sábado, agosto 08, 2015

Crónica de una presentación

Fotos tomadas del Facebook de  Editorial Vivirsinenterarse
Un incesante vacío. Este es el título de un pequeño poemario de Wilfredo Lévano. El jueves, tomando café en Starbucks, me di cuenta de que faltaba una hora para que se presentara en la librería-café del Fondo de Cultura Económica en  Miraflores. Yo estaba en San Miguel, acababa de comprarme una bolsa de café Verona y no sabía si llevarla conmigo o no asistir. Me decidí por lo primero. Así que, con la aromática bolsa y un libro que estaba leyendo, tomé un taxi para llegar a tiempo a la presentación. Me encontré con Wilfredo tomando un café con sus amigos en una mesita cerca de la entrada. Conversamos un par de minutos: alguna vez me había dicho que nunca publicaría y se lo hice recordar, él dijo que lo había olvidado selectivamente. Pasé al salón.

Al rato llegó Carlos López Degregori, quien presentaría el libro, y me acerqué a saludarlo. Conversábamos los tres mientras veíamos los libros que estaban dispuestos en una mesa. Les comenté que acababa de leer de Samantha Schweblin Siete casas vacías y que lo recomendaba mucho. Al ver una foto de ella en la contratapa, Wilfredo exclamó que además era guapa.

La presentación transcurrió con la ausencia de Selenco Vega. Él iba a formar parte de la mesa de presentación, pero no pudo asistir y dejó un escrito que leyó un amigo del autor presentado. Primero tomó la palabra Carlos y recuerdo que contó la anécdota de un viaje a Arequipa de Wilfredo con sus amigos de promoción. En vez de recorrer los lugares que los jóvenes solteros habitúan en una ciudad distinta y lejos de sus parientes, el ahora poeta publicado se pasaba las tardes y gastaba su dinero en una librería. Luego él, al final de la presentación, me contó que la anécdota era un poco diferente.



Me dijo que aquella vez, cuando ya no le quedaba un centavo, les sugirió a sus amigos que juntaran todo el dinero que tenían y que compraran unos libros, los cuales irían leyendo e intercambiando cada cambio de estación. Le dije que Carlos no recordó esa parte de la anécdota porque el proyecto resultaba inverosímil. Solo un hombre que ya de joven se piensa destinado a la soledad podría planear seguir habitando la amistad de esa manera. Y la soledad es inverosímil para la mayoría. Lo reconvine: “Ese plan es para con las chicas, Wilfredo”. Él me respondió que su poemario no existiría o habría sido otro en ese caso.

¡Wilfredo es un gran partido, señoritas, y está soltero! Por lo menos eso parece. Lo primero porque, con generosidad, regaló sus libros a todos los presentes esa noche. Y lo segundo por los versos que escribe. Hay un poema que a Santiago López le gustó cuando se lo di a leer al día siguiente. Aquí lo transcribo para terminar esta crónica:

DESDE EL EXTRANJERO

Oh menina flor
estuvo lloviendo toda la noche
¡y la radio encendida!
y la antigua lengua de este país
corrió tanto sobre mí
como si también de la lluvia se hubiera tratado
y no solo de estar silbando
una vez más
esta pequeña canción
cuya letra no comprendo

Ese “una vez más”, tan sencillo, quiebra en dos y sutilmente el tiempo representado: hay un tiempo de la experiencia y otro del recuerdo que vuelve con el silbido de una melodía; este es, sobre todo, el tiempo de la escritura que queda velado. Pero de eso podemos hablar en otro momento. 

Felicitaciones, Wilfredo.



martes, julio 14, 2015

El discurso de la continuidad


Dentro del marco del XVIII Seminario Taller de Investigación David Sobrevilla “La investigación Humanística en la Facultad de Letras y Ciencias Humanas. Proyección, Exposición y Evaluación de los resultados”, los profesores de la Facultad de Letras de la UNMSM recibimos los últimos números, 34 y 35, de la revista Escritura y pensamiento. El evento, organizado por la Unidad de Investigación de la mencionada facultad, se realizó los días 9 y 10 de julio de este año y la revista contiene principalmente los informes de las investigaciones que se presentan a dicha unidad.

