miércoles, diciembre 31, 2014

Rancière y la "ley pulpín"




Las acciones recientes (de palabra o hecho) y relativas a la llamada "ley pulpín" se explican con lo que el teórico Jacques Rancière llama desacuerdo. Desde su perspectiva, este concepto designa una situación enunciativa muy singular. No se trata ni de un "malentendido" ni de un "diferendo", los cuales pueden incorporarse dentro de la lógica  jurídica y, por otro lado, despertar la creencia en que son necesarios mediadores pedagógicos: "lo que pasa es que estos jóvenes no entienden que las medidas son por su propio bien". (Esto lo ha señalado Rocío Silva Santisteban en su columna de La república del 30 de diciembre). 



El desacuerdo es, básicamente, una situación política por el hecho según el cual entre los que se enfrentan no existe algo que se pueda compartir:

Por desacuerdo se entenderá un tipo determinado de situación de habla: aquella en la que uno de los interlocutores entiende y a la vez no entiende lo que dice el otro. El desacuerdo no es el conflicto entre quien dice blanco y quien dice negro. Es el existente entre quien dice blanco y quien dice blanco pero no entiende lo mismo o no entiende que el otro dice lo mismo con el nombre de la blancura. 


De este modo, en el desacuerdo, como hecho político fundamental, no existe un "gran Otro" que, en este caso, se entenderá por un mismo universo de sentido, una enciclopedia común a los contendientes ante la cual apelar para hallar finalmente un consenso. Como no podemos contar con este referente, lo único que aquí destaca no son los enunciados y sus significados sino la enunciación. Me explico: 



No se trata de las buenas razones afirmadas a favor o en contra de esta ley en sendos enunciados que componen textos que se divulgan por las redes sociales, los medios de comunicación tradicionales y que están conectados con determinadas acciones legales o contestatarias. Si lo que dice uno de los desacordados no es lo que el otro entiende (porque cuando el primero dice "negro" el segundo no entiende lo mismo o no entiende que el otro pueda decir lo mismo), lo que aquí está en juego y en cuestión es la propia posibilidad, e incluso la capacidad de decir. En pocas palabras, lo que se cuestiona es la enunciación del otro.



Hay pues una brecha entre los desacordados que resulta insalvable. No existen, en consecuencia, salidas comunicacionales o dialógicas, no resulta factible recurrir en esta situación a buenos y bien intencionados especialistas de la mediación. Y esto es así porque, en el fondo, no hay aquí un problema de incomprensión. De hecho, todo está perfectamente bien comprendido; lo que sucede es que no es posible atribuir al otro la capacidad de comprender y una voz autorizada para enunciar. 



Obviamente, la relación (o más bien la ausencia de ella) de los desacordados no se establece entre equivalentes, sino entre los que tienen parte en el reparto y, como dice Rancière, "la parte que no tiene parte". Es decir, entre los que tienen el poder y los bienes, y los que no. La prueba de ello está en que, como recientemente se ha sabido, el procurador público de delitos contra el orden público del Ministerio del Interior presentó ante el Ministerio Público, días antes de la movilización del 29 de diciembre, una denuncia preventiva en contra de 20 personas. En otros términos, para los que se ubican del lado del poder pueden, a su vez, ubicar como ilegal al otro y a su deseo de reivindicar derechos ciudadanos. 


La pregunta inmediata es, entonces, ¿qué salida tenemos? Por su puesto que no hay una respuesta sencilla o programada. Pero cualquier solución pasa, debe pasar, por el reconocimiento de ese insalvable impasse (lo real de Lacan) constitutivo e inherente al orden social. Estos "problemas" de incomprensión, de malos entendidos que impiden la buena marcha del orden social hacia el desarrollo... son lo social mismo. 



jueves, diciembre 11, 2014

Psicoanálisis de la navidad (Breve ensayo y servicio a la comunidad)



De vuelta al departamento, luego de hacer unas pequeñas compras, escuché el fugaz comentario de una pareja que venía caminando en sentido contrario: “…y mañana un fiestón”, dijo ella y él respondió sonriente: “sí”. Esto me hizo recordar que yo mismo, en unos días, tengo una reunión con mis antiguos compañeros de la promoción escolar. A mi mente llegó el recuerdo de los preparativos y la logística que esta y todas las fiestas o celebraciones implican. A veces, su costo y coordinación me disuaden fuertemente de proponer una cualquiera. 

