miércoles, enero 28, 2015

Semiótica de las manifestaciones contra la “Ley pulpín”




En el pasado, para generar agrupaciones con objetivos sociales y políticos, era necesario un líder que, además de carismático, debía tener capacidades oratorias. Él debía poder esgrimir la palabra de modo eficiente con la cual –para la comprensión de los identificados con su causa— lograse producir significaciones con un sentido vital y urgente. Podríamos decir que ese sujeto hacía un uso autorizado de lo que Rancière llama, en La palabra muda, el “principio de actualidad” como fuente de sus producciones discursivas.

Este principio junto con otros tres —ficcionalidad, genericidad y decoro—, regían el régimen discursivo de la representación, el cual estaba orientado por una concepción, en el fondo, aristocrática del mundo. Y en ella se distribuía los lugares, los sujetos y sus experiencias sensibles de modo jerárquico. Se trataría, así, de un sistema aristotélico (un específico “reparto de lo sensible”) al servicio de una ideal república platónica.  El principio de actualidad habría sido aquel de la confianza en la palabra y en su capacidad de referirse al mundo de una manera eficaz. Ella involucraba, también, un mismo mundo para todos los enlazados por esa organización oratoria, vital y significante.

Este mismo mundo que la oratoria eficaz implicaba era efecto de un procedimiento de categorización tradicional. La manera de agrupación social y política en torno de un líder carismático y elocuente se denomina semióticamente “parangón”. Se trata del conjunto que se realiza en torno de un elemento del grupo cuyas características son las mejores de su clase. El parangón es el individuo representativo que encarna los valores que son considerados superiores y deseables dentro de su comunidad.

Los acontecimientos recientes, la victoria de las agrupaciones juveniles que lograron cinco movilizaciones multitudinarias las cuales influyeron decisivamente en la derogatoria de la ley laboral juvenil, demostrarían que el modelo de hacer conjunto sobre la base del parangón ya no es el eficiente en nuestra actualidad. Hoy, lo que toca es lo que en la semiótica se denomina “conglomerado” es decir, el conjunto creado a partir de un términos de base.

A diferencia del parangón, el estilo de categorización llamado conglomerado no concentra en un elemento todos los valores mejores y, por eso, es un procedimiento más abstracto: se trata de que existe una cualidad o unas pocas que son capaces de producir un conjunto. Los aglomerados juveniles en este caso pueden provenir de distintas identidades universitarias, distritales, de género, de nivel socioeconómico. Lo importante es que todos ellos reconozcan una cualidad común, pero no en la posición de un ideal –a esto me arriesgo—, sino en el lugar de un aglutinante transversal.

Mientras que el ideal es habitualmente encarnado en la figura de un líder, de un gurú, de un guía, en esta ocasión no hay, propiamente hablando, un líder sino muchos, de distintos géneros y procedencias geográficas y socioeconómicas. En los medios, estos líderes son identificados pero ninguno es principal y su posición —como se observa en la foto inicial tomada de La República—, es la de una presencia inmersa en la multitud. Así, la manera de articularse entre ellos y los demás sujetos del conglomerado no es, de ningún modo, centralizada sino aquella que implica, antes bien, un sistema de articulación horizontal y múltiple, homologa a la Internet.

Volviendo a Rancière, el régimen de representación ha sido sustituido por el régimen de la expresión que, aunque es históricamente propio del romanticismo, no deja de tener muchas resonancias en la configuración de los discursos en el presente. Este nuevo régimen niega cada uno de los principios constitutivos del sistema anterior. En concreto, el principio de actualidad es negado y sustituido por el “principio de escritura”. Se trata de una palabra que ya no es actual y elocuente, sino potencial y “muda”; es decir, capaz de alojar no una sino muchas significaciones y de direcciones múltiples.

En cierto modo, la Internet y sus protocolos, por ejemplo aquel de las redes sociales llamado “hashtag”, es un procedimiento de escritura propio del régimen de expresión. Y, claramente, ha sustituido a la palabra de la oratoria de los políticos electoreros y tradicionales. Esto es así porque, como se sabe, fueron las redes sociales aquellas que lograron impulsar estos movimientos multitudinarios sin precedentes. Con esta etiqueta de metadatos, el hashtag, y con otros protocolos de escritura potencial, se ha logrado vitalizar una angustia que había sido desviada, un impulso que ahora tiene propósito.

Existe, pues, una nueva lógica, una nueva forma de hacer política cuya estabilidad es precaria: la palabra ya no es eficiente sino que es escritura potencial, el grupo en lo fundamental ya no sigue a un líder carismático, sino que se asocia transversalmente.

En una entrada anterior, habíamos descrito estas acciones como el resultado de un desacuerdo. Y como sostiene Rancière, el desacuerdo se describe como la falta de reconocimiento del pueblo como un sujeto capaz de enunciaciones válidas. Entonces, ¿es posible que esta nueva forma de hacer política haya suspendido esa falta de reconocimiento?, ¿es posible que este conglomerado haya generado un nuevo sujeto político?


Bibliografía

Fontanille, Jacques. Semiótica del discurso. Lima, Universidad de Lima y FCE, 2001.

Rancière, Jacques. La palabra muda. Ensayo sobre las contradicciones de la literatura.  Bs. As., Eterna Cadencia, 2009.



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