Un artículo del número 34 resulta notable por una sutil semejanza que detenta con la reciente entrevista realizada a Pedro Cotillo y publicada en La República. Como seguramente muchos conocen, en ella Cotillo expone la estrategia para continuar en el cargo que detenta incumpliendo con la ley o interpretándola de manera personal. Un pasaje significativo de su posición es la siguiente:

En pocos días se aprobará un reglamento para los que incumplan con el plazo. Habrá sanciones y denuncias. Hay quienes piden que ya se apliquen.
Que lo hagan...

Para la universidad se aplicarán multas de hasta 300 UIT.
Que la ejecuten pues, que demuestren que pueden hacerlo.

Cree que no habrá sanciones.
No se van a aplicar las sanciones. El 26 hay elecciones para la junta directiva del Congreso. ¿Quién crees que va a ganar? La oposición. Ahí tenemos mayoría. Mora va a desaparecer.

Desde su perspectiva, no habrá sanciones y saldrá bien librado por una modificación en las fuerzas del Congreso. Estos cambios, y según su proyección, le son favorables y permiten dos continuidades: la de su posición en el cargo y, probablemente también, la del marco legal de las maniobras que, como puede leerse en un comunicado de Letras y Números, le permite a él y a sus allegados “seguir disfrutando de sus asignaciones y beneficios económicos sin interrupción por cargos y actividades en el gobierno universitario”. Es notable que, desde el punto de vista de Cotillo, los reglamentos y las sanciones pueden torcerse o eliminarse por oscuros pactos y acuerdos de los que no habla, pero que deja entrever en su “tenemos mayoría”.

En todo caso, solo quiero señalar la obvia solidaridad que hay entre la posición de defensa de la continuidad (totalmente fuera de la ley) desde donde afirma su impunidad (la posición enunciativa de Cotillo) y sus cínicos enunciados continuistas. El artículo de Escritura y pensamiento que es homólogo en este sentido es “Ficción y poesía en el Perú contemporáneo” de Marco Martos, Director de la Unidad de Investigación de la Facultad de Letras.

La declaración del resumen es muy nítida incluso lexicalmente: “El texto repasa las características de la ficción y la poesía del Perú en el siglo XX, deteniéndose en los autores más celebrados: Vallejo, Eguren, Martín Adán en poesía, Arguedas, Alegría, Vargas Llosa, Ribeyro en ficción” (51). Se trata, en efecto, de volver a pasar, de re-pasar por lo mismo, de decir lo mismo que el sentido común dice de los mismos autores.

A contrario de lo que pudiera pensarse por el título, Martos no realiza ningún análisis de las categorías que utiliza, no establece algún esquema para discernir la especificidad de  “ficción” o de la “poesía” peruanas en el siglo XX. No. Solo se trata en su artículo de volver a mirar los contenidos y las valoraciones estándar otorgadas ya a los escritores del canon literario peruano. Nada más. Por ejemplo, ¿qué dice Martos de la novela País de Jauja de Edgardo Rivera Martínez? Dice que “es un relato de madurez y muestra al escritor en plena posesión de sus recursos” (57) ¿Y de Julio Ramón Ribeyro? Dice que “lo que le interesa al narrador son los conflictos de los personajes, el conflicto de clases, no en un sentido político, sino en el diario vivir” (59). Por otra parte, afirma que Vargas Llosa “introduce al español formas de narrar que no habían sido utilizadas y que venían de Faulkner, de Malraux, de Dos Passos” (60). Y de Alfredo Bryce declara que, a través del humor, “penetra en la realidad de manera profunda y crea un estilo personal que tiene como núcleo central la oralidad” (62). Igualmente, despliega lugares comunes de Gregorio Martínez (65 - 66), de Miguel Gutiérrez (67 – 68), de Isaac Goldemberg (69) y otros más.

