseo.


Y este fue el caso porque la respuesta a la pregunta por el voto fujimorista de los más pobres no es la ignorancia. La respuesta es la contraria: lo saben demasiado bien. Incluso más: el fujimorismo está tan bien asimilado que forma parte de su sentido común. Y ¿qué sentido es este? El del ciudadano que observó impotente durante una década el obsceno poder del criminal sin otra salida que la chata evasión televisiva o la miseria de su nueva condición de pordiosero. Es el de quien vio, mientras crecía y se formaba, el modo descarado en que era robado y explotado y se conformó con su condición de neo-siervo pero, quiero creer, muy a pesar de suyo. Este sentido común constituye, así, una posición de goce mortificado, el goce del esclavo y esta es la que se habría rechazado dadas las circunstancias y las decisiones tomadas por los actores visibles de la coyuntura electoral.

Pero, entonces, si Fujimori es el goce, ¿PPK es el deseo? ¿PPK realiza el deseo del sujeto de la Plaza? No. Su gobierno es solo un escenario más claro y que fuerza al sujeto político de la plaza, impulsado por la distinción que lo originó, a mantenerse permanentemente en la política, en la vigilancia, en la organización social, sin el influjo perturbador del populismo fujimorista que lo puede confundir, que se infiltra como un virus confundiéndose con lo popular. Y esto es así porque PPK es un gringo, un lobista defensor del gran capital, y su política y su economía son claramente neoliberales. Frente a esto, el sujeto nuevo no puede confundirse, debe mantenerse alerta, crítico, a la par que deberá constituirse en organizaciones populares (no populistas) con la expectativa de las verdaderas posibilidades que tuvo la izquierda en esta ocasión y que podrían ser mejores en el futuro, con la condición de no ceder en el deseo y trabajar por ese objetivo.

Debemos, en consecuencia, estar de acuerdo con las formalidades del semblante y tomar el semblante que nos otorgan: el reconocimiento que la derecha le da a la izquierda, el poder de inclinar la balanza electoral porque en el fondo no le temen. Debemos aceptarlo y ubicar a partir de ese reconocimiento un deseo, el de una posición enunciativa distinta: un germen de subjetividad política que, inscrita como neutralizada y no peligrosa, sea no obstante el inicio de la transfiguración en beneficio de lo popular. Agradezcamos, pues, la coyuntura que se caracteriza por el afán que tiene hoy la derecha de aplastar o renegar del reverso obsceno que no solamente es suyo. En la ausencia de los semblantes de legalidad, como en el fujimorismo pasado, no es posible ninguna subjetividad –salvo quizás y como amago de ella: la venganza sangrienta y el horror, pero eso nunca lo quisimos–, con los semblantes que se caracterizan por establecerse en los discernimientos y no en las confusiones es posible una maniobra mejor.


 No hay deseo sin el Otro, diría Lacan; en su ausencia, es decir, sin la legalidad, sin las representaciones y, en general, sin el juego de los semblantes no hay sino una aplastante obediencia al goce como lo más natural. Solo en el escenario del discernimiento significante, como aquel en el que una bandera pudo representar a los peruanos en la Plaza Dos de Mayo, algo como un sujeto es posible. Que no sea efímero, que sea el punto de partida de un deseo y se extienda más allá de los determinantes de la coyuntura. Esto es lo que nos toca.