sábado, agosto 08, 2015

Crónica de una presentación

Fotos tomadas del Facebook de  Editorial Vivirsinenterarse
Un incesante vacío. Este es el título de un pequeño poemario de Wilfredo Lévano. El jueves, tomando café en Starbucks, me di cuenta de que faltaba una hora para que se presentara en la librería-café del Fondo de Cultura Económica en  Miraflores. Yo estaba en San Miguel, acababa de comprarme una bolsa de café Verona y no sabía si llevarla conmigo o no asistir. Me decidí por lo primero. Así que, con la aromática bolsa y un libro que estaba leyendo, tomé un taxi para llegar a tiempo a la presentación. Me encontré con Wilfredo tomando un café con sus amigos en una mesita cerca de la entrada. Conversamos un par de minutos: alguna vez me había dicho que nunca publicaría y se lo hice recordar, él dijo que lo había olvidado selectivamente. Pasé al salón.

Al rato llegó Carlos López Degregori, quien presentaría el libro, y me acerqué a saludarlo. Conversábamos los tres mientras veíamos los libros que estaban dispuestos en una mesa. Les comenté que acababa de leer de Samantha Schweblin Siete casas vacías y que lo recomendaba mucho. Al ver una foto de ella en la contratapa, Wilfredo exclamó que además era guapa.

La presentación transcurrió con la ausencia de Selenco Vega. Él iba a formar parte de la mesa de presentación, pero no pudo asistir y dejó un escrito que leyó un amigo del autor presentado. Primero tomó la palabra Carlos y recuerdo que contó la anécdota de un viaje a Arequipa de Wilfredo con sus amigos de promoción. En vez de recorrer los lugares que los jóvenes solteros habitúan en una ciudad distinta y lejos de sus parientes, el ahora poeta publicado se pasaba las tardes y gastaba su dinero en una librería. Luego él, al final de la presentación, me contó que la anécdota era un poco diferente.



Me dijo que aquella vez, cuando ya no le quedaba un centavo, les sugirió a sus amigos que juntaran todo el dinero que tenían y que compraran unos libros, los cuales irían leyendo e intercambiando cada cambio de estación. Le dije que Carlos no recordó esa parte de la anécdota porque el proyecto resultaba inverosímil. Solo un hombre que ya de joven se piensa destinado a la soledad podría planear seguir habitando la amistad de esa manera. Y la soledad es inverosímil para la mayoría. Lo reconvine: “Ese plan es para con las chicas, Wilfredo”. Él me respondió que su poemario no existiría o habría sido otro en ese caso.

¡Wilfredo es un gran partido, señoritas, y está soltero! Por lo menos eso parece. Lo primero porque, con generosidad, regaló sus libros a todos los presentes esa noche. Y lo segundo por los versos que escribe. Hay un poema que a Santiago López le gustó cuando se lo di a leer al día siguiente. Aquí lo transcribo para terminar esta crónica:

DESDE EL EXTRANJERO

Oh menina flor
estuvo lloviendo toda la noche
¡y la radio encendida!
y la antigua lengua de este país
corrió tanto sobre mí
como si también de la lluvia se hubiera tratado
y no solo de estar silbando
una vez más
esta pequeña canción
cuya letra no comprendo

Ese “una vez más”, tan sencillo, quiebra en dos y sutilmente el tiempo representado: hay un tiempo de la experiencia y otro del recuerdo que vuelve con el silbido de una melodía; este es, sobre todo, el tiempo de la escritura que queda velado. Pero de eso podemos hablar en otro momento. 

Felicitaciones, Wilfredo.