En poesía, la figura de Vallejo es principal en su enumeración de valoraciones conocidas; incluso cuando parece que romperá esa coherencia, vuelve a su repasado: “No se ha dicho, pero ahora conviene subrayarlo: había una distancia abismal entre Vallejo y otros poetas de su tiempo en el Perú” (75). Lo cual es, como sabe el lector, otro lugar común. A continuación, enumera a los que destacan en los años treinta: Westphalen, Moro, Abril, Adán (76); a los que aparecen en los cincuenta: Valera, Eielson, Belli, Delgado (77); a los poetas de los sesenta: Heraud, Hernández, Ojeda, entre ellos destaca a Cisneros, a Hinostroza a Hildebrando Pérez (Ibídem). Nombra y comenta con el mismo cariz a los poetas de los setenta, a los de los ochenta, a los de los noventa…

El lector se preguntará ¿cuál es la posición enunciativa desde donde se repasan estos nombres y estas valoraciones? La respuesta es, obviamente, la posición de la continuidad: decir lo mismo de los mismos y generar la sensación –falsa y contraproducente para la institucionalidad académica— de que el crítico literario es el que pronuncia y repasa los lugares comunes sobre los autores consagrados. Nada diferente, todo siempre lo mismo, persistir con una retahíla de afirmaciones que, además, pertenecen a una práctica crítica que hace muchas décadas ha dejado de ser hegemónica y que no produce conocimiento.

En síntesis, aunque las palabras que pronuncian y las temáticas que desarrollan son disímiles, el lugar desde donde las enuncian es el mismo. Si bien las de Cotillo resuenan en el cinismo más ramplón y las de Martos se regodean en el léxico más preciso y elegante, la enunciación es la de la continuidad y el impedimento de lo nuevo. Continuar, persistir sin dignidad e impunidad es, aparentemente, la “lección” que estos profesores universitarios pretenden dejar como su legado a las generaciones más jóvenes…


Tal vez no lo pretendan, pero eso y no otra cosa es lo que quedará de ellos. 


sábado, mayo 16, 2015

La comedia de los tres tiempos: psicoanálisis de algunos discursos sobre el proyecto Tía María


En esta ocasión, quiero dejar de lado los temas de la defensa del “estado de derecho” y del “principio de autoridad”, para dedicarme a una comedia: la comedia de los tres tiempos. Pese a que el asunto tiene como todos sabemos relieves trágicos, el discurso del presidente y sus correlatos inmediatos sobre el proyecto Tía María de la Southern Copper pueden ser relacionados dentro de una comedia y como diversas maneras de asumir la temporalidad, aquellas que Lacan propone en “El tiempo lógico y el aserto de certidumbre anticipada”.



El primero, el del presidente Humala, se refiere a un tiempo cuyo aspecto es el de inicio (o incoativo). Y es que sobre el proyecto minero ha dicho que “no se puede suspender lo que no se ha iniciado”. Esta temporalidad es la que podríamos denominar noética, lo que Lacan llamaría el instante de la mirada, un tiempo de percibir. El sujeto de la percepción se enfrenta a los hechos como objetos que se ubican a una determinada distancia, la cual es medida por el parámetro temporal; con este criterio, puede asumir que el proyecto de Tía María está lejos, incluso más: que no lo implica.

Por su parte, el comunicado de la compañía Southern, publicado dos horas después del discurso de Humala, construye una temporalidad diferente. Según ella, el proyecto ya está en marcha y su aspecto es el de la continuidad (o durativo), pero, dadas las circunstancias, propone una “pausa” (como la que días antes Kuczynski había propuesto). No se puede detener lo que no ha iniciado, en consecuencia, la temporalidad aquí es gnoseológica, se trata del tiempo de comprender de Lacan o, como dice el comunicado, “para identificar las soluciones, convenir el camino y definir las responsabilidades que cada uno debe asumir”. Pero hay un plazo para él, aunque lo califica de “razonable” la compañía lo contabiliza con precisión: es el de 60 días.