Todas esos planeamientos, coordinaciones, contrataciones y gastos se oponen a la celebración como lo múltiple y disperso se opone a lo unívoco y restringido. Y es que en las fiestas el gran Otro tiene una función muy precisa y clara. Proponemos, como primer paso del psicoanálisis de la Navidad, la tesis siguiente: una fiesta es un dispositivo por medio del cual el Otro queda reducido a observar pocos desenvolvimientos o comportamientos del sujeto. Incluso podríamos reducirlos a solo dos: bailar y departir. En una fiesta, entonces, el Otro queda sujetado, principalmente, a desear ver a los sujetos en esos dos despliegues o performances.

En situaciones más cotidianas, como ir a trabajar, tomar el bus, comprar en los mercados y desempeñar nuestras labores en los centros de trabajo el deseo del Otro puede venir de cualquier parte y las regulaciones sociales –que en nuestra ciudad resultan cada vez menos esperables o más precarias–  son restricciones para ese deseo ubicuo. Pero nunca son tan eficientes en reducir al Otro como cuando participamos de una fiesta. Este Otro queda, así, limitado a la posición de un observador exterior, complaciente y complacido ante el cual actuamos con muy precisos movimientos. Y, por supuesto, para ellos, cada quien puede prepararse con cierta facilidad. El placer obtenido de las fiestas está en estrecha relación con esta reducción.


Por oposición, mientras menos regulado esté el Otro, menor es el placer que puede obtenerse. Y cuando el deseo del Otro puede encontrarse detrás de cada piedra o, más terriblemente, en el cuarto de al lado o, incluso, debajo de la propia cama (vieja y real fantasía infantil), lo que deviene es el terror. Las más eficaces películas de este género son aquellas que hacen verosímil la posibilidad de “lo otro” dentro del espacio más íntimo. Así, del placer al terror hay una gradiente que puede establecerse por una especie de “distancia” con respecto del deseo del Otro.

En este contexto, ¿qué es la Navidad? Es, claro está, una fiesta y como tal es la experiencia del deseo del Otro. Este parece venir desde a fuera y estar regulado, pero ahora se halla inserto entre las relaciones más familiares. De este modo, lo público y lo privado deben experimentarse en una vertiginosa continuidad. Sin embargo hay algo más: lo peor de todo es que, a diferencia de las películas del terror en las que “lo otro” se entromete en lo privado pero como una amenaza exterior, en las fiestas de Navidad “lo otro” está inherentemente inscrito como propio y no lo podemos desconocer. En la Navidad, así, el deseo del gran Otro no solo es ubicuo sino que no hay regulación suficientemente capaz de atenuar su impacto. La consecuencia de ello es, claro está, la angustia.

En tal sentido, las compras que son habituales en estas fechas son pálidos intentos de interponer un objeto, y así una distancia, entre el aplastante deseo del Otro y nosotros. De esto se sigue que el profuso comercio de fin de año es un aprovechamiento capitalista de la angustia subjetiva. Y ¿cuál es la moraleja de todo esto? Quizás, la siguiente: si somos capaces de distinguir estos hechos, será posible para nosotros lidiar un poco mejor con toda esa vorágine de insatisfacción y locura que embarga a la mayoría por estas fiestas.



jueves, febrero 27, 2014

La letra, ¿con gaseosa entra...?







