lunes, julio 29, 2013

La estrofa apócrifa y el acontecimiento de ser peruano 1



Estaba por empezar la función de teatro y comenzaron a sonar, como se dice habitualmente, los primeros y gloriosos acordes del Himno Nacional del Perú –aunque en realidad es una sola nota repetida tres veces. Nos pusimos de pie:
“Somos liiibres seaaamos losiempre sea moslo siem pre…”
Mi hija y yo cantábamos con voz sonora y significativa. Marcia canta desde hace años en el Coro Nacional de Niños y eso es una prueba de que no soy solo yo quien percibe su voz como extraordinaria. Sin embargo, esta vez prefirió entonar afinada como siempre pero piano, es decir con un volumen bajo. Yo, en cambio, como tengo pocas oportunidades para cantar, lancé mi voz de cuasi tenor (más cuasi que tenor dicen algunos) hacia el escenario (y más allá) e hice que los niños de la fila de adelante voltearan a mirarme. Yo aprovechaba ese desconcierto para afectar un poco más mi concierto engolado:
“…y antes nieeeegue susluuuuces suslu ces suslu ces el solll…”
Marcia me tiraba codazos un poco avergonzada aunque también divertida con este despliegue y llegué con alegría al final del coro junto con todos los demás que arribaban como podían, pobres. Y –como decía el protagonista de Años Maravillosos— entonces ocurrió: la estrofa.

No la clásica, no la de “laaaargo tiem poel peruaa nooprimi ido…” sino la que desde el 2009, y por decreto gubernamental, se “canta” en los actos oficiales, la última estrofa que, para mayor conocimiento, aquí transcribo:



En su cima los Andes sostengan

la bandera o pendón bicolor,

que a los siglos anuncie el esfuerzo

que ser libres, por siempre nos dio.

A su sombra vivamos tranquilos,

y al nacer por sus cumbres el sol,

renovemos el gran juramento

que rendimos al Dios de Jacob.


Escribí “canta” entre comillas porque la estrofa en cuestión no es todavía muy conocida –aunque conmigo la cantaron algunos padres responsables y sus hijos y mi hija. Pero los demás, como era de esperar: “Ennnsummm….mmm… osteeenga / labandera mmm… mmm… olor…”. Yo la recuerdo porque en la primaria -como mi colegio era malo y a la profesora no se le ocurría mejor forma de hacer que pasen las horas-, nos hicieron memorizar todas las estrofas haciéndonoslas cantar durante varias semanas. Entonces, con esa competencia que me sorprendió un poco, canté la estrofa establecida ya sin tanto fervor patrio y extrañando la otra, la espuria, la popular.

En una breve indagación por internet descubrí que la primera estrofa nunca fue compuesta por el autor original de la letra del himno nacional, José de la Torre Ugarte, sino que es de autor anónimo y que se cantaba popularmente hasta que, en 1913, la ley 1801 declara intangible la letra y la música del himno. La letra que se consignaba en el documento, incluía los dos cuartetos conocidos:



Largo tiempo el peruano oprimido

la ominosa cadena arrastró;

condenado á crüel servidumbre

largo tiempo en silencio gimió.

Mas apenas el grito sagrado

¡Libertad! en sus costas se oyó,

la indolencia de esclavo sacude,

la humillada cervíz levantó.



Ante el intento de que se declarara anticonstitucional dicha ley, el Tribunal Constitucional concluyó, en el punto 3 de su fallo, lo siguiente:
Declarar que en las publicaciones en donde se transcriba la letra del Himno Nacional debe expresamente señalarse que la estrofa adicionada al texto de don José de la Torre Ugarte es de autoría anónima y que su inserción expresa la voluntad del pueblo representada en el Parlamento Nacional, mediante la Ley N.º 1801 la misma que debe ser colocada al final del mismo. (El resaltado es mío).
Los demandantes, sostenían que esa estrofa denigraba la dignidad humana y se iba en contra el artículo 1 de la constitución referido precisamente a la dignidad de la persona. En fin, toda la historia se puede encontrar en el Expediente N.° 0044-2004-AI/TC del Pleno Jurisdiccional del Tribunal Constitucional.

La cuestión es que los cuartetos que ya no se cantan oficialmente permiten un contraste dramático muy intenso. El efecto emocional inscrito en su posible enunciación es para las lágrimas de felicidad. Es verdad que ellas representan al peruano en general como oprimido, como siervo, como gimiente; pero eso es solo al inicio. La continuidad entre los dos últimos versos de la estrofa y los dos primeros del coro que se canta a continuación precisan una tonalidad de restitución y de posibilidades abiertas que, por lo menos a mí, me resultan muy impactantes.