Finalmente, los pronunciamientos de Juan Díaz Dios, Keiko Fujimori y de Alejandro Toledo, ocurridos días antes del discurso presidencial, ubican otro tiempo. Para el primero, legislador de la bancada fujimorista, “el gobierno no tomó las decisiones acertadas en su momento” y por ello “la suspensión es lo único que queda”. Por su parte Fujimori, en consonancia con la posición partidaria, arenga al presidente de esta forma: “En sus manos está detener este lamentable enfrentamiento entre peruanos”. Finalmente, el expresidente Toledo afirmó que “no podemos insistir en un proyecto a la fuerza”.

La temporalidad que estos pronunciamientos refieren es la de un momento final (o de aspecto terminativo) y se configura como un tiempo en exceso: los actos gubernamentales no estuvieron en su momento y hay que detenerlos cuanto antes o son repeticiones tozudas y sin sentido. Para estos, se trata de un pseudo-tiempo de concluir –ya explicaremos por qué.

Es notable, entonces, que un mismo hecho pueda ser percibido como ocupando tres temporalidades diferentes: o demasiado temprano y casi sin inicio o en proceso pero en pausa o en exceso y apremiado por la necesidad de que se termine. Sin embargo, es muy evidente observar a continuación que se trata de la expresión de tres posiciones distintas: lo que la semiótica y el psicoanálisis consideran distintos tipos de sujetos o “instancias enunciativas”.

Hay así tres sujetos: el sujeto del discurso presidencial que se aparta lo más que puede de los problemas y, aunque los percibe, no sabe cómo aproximarse a ellos de un modo efectivo, e incluso parece creer que no comprometen su posición. Está también el sujeto del discurso corporativo que consiente, desde su poder, en hacer que todos se pongan a conversar y a comprender lo que ya está en el final de la discusión y esperando a que todos “se den cuenta”, a saber, que el proyecto minero es la “solución” para todos. Y, finalmente, el sujeto del discurso populista que adopta el semblante de interesarse por las mayorías y sus necesidades aunque sepa que nadie, con un poco de memoria, podría creerle.



Al margen de estas tres posiciones enunciativas, existe, claro está, una cuarta subjetividad, esta sería la del verdadero tiempo de concluir: la del poblador y agricultor que, en huelga desde hace más de 54 días, se resiste en el Valle del Tambo a la modificación radical de sus relaciones sociales y su modo de vida por causa de un proyecto minero capitalista. Solo que no es considerado un sujeto, sino un objeto: en concreto, un problema por resolver.  Y decimos que este sujeto es propio del verdadero tiempo de concluir porque surge en un tránsito hacia el acto, aquel que se adelanta a su certidumbre. A diferencia del falso –que solo se reviste de semblantes participativos—, este sujeto del tiempo de concluir no sabe sino retroactivamente de su subjetividad: primero el acto y luego el reconocimiento de su ser un sujeto.

Arribo así al asunto crucial –y que es, no obstante, de sentido común: más allá de la comedia de los tiempos, no se trata de que haya en Islay un problema-objeto, con un grado alto de resistencia a la transformación –como una materia bruta poco maleable– sino de que hay allí un sujeto. No es que no esté premunido del saber, (como sugiere Kuczynski cuando afirma que el gobierno “tiene que saber comunicar y explicar a la población de las zonas mineras los posibles beneficios”), no es que no sepan, saben; sino que no quieren.

En términos semióticos, solo un sujeto y no un objeto puede estar caracterizado por una compleja articulación que, en este caso, es la de un poder de gran intensidad, un saber que no es reconocido pero que existe y un querer que se opone con todas las fuerzas de la organización popular.




