sábado, mayo 16, 2015

La comedia de los tres tiempos: psicoanálisis de algunos discursos sobre el proyecto Tía María


En esta ocasión, quiero dejar de lado los temas de la defensa del “estado de derecho” y del “principio de autoridad”, para dedicarme a una comedia: la comedia de los tres tiempos. Pese a que el asunto tiene como todos sabemos relieves trágicos, el discurso del presidente y sus correlatos inmediatos sobre el proyecto Tía María de la Southern Copper pueden ser relacionados dentro de una comedia y como diversas maneras de asumir la temporalidad, aquellas que Lacan propone en “El tiempo lógico y el aserto de certidumbre anticipada”.



El primero, el del presidente Humala, se refiere a un tiempo cuyo aspecto es el de inicio (o incoativo). Y es que sobre el proyecto minero ha dicho que “no se puede suspender lo que no se ha iniciado”. Esta temporalidad es la que podríamos denominar noética, lo que Lacan llamaría el instante de la mirada, un tiempo de percibir. El sujeto de la percepción se enfrenta a los hechos como objetos que se ubican a una determinada distancia, la cual es medida por el parámetro temporal; con este criterio, puede asumir que el proyecto de Tía María está lejos, incluso más: que no lo implica.

Por su parte, el comunicado de la compañía Southern, publicado dos horas después del discurso de Humala, construye una temporalidad diferente. Según ella, el proyecto ya está en marcha y su aspecto es el de la continuidad (o durativo), pero, dadas las circunstancias, propone una “pausa” (como la que días antes Kuczynski había propuesto). No se puede detener lo que no ha iniciado, en consecuencia, la temporalidad aquí es gnoseológica, se trata del tiempo de comprender de Lacan o, como dice el comunicado, “para identificar las soluciones, convenir el camino y definir las responsabilidades que cada uno debe asumir”. Pero hay un plazo para él, aunque lo califica de “razonable” la compañía lo contabiliza con precisión: es el de 60 días.

Finalmente, los pronunciamientos de Juan Díaz Dios, Keiko Fujimori y de Alejandro Toledo, ocurridos días antes del discurso presidencial, ubican otro tiempo. Para el primero, legislador de la bancada fujimorista, “el gobierno no tomó las decisiones acertadas en su momento” y por ello “la suspensión es lo único que queda”. Por su parte Fujimori, en consonancia con la posición partidaria, arenga al presidente de esta forma: “En sus manos está detener este lamentable enfrentamiento entre peruanos”. Finalmente, el expresidente Toledo afirmó que “no podemos insistir en un proyecto a la fuerza”.

La temporalidad que estos pronunciamientos refieren es la de un momento final (o de aspecto terminativo) y se configura como un tiempo en exceso: los actos gubernamentales no estuvieron en su momento y hay que detenerlos cuanto antes o son repeticiones tozudas y sin sentido. Para estos, se trata de un pseudo-tiempo de concluir –ya explicaremos por qué.

Es notable, entonces, que un mismo hecho pueda ser percibido como ocupando tres temporalidades diferentes: o demasiado temprano y casi sin inicio o en proceso pero en pausa o en exceso y apremiado por la necesidad de que se termine. Sin embargo, es muy evidente observar a continuación que se trata de la expresión de tres posiciones distintas: lo que la semiótica y el psicoanálisis consideran distintos tipos de sujetos o “instancias enunciativas”.

Hay así tres sujetos: el sujeto del discurso presidencial que se aparta lo más que puede de los problemas y, aunque los percibe, no sabe cómo aproximarse a ellos de un modo efectivo, e incluso parece creer que no comprometen su posición. Está también el sujeto del discurso corporativo que consiente, desde su poder, en hacer que todos se pongan a conversar y a comprender lo que ya está en el final de la discusión y esperando a que todos “se den cuenta”, a saber, que el proyecto minero es la “solución” para todos. Y, finalmente, el sujeto del discurso populista que adopta el semblante de interesarse por las mayorías y sus necesidades aunque sepa que nadie, con un poco de memoria, podría creerle.



Al margen de estas tres posiciones enunciativas, existe, claro está, una cuarta subjetividad, esta sería la del verdadero tiempo de concluir: la del poblador y agricultor que, en huelga desde hace más de 54 días, se resiste en el Valle del Tambo a la modificación radical de sus relaciones sociales y su modo de vida por causa de un proyecto minero capitalista. Solo que no es considerado un sujeto, sino un objeto: en concreto, un problema por resolver.  Y decimos que este sujeto es propio del verdadero tiempo de concluir porque surge en un tránsito hacia el acto, aquel que se adelanta a su certidumbre. A diferencia del falso –que solo se reviste de semblantes participativos—, este sujeto del tiempo de concluir no sabe sino retroactivamente de su subjetividad: primero el acto y luego el reconocimiento de su ser un sujeto.

Arribo así al asunto crucial –y que es, no obstante, de sentido común: más allá de la comedia de los tiempos, no se trata de que haya en Islay un problema-objeto, con un grado alto de resistencia a la transformación –como una materia bruta poco maleable– sino de que hay allí un sujeto. No es que no esté premunido del saber, (como sugiere Kuczynski cuando afirma que el gobierno “tiene que saber comunicar y explicar a la población de las zonas mineras los posibles beneficios”), no es que no sepan, saben; sino que no quieren.

En términos semióticos, solo un sujeto y no un objeto puede estar caracterizado por una compleja articulación que, en este caso, es la de un poder de gran intensidad, un saber que no es reconocido pero que existe y un querer que se opone con todas las fuerzas de la organización popular.




Y he recalcado que este reconocimiento es de sentido común porque, aunque todos pueden fácilmente saberlo, en los actos parece que no es así. En efecto, todos saben que en ese lugar hay personas: agricultores que se enfrentan a otras personas, policías mal pertrechados. Pero el movimiento general de la opinión autorizada es la de colocarse –como vimos en la comedia de los tres tiempos— a distintas distancias de un objeto-problema. Pero ese problema no existe: lo que hay es un sujeto, uno colectivo y que insiste en no amoldarse infinitamente al capitalismo.

¿Es posible que este sujeto devenido del “error” –de no amoldarse y de no hacerle caso al estado de derecho—, anticipándose a su certidumbre, sea capaz de inscribirse como un nuevo sujeto político y no solo como un interlocutor de diálogos interminables e inútiles?




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