lunes, septiembre 23, 2013

Una sesión leibniziana en el Consejo de Facultad



El martes 17 pasado, sesionó el Consejo de la Facultad de Letras y asistí porque me interesaba contemplar la elección del director de la escuela de Literatura. Antes de esto ocurrió un pequeño desacuerdo entre los estudiantes consejeros y el decano Prado.

Se trataba de discutir o no el pedido de la reducción del costo de la rectificación de matrícula. El tema fue propuesto por los estudiantes, pero el decano argumento que no podría ser discutido porque todo pedido debe presentarse por escrito y con una semana, por lo menos, de anticipación. Dijo que él mismo habría querido plantear ciertos temas que le parecían importantes, pero como no había intercedido un escrito, se obligaba a no introducirlos.

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Podría pensarse que este es, simplemente, un ejemplo más del carácter metafísico de los organismos estatales. En pocas palabras, este consejo o el argumento estatal del decano opera sobre el presupuesto de la identidad entre el ser y lo uno. Como decía Leibniz –y cita Badiou–, “si no es un ser, no es un ser”. Si lo uno no rige al ser, el ser no es. Esta sentencia podríamos traducirla, para el caso, de la siguiente manera: “Si no hay representación burocrática del pedido, el pedido no existe para el Consejo”.

Pero el aguzado lector podrá notar que dicho argumento escondería, en realidad, otro propósito: impedir la discusión de un tema que no se quiere mover en el sentido requerido por los estudiantes; sino, en todo caso, en el sentido opuesto. Esto se puede ver corroborado con la recientemente recordada (en mensaje colectivo a los profesores) resolución rectoral No.03224-R-07 que decide que los alumnos libres del pregrado no lo serán tanto. Según esta resolución, para entrar a clases deberán pagar 30 soles por crédito y así las facultades recibirán un dinero propio. En consecuencia, parece que no es a la gratuidad sino a la mercantilización de la enseñanza hacia lo que se apunta.

Así, la argumentación del decano, en extremo formalista, sería una mascarada, una cortapisa, y los estudiantes deberán estar preparados para otras: los organismos burocrático estatales se sirven de las premisas metafísicas como si creyeran en ellas cuando, en el fondo, las asumen desde una posición meramente instrumental.

Pero los estudiantes no tienen solo que cuidarse del decano, sino que también de sí mismos.

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A qué me refiero: al escuchar el escrutinio de los votos de la elección del director de la escuela de Literatura, me di con la sorpresa de que hubo nueve votos en blanco. Si hubiera sido uno más, el decano habría estado facultado para elegir a dedo a quien quisiera. Esto se leyó inmediatamente después en el reglamento. Hoy y con las justas, el nuevo Director es Gonzalo Espino, es decir, alguien que no es del partido hegemónico en la Facultad de Letras. Pero, ¿qué había pasado?

La respuesta me la dio un alumno consejero y la corroboró otro del comité asesor de Literatura: como no habían podido reunirse con las bases pese a ser estas convocadas (no fue nadie a la reunión), no quisieron tomar ninguna decisión que los comprometiera y los seis estudiantes consejeros presentes votaron en blanco.

Estoy de acuerdo en que hay mucho de saludable en la consulta popular, en el hecho de que cada decisión deba ser consensuada. Pero, ¿no están los estudiantes cayendo en el extremo contrario? ¿No es este un argumento también falaz para no acercarse a una decisión importante? ¿Este no es acaso el reverso exacto del formalismo decanal?  Podría traducirse la misma sentencia de Leibniz y para el caso en el sentido siguiente: “Si no está sancionado por las bases no existe”. Es decir, si no ha sido contado-por-uno por la consulta popular ninguna decisión puede acceder al ser.

Este otro exceso de formalismo, entonces, pudo facultar al decano a designar un allegado para ocupar ese puesto en la Escuela de Literatura y, así, afianzar el proyecto de perpetuar al partido hegemónico en Letras. Lejos estoy de pensar en que esto fue un acuerdo entre el decano y los estudiantes, pero creo que ellos deberían pensar en que las decisiones importantes –y uno que quiere la excelencia académica en Letras solo puede tomar decisiones importantes– requieren de riesgos, principalmente, el riesgo de la potencia de lo singular, de lo intocado por la cuenta estatal.

Aunque no lo crean, lo más importante siempre se decide en una singular apuesta, con un salto al vacío.