La hipótesis general respecto al sentido de este spot publicitario es la siguiente: se esgrime la ironía de tal manera que el lugar común al que el espectador accede a través de ella (porque detrás de toda ironía hay un locus communis) se adhiere semánticamente, como una etiqueta, a la famosa gaseosa y en los términos de un universal: efectivamente, así son las cosas... como la Coca-cola misma. Pero ¿cuál es ese sentido? Pues, nada menos que: "deberíamos volver a aprender a comunicarnos, como se hacía antes". 



Interpretación del sentido

Para empezar, la ironía se sostiene en la implícita comparación entre el perro al que le pica una costra pero que no debe rascarse y el adicto al celular que, cuando su ansiedad le urge, se rasca sin freno. En consecuencia, si al perro se le pone un protector para que se cure, ¿no deberíamos hacer lo mismo con los adictos a la comunicación...? ¡Cachita pura! Además, como el cono impide el acceso visual al celular o al tablet, uno puede volver a mirar los ojos de los seres queridos que nos acompañan en la cena. La música de la obertura Así habló Zarathustra de Strauss puesta justo ahí con su solemnidad y la cámara lenta de las cabezas irguiéndose refuerzan la burlona comparación semisimbólica. 

Nos reímos y, desarmados ante cualquier reparo conceptual, aceptamos la verdad absoluta de que deberíamos recuperar lo que, paradójicamente, la tecnología de la comunicación nos ha quitado: la comunicación. "¡Es verdad, es verdad, aleluya!", se espera como respuesta enunciativa y emocional (no necesariamente expresada) del espectador modelo. Solo el color rojo y la blanca franja sinuosa sugieren a la famosa bebida efervescente; el "esfuerzo" de relacionar ese aparato, el "social media guard", con la gaseosa nos envanece y quedamos comprometidos o, como dicen los publicistas, reforzados en la fidelización con el producto. 


Interpretación de lo real


Sin embargo, lo que ahora deseo destacar es lo siguiente: el acceso que se promete así a lo que podría llamarse un deleite universal y para todos. Ya no se trata del sabor de la gaseosa; en la publicidad, ya no estamos en tiempos tan burdos. Se trata del goce de "volvamos a hablarnos", de "compartamos momentos reales", de "¡se trata simplemente de hablar!", "¡oh, cuán tontos podemos ser!", "¡acaso no hemos aprendido nada!", etc. 

Es como si pudiéramos arribar, a través de un saber de sentido común, al deleite de nuestra pertenencia a la condición de parlêtres, como decía Lacan, de seres hablantes, y con ello -lo que resulta más importante- a la felicidad universal. Dicho así, resulta inverosímil..., pero muchos, si no todos, sonrieron con la ironía y con la analogía en la que se ampara. 

Como Coca-cola, Lacan sostiene la existencia de una instancia que nos comunica con el goce y la llama letra. Con ella hace un juego de palabras: lo literal es el litoral. Pero, ¿en qué sentido de litoral? En el sentido por el cual es el operador de una frontera entre dos dimensiones completamente heterogéneas y sin ninguna proporción: el saber y el goce. 

Ahora bien, Lacan no dice que esa instancia sea universal, no es un saber de sentido común, la letra no es un litoral para todos. Ella es antes bien un borramiento -y por eso una indicación- siempre singular de una relación con lo ilegible de cada sujeto. No puede, por lo tanto, convertirse en un saber comunicable (ya sea por el celular o hablando). Para algunos, también se accede a ese saber sobre su goce con rimbombantes tambores de triunfo; es el momento de una iluminación en lo que parece ya el final. Pero luego viene un cierto: "solo era eso, qué porquería". 