Y he recalcado que este reconocimiento es de sentido común porque, aunque todos pueden fácilmente saberlo, en los actos parece que no es así. En efecto, todos saben que en ese lugar hay personas: agricultores que se enfrentan a otras personas, policías mal pertrechados. Pero el movimiento general de la opinión autorizada es la de colocarse –como vimos en la comedia de los tres tiempos— a distintas distancias de un objeto-problema. Pero ese problema no existe: lo que hay es un sujeto, uno colectivo y que insiste en no amoldarse infinitamente al capitalismo.

¿Es posible que este sujeto devenido del “error” –de no amoldarse y de no hacerle caso al estado de derecho—, anticipándose a su certidumbre, sea capaz de inscribirse como un nuevo sujeto político y no solo como un interlocutor de diálogos interminables e inútiles?




sábado, mayo 02, 2015

Los fantasmas como estrategia de sentido



Recientemente, Kelita Rodríguez y yo hemos publicado de modo independiente un libro de ensayos llamado La estrategia de los fantasmas. Enunciación y crisis de sentido en los relatos orales de aparecidos del norte del Perú. Su premisa es, en realidad, una proposición de fe: los fantasmas existen.


En algunas conversaciones con amigos surgidas a partir de la noticia de nuestro libro, nos hemos enterado de que no son pocos los que, como nosotros, creen en los fantasmas: 


Una secretaria nos contó que, en la casa de la avenida Salaverry, antigua sede del posgrado de Letras, se paseaba un hombre de capa y sombrero a horas inopinadas. Otros nos contaron de sensaciones escalofriantes en la soledad de la Casona del Parque Universitario cuando transportaban cuadros de una sala a otra en la instalación de una muestra de arte. Y podemos referirnos a otras varias experiencias.

Pero la creencia en los fantasmas que nosotros defendemos no es equivalente a la de quienes piensan que la existencia es exclusivamente realizada. Las presencias en el mundo pueden estar también actualizadas, potencializadas o incluso muy debilitadas por su virtualización. Si todo estuviera absolutamente realizado no podríamos caber en este mundo que, como dicen los entendidos, es un pañuelo. 

Las presencias se archivan o desvanecen, pero también están las que se precipitan hacia la absoluta vigencia y se vuelven excesivas. En ese marco de comprensión semiótica, los fantasmas tienen una existencia especial. La propuesta de nuestro libro es que son realizados como pontenciales, es decir que se inscriben en los relatos que vinculan a los hombres y mujeres como una posibilidad pero aún inconsciente. 

Y eso significa que los relatos de aparecidos contienen el potencial para resolver las crisis de sentido de los sujetos que con ellos se vinculan, pero que todavía no les resulta accesible. 

En esta ocasión, durante el verano del 2012, Kelita Rodríguez recopiló en su tierra, Chiclayo, una gran cantidad de relatos de aparecidos que se caracterizan porque sus narradores participaron de un episodio en el que los fantasmas incidieron en sus vidas de un modo muy importante. El análisis que sobre ellos hemos realizado en La estrategia de los fantasmas es una intervención que pretende visibilizar ese potencial y promover, así, el surgimiento de un sujeto, es decir, una instancia dividida que no se deja amilanar por el imperativo de la época que es el de gozar y apagar el deseo.

El analista de los discursos no es hoy solamente un indagador o un amplificador de los sentidos; es, ante todo, un sujeto que pretende ser fiel a los acontecimientos posibles y alojados en los procesos de significación de los discursos de la cultura. 


miércoles, enero 28, 2015

Semiótica de las manifestaciones contra la “Ley pulpín”




En el pasado, para generar agrupaciones con objetivos sociales y políticos, era necesario un líder que, además de carismático, debía tener capacidades oratorias. Él debía poder esgrimir la palabra de modo eficiente con la cual –para la comprensión de los identificados con su causa— lograse producir significaciones con un sentido vital y urgente. Podríamos decir que ese sujeto hacía un uso autorizado de lo que Rancière llama, en La palabra muda, el “principio de actualidad” como fuente de sus producciones discursivas.