El peruano pintado en ese pasaje es como el héroe cinematográfico que, a punto de rendirse definitivamente y luego de singular batalla, encuentra en un gesto del que es capaz pese a su derrota (levantar la cerviz, es decir, alzar la cabeza y encarar a su opresor), el punto de partida de una liberación cuyo proceso no sabemos, pero que a continuación estalla con el forte de la orquesta y con el primer verso del coro.


Entre ese gesto de mirar a su opresor de modo desafiante y la libertad que poseemos y que poseeremos por siempre hay un vacío narrativo, una ausencia de trama que, sin embargo, permite todo proceso de liberación singular y que otorga a la peruanidad inscrita por mandato popular, apócrifo y anónimo el valor de acontecimiento que no creo que posea ninguna letra de ningún himno nacional.

Hay, así, una dimensión ética que se habría perdido con el cambio. En síntesis, no solo se trata de que con la estrofa anterior se podía percibir un contraste afectivo, narrativo y musical en sí mismo muy impactante; tampoco se trata solamente del vértigo que con ella se producía entre un gesto corporalmente descrito con detalle casi microscópico y un concepto universal y abstracto como la libertad, lo cual también es intensamente sobrecogedor; sino que en ese instante del texto y de la música del himno algo como un sujeto y su acontecimientalidad encuentran un lugar y, al mismo tiempo, una posibilidad de agrupar a la totalidad de los peruanos.

Creo que deberíamos volver a lo que la intuición popular alcanzó y que la miopía de algunos legisladores y burócratas no ha logrado siquiera vislumbrar. ¿Es posible revertir lo que se habría perpetrado en contra de ese acontecimiento estético y ético y peruano?


jueves, julio 25, 2013

El nefasto tren de Galicia y los tonos de un pequeño objeto



Recojo la nota del Twitter, pero imagino que es verdad: en mitad de los ajetreos, un policía se detuvo a llorar ante el concierto de tonos electrónicos. Eran los teléfonos celulares que repicaban por todas partes, entre las ropas de los cadáveres que se habían encontrado desperdigados al costado de la vía, y que él y sus compañeros habían reunido en la zona escogida para ese cometido

Montones de familiares llamaban, pues, sí, con la esperanza de que el pasajero les contestara y pronto. Diversas melodías electrónicas se conjugaban en repetitivos contrapuntos, disonantes o armónicos que consumían la carga eléctrica del receptor. Así, esa pequeña marea localizada de timbres y tonalidades diferentes, que muy seguramente casi nadie oyó, era la indicación de algo más que una simple concurrencia de alertas de llamada: cada uno de quienes ya no responderían jamás se llevaba algo de los que insistían en el otro lugar con su pequeño aparato. 

Es el accidente ferroviario más terrible en Galicia desde hace cuarenta años. Ocurrió ayer del 24 de julio, cerca de las 20.42 horas de Santiago a su paso por la zona de Angrois. En el tren viajaban 220 pasajeros y, al alcanzar la curva de A Grandeira, descarriló por la excesiva velocidad a la que iba. Uno de los vagones saltó por los aires. A estas horas, los informativos indican que fueron 80 víctimas mortales, trece de las cuales aún siguen sin ser identificadas. 

Jorge Luis Borges dijo alguna vez que, cuando alguien muere, se lleva consigo un universo de experiencias y se pierde para siempre. Se refería a que cada uno de nosotros transforma los acontecimientos de su vida en recuerdos y en enseñanzas que se inscriben dentro de ese intento que es el de construir una totalidad coherente, un sentido de la vida propia. Cuando llega la muerte, se rompe esa imaginaria coherencia.

Pero es evidente que cada uno también alberga el sentido que otro un amigo, una pareja, un hijo, un simple conocido nos ha dejado a guardar. Una porción de ese otro está con nosotros en algún lugar y para ella o él exclusivamente. Cuando desaparecemos ese pequeño objeto se pierde también y en ese sentido es verdad, como dice la frase hecha, que todos morimos un poco cuando alguien muere. 

Pese a que yo solo soy un gallego imaginario (ya que por azar mi apellido remite a una antigua ciudad de esa tierra), quiero enviar este mensaje de solidaridad para los gallegos reales. En momentos críticos de mi vida imaginé, para reconfortarme, un lugar para mí en su paradisíaca Galicia. Sí, yo también deposité algo en ellos y ahora que han muerto tan trágicamente quiero expresar mi dolor y mis condolencias a los familiares. 

Me gustaría pensar que esas llamadas no fueron en vano. Me gustaría imaginar que soy yo quien ahora las estoy contestando.