Pero, ¿en qué sentido la letra es litoral? ¿Solo por el juego de palabras? ¿Cómo es posible pensar un acceso al goce singular si de lo que se trata es de un saber no comunicable? ¿Es factible por esta noción de letra-litoral elaborar una perspectiva crítica que aborde el goce en el discurso? Estas y otras preguntas dirigen nuestras lecturas e investigaciones en el GEPSIDIC

Sigamos. 


viernes, febrero 21, 2014

La letra, algo más que un soporte material



Recientemente descubrí con beneplácito la Radio Lacan, uno de los medios de difusión de la Asociación Mundial del Psicoanálisis (AMP). En ella se pueden escuchar, en línea y entre otras cosas, las disertaciones de algunos de los más destacados psicoanalistas lacanianos, en concreto, los afiliados a esa asociación liderada intelectual y políticamente por Jacques-Alain Miller. 

En esta ocasión me detendré un poco en la Conferencia de clausura de las XII Jornadas de la ELP, cuyo título fue El lenguaje y lo real del Psicoanálisis. Fue desarrollada por Miquel Bassols (el galán maduro de la foto) en la clausura de las XII Jornadas de la ELP, en noviembre de 2013, en Barcelona. Actualmente, este personaje es nada menos que el Vicepresidente de la AMP.

En este hipervínculo uno puede escuchar una grabación, un tanto deficiente, de la mencionada conferencia dividida en tres partes. Es de lamentar, pues, la calidad de la misma. Ello nos hace pensar en un cierto grado de improvisación que Radio Lacan todavía no ha podido resolver. Habrá que esperar que esto mejore; por lo demás, casi todo lo que se oye por este medio no tiene ese nivel de deficiencia. 

Lo que importa ahora es otra cosa. Específicamente, el concepto que esgrime Bassols, en la tercera división de su conferencia, de letra. Dice, al pie de la letra de Lacan, que es el "soporte material que el discurso concreto toma del lenguaje". Como este concepto estaba, dentro de la argumentación del analista, en una posición jerárquica no destacada, no pudo ser desarrollado de un modo que hubiera sido de mayor interés. Después de todo, se trataba de la relación entre el lenguaje y lo real, ¡nada menos! Y la letra es, en los años setenta de la enseñanza de Lacan, una noción fundamental como mediador en ese intersticio. 

En una entrada muy anterior, publiqué una intervención crítica de esta definición de Lacan arriba mencionada. Lo hice a partir de unas ideas de Laurent sobre la letra como litoral, articulación que se encuentra en "Lituraterra" que hoy se puede encontrar como primer texto de Otros escritos de Lacan. 

En síntesis, lo que yo argumentaba era lo siguiente: la letra, como soporte material tomado del lenguaje, alude a lo que siendo inherente al cuerpo real del sujeto hablante, escapa a los requerimientos biológicos del mismo: hay algo en el cuerpo del parlêtre cuyo "lugar" no es este cuerpo. 

Por estas fechas, en el GEPSIDIC (Grupo de Estudios Psicoanalíticos de los Discursos de la Cultura), venimos leyendo el Seminario 18 denominado De un discurso que no fuera del semblante. Por una indicación casi una exigencia destemplada– de Lacan, revisamos "El seminario de La Carta Robada". Entre las varias posibilidades que allí se encuentran para este caso, es de destacar el problema del espacio en su relación con la carta (lettre). Como recordará el lector de Poe, pese a que la policía cuadriculó al milímetro la casa del ladrón de la carta, el Ministro, nunca pudo hallar lo que, finalmente, Dupin sí pudo.

La respuesta de Lacan ante este enigma es pero no en sus palabras que la verosimilitud de ese escondite no es enunciva sino enunciativa; es decir, no está en la trama del nivel de los enunciados, del nivel imaginario y ficcional, sino que se encuentra en la enunciación. En pocas palabras, Poe, con este cuento, propone sin saberlo la estructura de la letra: el lugar de la carta no está en el espacio euclidiano sino en la dimensión simbólica. Y decimos que esto es enunciativo porque no sirve a la trama del cuento sino que sirve a la interpretación que Lacan realiza y se permite a partir de lo que está en la escritura de Poe como un enigma no resuelto. 