Este principio junto con otros tres —ficcionalidad, genericidad y decoro—, regían el régimen discursivo de la representación, el cual estaba orientado por una concepción, en el fondo, aristocrática del mundo. Y en ella se distribuía los lugares, los sujetos y sus experiencias sensibles de modo jerárquico. Se trataría, así, de un sistema aristotélico (un específico “reparto de lo sensible”) al servicio de una ideal república platónica.  El principio de actualidad habría sido aquel de la confianza en la palabra y en su capacidad de referirse al mundo de una manera eficaz. Ella involucraba, también, un mismo mundo para todos los enlazados por esa organización oratoria, vital y significante.

Este mismo mundo que la oratoria eficaz implicaba era efecto de un procedimiento de categorización tradicional. La manera de agrupación social y política en torno de un líder carismático y elocuente se denomina semióticamente “parangón”. Se trata del conjunto que se realiza en torno de un elemento del grupo cuyas características son las mejores de su clase. El parangón es el individuo representativo que encarna los valores que son considerados superiores y deseables dentro de su comunidad.

Los acontecimientos recientes, la victoria de las agrupaciones juveniles que lograron cinco movilizaciones multitudinarias las cuales influyeron decisivamente en la derogatoria de la ley laboral juvenil, demostrarían que el modelo de hacer conjunto sobre la base del parangón ya no es el eficiente en nuestra actualidad. Hoy, lo que toca es lo que en la semiótica se denomina “conglomerado” es decir, el conjunto creado a partir de un términos de base.

A diferencia del parangón, el estilo de categorización llamado conglomerado no concentra en un elemento todos los valores mejores y, por eso, es un procedimiento más abstracto: se trata de que existe una cualidad o unas pocas que son capaces de producir un conjunto. Los aglomerados juveniles en este caso pueden provenir de distintas identidades universitarias, distritales, de género, de nivel socioeconómico. Lo importante es que todos ellos reconozcan una cualidad común, pero no en la posición de un ideal –a esto me arriesgo—, sino en el lugar de un aglutinante transversal.

Mientras que el ideal es habitualmente encarnado en la figura de un líder, de un gurú, de un guía, en esta ocasión no hay, propiamente hablando, un líder sino muchos, de distintos géneros y procedencias geográficas y socioeconómicas. En los medios, estos líderes son identificados pero ninguno es principal y su posición —como se observa en la foto inicial tomada de La República—, es la de una presencia inmersa en la multitud. Así, la manera de articularse entre ellos y los demás sujetos del conglomerado no es, de ningún modo, centralizada sino aquella que implica, antes bien, un sistema de articulación horizontal y múltiple, homologa a la Internet.

Volviendo a Rancière, el régimen de representación ha sido sustituido por el régimen de la expresión que, aunque es históricamente propio del romanticismo, no deja de tener muchas resonancias en la configuración de los discursos en el presente. Este nuevo régimen niega cada uno de los principios constitutivos del sistema anterior. En concreto, el principio de actualidad es negado y sustituido por el “principio de escritura”. Se trata de una palabra que ya no es actual y elocuente, sino potencial y “muda”; es decir, capaz de alojar no una sino muchas significaciones y de direcciones múltiples.

En cierto modo, la Internet y sus protocolos, por ejemplo aquel de las redes sociales llamado “hashtag”, es un procedimiento de escritura propio del régimen de expresión. Y, claramente, ha sustituido a la palabra de la oratoria de los políticos electoreros y tradicionales. Esto es así porque, como se sabe, fueron las redes sociales aquellas que lograron impulsar estos movimientos multitudinarios sin precedentes. Con esta etiqueta de metadatos, el hashtag, y con otros protocolos de escritura potencial, se ha logrado vitalizar una angustia que había sido desviada, un impulso que ahora tiene propósito.

Existe, pues, una nueva lógica, una nueva forma de hacer política cuya estabilidad es precaria: la palabra ya no es eficiente sino que es escritura potencial, el grupo en lo fundamental ya no sigue a un líder carismático, sino que se asocia transversalmente.

