martes, julio 14, 2015

El discurso de la continuidad


Dentro del marco del XVIII Seminario Taller de Investigación David Sobrevilla “La investigación Humanística en la Facultad de Letras y Ciencias Humanas. Proyección, Exposición y Evaluación de los resultados”, los profesores de la Facultad de Letras de la UNMSM recibimos los últimos números, 34 y 35, de la revista Escritura y pensamiento. El evento, organizado por la Unidad de Investigación de la mencionada facultad, se realizó los días 9 y 10 de julio de este año y la revista contiene principalmente los informes de las investigaciones que se presentan a dicha unidad.

Un artículo del número 34 resulta notable por una sutil semejanza que detenta con la reciente entrevista realizada a Pedro Cotillo y publicada en La República. Como seguramente muchos conocen, en ella Cotillo expone la estrategia para continuar en el cargo que detenta incumpliendo con la ley o interpretándola de manera personal. Un pasaje significativo de su posición es la siguiente:

En pocos días se aprobará un reglamento para los que incumplan con el plazo. Habrá sanciones y denuncias. Hay quienes piden que ya se apliquen.
Que lo hagan...

Para la universidad se aplicarán multas de hasta 300 UIT.
Que la ejecuten pues, que demuestren que pueden hacerlo.

Cree que no habrá sanciones.
No se van a aplicar las sanciones. El 26 hay elecciones para la junta directiva del Congreso. ¿Quién crees que va a ganar? La oposición. Ahí tenemos mayoría. Mora va a desaparecer.

Desde su perspectiva, no habrá sanciones y saldrá bien librado por una modificación en las fuerzas del Congreso. Estos cambios, y según su proyección, le son favorables y permiten dos continuidades: la de su posición en el cargo y, probablemente también, la del marco legal de las maniobras que, como puede leerse en un comunicado de Letras y Números, le permite a él y a sus allegados “seguir disfrutando de sus asignaciones y beneficios económicos sin interrupción por cargos y actividades en el gobierno universitario”. Es notable que, desde el punto de vista de Cotillo, los reglamentos y las sanciones pueden torcerse o eliminarse por oscuros pactos y acuerdos de los que no habla, pero que deja entrever en su “tenemos mayoría”.

En todo caso, solo quiero señalar la obvia solidaridad que hay entre la posición de defensa de la continuidad (totalmente fuera de la ley) desde donde afirma su impunidad (la posición enunciativa de Cotillo) y sus cínicos enunciados continuistas. El artículo de Escritura y pensamiento que es homólogo en este sentido es “Ficción y poesía en el Perú contemporáneo” de Marco Martos, Director de la Unidad de Investigación de la Facultad de Letras.

La declaración del resumen es muy nítida incluso lexicalmente: “El texto repasa las características de la ficción y la poesía del Perú en el siglo XX, deteniéndose en los autores más celebrados: Vallejo, Eguren, Martín Adán en poesía, Arguedas, Alegría, Vargas Llosa, Ribeyro en ficción” (51). Se trata, en efecto, de volver a pasar, de re-pasar por lo mismo, de decir lo mismo que el sentido común dice de los mismos autores.

A contrario de lo que pudiera pensarse por el título, Martos no realiza ningún análisis de las categorías que utiliza, no establece algún esquema para discernir la especificidad de  “ficción” o de la “poesía” peruanas en el siglo XX. No. Solo se trata en su artículo de volver a mirar los contenidos y las valoraciones estándar otorgadas ya a los escritores del canon literario peruano. Nada más. Por ejemplo, ¿qué dice Martos de la novela País de Jauja de Edgardo Rivera Martínez? Dice que “es un relato de madurez y muestra al escritor en plena posesión de sus recursos” (57) ¿Y de Julio Ramón Ribeyro? Dice que “lo que le interesa al narrador son los conflictos de los personajes, el conflicto de clases, no en un sentido político, sino en el diario vivir” (59). Por otra parte, afirma que Vargas Llosa “introduce al español formas de narrar que no habían sido utilizadas y que venían de Faulkner, de Malraux, de Dos Passos” (60). Y de Alfredo Bryce declara que, a través del humor, “penetra en la realidad de manera profunda y crea un estilo personal que tiene como núcleo central la oralidad” (62). Igualmente, despliega lugares comunes de Gregorio Martínez (65 - 66), de Miguel Gutiérrez (67 – 68), de Isaac Goldemberg (69) y otros más.

En poesía, la figura de Vallejo es principal en su enumeración de valoraciones conocidas; incluso cuando parece que romperá esa coherencia, vuelve a su repasado: “No se ha dicho, pero ahora conviene subrayarlo: había una distancia abismal entre Vallejo y otros poetas de su tiempo en el Perú” (75). Lo cual es, como sabe el lector, otro lugar común. A continuación, enumera a los que destacan en los años treinta: Westphalen, Moro, Abril, Adán (76); a los que aparecen en los cincuenta: Valera, Eielson, Belli, Delgado (77); a los poetas de los sesenta: Heraud, Hernández, Ojeda, entre ellos destaca a Cisneros, a Hinostroza a Hildebrando Pérez (Ibídem). Nombra y comenta con el mismo cariz a los poetas de los setenta, a los de los ochenta, a los de los noventa…

El lector se preguntará ¿cuál es la posición enunciativa desde donde se repasan estos nombres y estas valoraciones? La respuesta es, obviamente, la posición de la continuidad: decir lo mismo de los mismos y generar la sensación –falsa y contraproducente para la institucionalidad académica— de que el crítico literario es el que pronuncia y repasa los lugares comunes sobre los autores consagrados. Nada diferente, todo siempre lo mismo, persistir con una retahíla de afirmaciones que, además, pertenecen a una práctica crítica que hace muchas décadas ha dejado de ser hegemónica y que no produce conocimiento.

En síntesis, aunque las palabras que pronuncian y las temáticas que desarrollan son disímiles, el lugar desde donde las enuncian es el mismo. Si bien las de Cotillo resuenan en el cinismo más ramplón y las de Martos se regodean en el léxico más preciso y elegante, la enunciación es la de la continuidad y el impedimento de lo nuevo. Continuar, persistir sin dignidad e impunidad es, aparentemente, la “lección” que estos profesores universitarios pretenden dejar como su legado a las generaciones más jóvenes…


Tal vez no lo pretendan, pero eso y no otra cosa es lo que quedará de ellos. 


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