Como la publicación en castellano del Seminario 18 es dos años anterior a mi artículo del 2011 en este blog, me tengo que contentar con decir que "Lacan ya lo había dicho" o mejor "ya estaba escrito" pese a que yo no lo sabía. De todos modos es agradable el sentimiento que me da esta confirmación: la letra es, pues, lo que estando en una dimensión, digamos, física (el cuerpo, el espacio euclidiano), no puede ser ubicada sino en un registro diferente. Esa sería su estructura. 

Lacan, como siempre, es más gracioso y menos solemne que sus seguidores escolares; ilustra esta lógica con la geometría: si quieren que dos puntos estén en el espacio equidistantes eso será perfectamente posible, igual con tres puntos, con cuatro... 

Pueden tomar cinco, y entonces no se precipiten a decir que también es posible ponerlos a igual distancia de cada uno de los otros cuatro porque no lo lograrán, por lo menos en nuestro espacio euclidiano. Para tener estos cinco puntos a igual distancia de los demás, hace falta que fabriquen una cuarta dimensión. Eso es (Lacan, 2009: 94).
Pese a que surge en una dinámica propia de la tercera dimensión, este quito punto tiene como su lugar a la cuarta dimensión. Ella, además, es posible de ser pensada, pero no imaginada (En esto también la letra es enunciativa y no enunciva). Pues bien, ¿no puede verse aquí una estructura de relaciones que Lacan construye para pensar la letra como algo más que un mero soporte material, es decir, como un lazo de continuidad y de corte entre dos dimensiones sin proporción?

Esta lógica, propia de la letra, no debe pasar desapercibida detrás de clichés lacanianos que se repiten, a veces, sin comprenderlos mucho. Y no debe quedar escondida precisamente allí donde es imprescindible pensar un real para este siglo. Lamentablemente, el lenguaje formulaico de los escolares es, a veces, más que un medio para el discernimiento, un impedimento imaginario propio de las comunidades llamadas éticas por Miller. 

Que el norte no se pierda; una buena orientación siempre es la angustia y no los sobados saberes supuestos. 


Bibliografía consultada

Lacan, Jacques. De un discurso que no fuera del semblante. Buenos Aires, Paidós, 2009. 



miércoles, enero 01, 2014

El canto de las sirenas de la NEL


Lo femenino no solo es asunto de mujeres (1)

Desde mediados del mes de diciembre pasado (con una actualización el 21), podemos leer el argumento de las Octavas Jornadas de la NEL (Nueva Escuela Lacaniana) en el blog de dicha institución. Este importante evento se realizará en Lima, en octubre del año que hoy comienza y tiene como tema de reflexión global y como título el siguiente: “Lo femenino no solo es asunto de mujeres”.

El afiche que acompaña a la convocatoria tiene como motivo principal el cuadro de Luz Letts titulado “Canto de sirenas”. Según consigna en el afiche, la obra es del año 2012, es decir que es una obra reciente, de nuestra época podríamos decir, aunque no solo en sentido cronológico… Y es que tanto esa obra como la convocatoria de las jornadas son efectos de una época en la que lo femenino es el leitmotiv de la cultura contemporánea.

Y decimos “cultura” como lo entendía Lacan, esta vez no como aquello ligado a una preocupación por los restos (“Una gran civilización es en primer lugar una civilización que tiene un muladar”), sino en el sentido de paliativo: “La cultura alivia, alivia completamente de la función de pensar” (Lacan, 88). Y es que habría que pensar un poquito más el argumento para ser coherentes con una posición, como la psicoanalítica, que no es, no puede ser, la de una complacencia sumisa ante los imperativos tardocapitalistas.