En una entrada anterior, habíamos descrito estas acciones como el resultado de un desacuerdo. Y como sostiene Rancière, el desacuerdo se describe como la falta de reconocimiento del pueblo como un sujeto capaz de enunciaciones válidas. Entonces, ¿es posible que esta nueva forma de hacer política haya suspendido esa falta de reconocimiento?, ¿es posible que este conglomerado haya generado un nuevo sujeto político?


Bibliografía

Fontanille, Jacques. Semiótica del discurso. Lima, Universidad de Lima y FCE, 2001.

Rancière, Jacques. La palabra muda. Ensayo sobre las contradicciones de la literatura.  Bs. As., Eterna Cadencia, 2009.



sábado, enero 10, 2015

La mafia y el amo real


Lamentablemente, los recientes acontecimientos de Lima en distintos campos institucionales, nos llevan a pensar en la noción de mafia. Hace unas horas, Santiago López Maguiña  ha lanzado una definición de este concepto en Facebook a partir de la cual es posible pensar algunos mecanismos del poder. Esta definición tiene como componente central a la figura de un jefe de esa mafia, quien "establece con los demás miembros del grupo relaciones de intercambios recíprocos, relaciones de intercambio de dones, de favores, de prebendas".

Para discernir con una precisión psicoanalítica esta propuesta, podríamos sostener que de lo que se trata con ese líder es de una especie de amo real:

Como sostiene Charles Melman en Problemas planteados al psicoanálisis (Bs. As. Paidós, 2011), para un amo real, a diferencia de uno de naturaleza simbólica, los otros, los pares de la dimensión imaginaria (los colegas, los amigos, los vecinos) no existen a título de tales, sino como servidores. Lo importante es que este amo: "no se sostiene del significante y que, al mismo tiempo, no soporta particularmente un posible dominio del significante. Lo que emana de él no es el significante amo: son órdenes" (80). 

En la Universidad de San Marcos y en especial en la Facultad de Letras, conocemos algunos de estos amos reales que son capaces de aglutinar en torno de su presencia a una serie contable de servidores atemorizados y que, por otro lado, han empobrecido la dimensión simbólica de la Universidad; en el fondo, estos amos no cree en los semblantes prestigiosos del saber, no creen en los significantes amos, pero son capaces de distribuirlos, según ese régimen de prebendas del que habla López Maguiña, y no por razones académicas. Es por eso que está plenamente justificado cuando, en su comentario de Facebook , el profesor sostiene que: 

Si se les pregunta por el estado de las artes en sus campos de saber sus respuestas van a ser muy generales y superficiales. No están muy enterados, ni les interesa estarlo. Tampoco tienen programas precisos con relación a la organización académica. Su ignorancia de teorías y de las investigaciones en el campo de saber que les compete les impide hacer programas. 

Pero si tanto desprecian la dimensión simbólica, ¿de dónde toma su poder, este amo real? Melman responde: "Toma su poder imaginario de lo que puede conferir la amenaza constante de retirarse, de desaparecer" (80). En el pasado, ese amo real amenazaba con el fracaso de las cosechas o con la sequía. Hoy se trata de sus caprichos y de sus favores. 

Lo interesante es que la precariedad simbólica de este sistema de relaciones no impide sino que permite un funcionamiento y una estabilidad asombrosa. El amo real persiste y gobierna más allá de los semblantes a través de lazos endogámicos (y de panacas estamos hartos en San Marcos) que son equivalentes a los que se establecen en las sociedades matriarcales. 

Quizás esta sea la razón por la cual, pese a que San Marcos está atravesada de agobiantes y entrampados funcionamientos, no obstante pervive durante siglos y es capaz, como una madre, de parir muchos hijos sometidos a sus caprichos. 

¿La nueva ley universitaria separará, como una prohibición paterna, a los hijos de esa madre que pretende engullirse a sus productos?