jueves, diciembre 11, 2014

Psicoanálisis de la navidad (Breve ensayo y servicio a la comunidad)



De vuelta al departamento, luego de hacer unas pequeñas compras, escuché el fugaz comentario de una pareja que venía caminando en sentido contrario: “…y mañana un fiestón”, dijo ella y él respondió sonriente: “sí”. Esto me hizo recordar que yo mismo, en unos días, tengo una reunión con mis antiguos compañeros de la promoción escolar. A mi mente llegó el recuerdo de los preparativos y la logística que esta y todas las fiestas o celebraciones implican. A veces, su costo y coordinación me disuaden fuertemente de proponer una cualquiera. 

Todas esos planeamientos, coordinaciones, contrataciones y gastos se oponen a la celebración como lo múltiple y disperso se opone a lo unívoco y restringido. Y es que en las fiestas el gran Otro tiene una función muy precisa y clara. Proponemos, como primer paso del psicoanálisis de la Navidad, la tesis siguiente: una fiesta es un dispositivo por medio del cual el Otro queda reducido a observar pocos desenvolvimientos o comportamientos del sujeto. Incluso podríamos reducirlos a solo dos: bailar y departir. En una fiesta, entonces, el Otro queda sujetado, principalmente, a desear ver a los sujetos en esos dos despliegues o performances.

En situaciones más cotidianas, como ir a trabajar, tomar el bus, comprar en los mercados y desempeñar nuestras labores en los centros de trabajo el deseo del Otro puede venir de cualquier parte y las regulaciones sociales –que en nuestra ciudad resultan cada vez menos esperables o más precarias–  son restricciones para ese deseo ubicuo. Pero nunca son tan eficientes en reducir al Otro como cuando participamos de una fiesta. Este Otro queda, así, limitado a la posición de un observador exterior, complaciente y complacido ante el cual actuamos con muy precisos movimientos. Y, por supuesto, para ellos, cada quien puede prepararse con cierta facilidad. El placer obtenido de las fiestas está en estrecha relación con esta reducción.


Por oposición, mientras menos regulado esté el Otro, menor es el placer que puede obtenerse. Y cuando el deseo del Otro puede encontrarse detrás de cada piedra o, más terriblemente, en el cuarto de al lado o, incluso, debajo de la propia cama (vieja y real fantasía infantil), lo que deviene es el terror. Las más eficaces películas de este género son aquellas que hacen verosímil la posibilidad de “lo otro” dentro del espacio más íntimo. Así, del placer al terror hay una gradiente que puede establecerse por una especie de “distancia” con respecto del deseo del Otro.

En este contexto, ¿qué es la Navidad? Es, claro está, una fiesta y como tal es la experiencia del deseo del Otro. Este parece venir desde a fuera y estar regulado, pero ahora se halla inserto entre las relaciones más familiares. De este modo, lo público y lo privado deben experimentarse en una vertiginosa continuidad. Sin embargo hay algo más: lo peor de todo es que, a diferencia de las películas del terror en las que “lo otro” se entromete en lo privado pero como una amenaza exterior, en las fiestas de Navidad “lo otro” está inherentemente inscrito como propio y no lo podemos desconocer. En la Navidad, así, el deseo del gran Otro no solo es ubicuo sino que no hay regulación suficientemente capaz de atenuar su impacto. La consecuencia de ello es, claro está, la angustia.

En tal sentido, las compras que son habituales en estas fechas son pálidos intentos de interponer un objeto, y así una distancia, entre el aplastante deseo del Otro y nosotros. De esto se sigue que el profuso comercio de fin de año es un aprovechamiento capitalista de la angustia subjetiva. Y ¿cuál es la moraleja de todo esto? Quizás, la siguiente: si somos capaces de distinguir estos hechos, será posible para nosotros lidiar un poco mejor con toda esa vorágine de insatisfacción y locura que embarga a la mayoría por estas fiestas.



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