En el cuadro de Letts las posibilidades son claras: las figuras femeninas, habitantes solventes de una tierra en la que tienen bien puestos los pies, orquestan o pretenden detener el deambular múltiple de las figuras masculinas que tiene un sentido de dispersión y de naufragio. Los brazos en alto son una trascodificación de lo que en el mito es un canto; sin embargo, esta no solo obedece a las necesidades de la comunicación pictórica, sino que también –quizás y cooperativamente— es expresión de una transformación más importante, una inversión: no se trataría ya de llevar a los hombres a la perdición y la muerte, como en el mito, sino de una especie de salvación, de un puerto seguro y por eso distinto del deambular masculino en busca de la vana gloria y de sus significantes prestigiosos.

Pero si esto es así en el cuadro, no resulta factible en el argumento. Lo que es una posibilidad interpretativa propia de la apertura del discurso artístico moderno, es una confusión en las reflexiones de la así nombrada “comisión epistemológica” del evento. Y es que aparentemente –y para decirlo con palabras de uno de los maestros reconocidos por las lideresas de la NEL, Eric Laurent—, se está confundiendo al Superyó femenino con la posición femenina y no son lo mismo.

En un pasaje del argumento se sostiene lo siguiente:
Lo inasible femenino es precisamente lo que permite que ellas se encuentren más cerca de lo real, menos tomadas por sus fantasmas y los ideales que constriñen a los hombres. Su lado problemático es que, por ese hecho, ellas quedan más sometidas a la exigencia de un amor que nombre la rareza de su ser.
Esta dimensión podemos reconocerla con lo que Laurent, en Posiciones femeninas del ser, denomina “Superyó femenino”. Y de ello no se debería sacar la conclusión según la cual, a continuación,  “el psicoanálisis da la vuelta a lo amenazante y peligroso de lo femenino para convertirlo en el fundamento de una práctica que toma en cuenta la lección de lo creativo, de lo fundacional. Es como si el goce femenino, ese amenazante y peligroso, fuese lo que realmente funda las posibilidades en la subjetividad de hacer frente, inventivamente, al “acontecimiento traumático contingente” del encuentro con el deseo del Otro. Ese goce no puede ser, así tal cual, el “pivote irreductible de un análisis”.

Ante este imperativo superyoico –que no se distingue del impulso al goce irrestricto y al crimen propios de la época—, se debe asumir una “posición femenina”, aquella por medio de la cual Lacan invita, no a ceder ante aquella voz, ese canto sirenio para el goce sin límites, sino “a que los dichos del superyó femenino sean refutados, inconsistidos, indemostrados, indecididos” (Laurent, 107). Eso no queda claro en el argumento. Y es imprescindible discernir este punto sin el cual parece que el psicoanálisis promueve como fundamento de su práctica un abandono al goce femenino. Por el contrario, hay que recordarle a quien vocifera esa exigencia de sirena que “nadie tiene la última palabra, la palabra que convendría a la exigencia del llamado femenino” (Laurent, 108).

Frente a este imperativo contemporáneo, Lacan configura un lugar de analista que se caracteriza por un saber-hacer especial; según Laurent, el psicoanalista “sabe responder al superyó femenino, en tanto puede reenviarlo a la verdadera lógica de la posición femenina, que es denunciar a los semblantes que apuntan a cualquier consistencia del Otro” (109).


De lo contrario, si ese no es el lugar que se desea para el psicoanalista, el título de las jornadas tendría que rectificarse  un poco, quitando una palabra solamente: “Lo femenino no es asunto de mujeres”… por lo menos no de las que lideran la NEL en Lima, por lo menos no si no distinguen lo que se ha confundido.

Todavía quedan unos meses hasta octubre. Veremos. 



Bibliografía  consultada

Lacan, Jacques. Mi enseñanza. Buenos Aires, Paidós, 2006.

Laurent, Eric. Posiciones femeninas del ser. Del masoquismo femenino al empuje a la mujer. Buenos Aires, Tres Haches, 1999.