domingo, junio 30, 2013

Análisis semiótico de La condición humana de Magritte




Como un complemento y una extensión, añado un fragmento de mi manual de semiótica en el que también analizo el famoso cuadro. 

En la entrada anterior, sostengo que en La condición humana se produce, como una proyección hacia el plano de la enunciación, un sujeto como atrapado por el cuadro. Esto sería así ya que, en la representación, hay una ausencia enmarcada que suscita inquietud. 

En el pasaje del libro, se plantea el análisis modal de esa condición que, desde el psicoanálisis, podríamos llamar condición de angustia, aquella que está enmarcada por una suerte de demanda del Otro. 

Aquí les va:


viernes, junio 28, 2013

Sobre el objeto psicoanalítico


En esta ocasión quiero transcribir de modo resumido mi ilustración, la que habitualmente expongo en mis clases de Teoría literaria III, sobre el objeto a. Para tal cometido, utilizo el famoso cuadro de Magritte La condición humana 3. Esto también forma parte del libro que el grupo GEPSIDIC publicará pronto.

Como hemos visto en otra entrada, la razón psicoanalítica surge a partir de la distinción de tres tiempos: 1) Hay el mundo; 2) La historia como escena del mundo y 3) la escena sobre la escena. Esta secuencia es homóloga de las tres dimensiones imaginarias de la organización del espacio en este cuadro:

magritte-la-condicion-humana

Como puede observarse, hay una ventana y un cuadro sostenido por un caballete que tapa el panorama. Lo inquietante –y el espectador inicial todavía no sabe exactamente por qué– es que el cuadro interior reproduce lo que se vería en el paisaje a través de la ventana si este no estuviera. Claro está, no lo cubre todo completamente. Las líneas de continuidad del paisaje, pueden verse más allá y prosiguen dentro del cuadro interior.

Sin embargo, existe una representación, tan realista como todo lo demás, que está solo dentro del cuadro inscrito y que resulta imposible siquiera intuir en el paisaje de atrás. Esto ocurre porque dicha figura, la de un árbol, no tiene continuación más allá de esta representación interior.

Entonces, ¿el árbol estaría allí si sacamos el cuadro inscrito? Esa pregunta indica, primero, una subjetividad atrapada por el discurso de Magritte y, segundo, una sustracción, un algo que no está y que, sin embargo, sirve como centro de gravedad para todo lo que se organiza en la representación.

Ese algo, esa falta inscrita es el objeto a o, más precisamente, el menos fi (f) que engancha o refiere, en el sujeto de la enunciación, al objeto a, causa de su deseo. La pregunta que indica esa inquietud imposible de calmar (aquella de “retirar” el cuadro interior para “verificar” la presencia o ausencia del condenado arbolito) es lo que hace las veces del sujeto atrapado por el cuadro.

Pero nótese que este no es aquel del significante, el habitual y lacaniano sujeto representado por él y para otro significante. Aquí de lo que se trata es del sujeto de la angustia.

Pero ¡¿cómo así?!…


domingo, junio 23, 2013

Sobre los tres objetos: el cosmológico

En la entrada anterior, distinguimos con Lacan tres objetos: el científico, el cosmológico y entre los dos el psicoanalíticoHoy en la mañana he tenido, con un profesor amigo, una conversación que se desarrolló, en parte, desde esa distinción. Él me insistía en que, en primer lugar, Levi-Strauss no es un cosmista y, en segundo lugar, en que el pensamiento andino no es un cosmismo. 

Mi posición al respecto es que el pensamiento de algunos intelectuales del mundo andino asume una posición que no es inconveniente sino perfectamente afín con el sistema capitalista  hoy imperante. Con el afán de esclarecer aquello a lo que me refiero, quiero incluir una páginas de un ensayo que he publicado en Scribd. Se trata de mi texto Recortada contra el cielo: ensayo sobre una hoja. Parte de lo que quiero esclarecer allí necesita, por lo menos someramente, estas reflexiones: 


viernes, junio 14, 2013

Sobre tres objetos, uno de los cuales es el psicoanalítico


Entre clase y clase, inicio este apunte que pretende servir para orientarnos en nuestro trabajo de análisis de los discursos en Teoría Literaria III. Creo que la diferencia entre tres objetos –que puede ser inferida del Seminario 10 de Lacan llamado La angustia– tiene un potencial hermenéutico muy importante.




Este apunte es también el adelanto de un modelo de análisis de los discursos de la cultura que el grupo GEPSIDIC está pronto a publicar. Dentro de él, la diferencia entre los tres objetos es, aunque importante, un aspecto dentro de un desarrollo mayor.

Todo parte de una polémica en la que Lacan interviene entre Levi-Strauss y Sartre. El etnólogo afirma, contra el filósofo, que lo que llaman razón analítica y razón dialéctica no son diferentes sino incluso complementarios. En el interregno de ellas, Lacan introduce la razón psicoanalítica cuyos tres tiempos son:
  1. Hay el mundo.
  2. La escena del mundo: la historia.
  3. La escena sobre la escena.
El objeto a, el objeto psicoanalítico se ubica entre la escena del mundo y la escena sobre la escena. Si utilizamos estos tres tiempos para analizar un discurso, dicho objeto es descriptible como una ausencia que se manifiesta, sin embargo, en el modo en el que todos los elementos de un discurso indican algo que no se presenta. Con este procedimiento suscita una intriga en el destinatario.

El ejemplo ad hoc es el cuadro de Magritte llamado La condición humana 3. De esto ya he desarrollado un esbozo en otra entrada. Lo que me interesa ahora es distinguirlo del objeto epistemológico y del objeto cosmológico. Este es el que se inscribe dentro de un universo de sentido regido por lo que Lacan llama cosmismo, y que se puede describir como aquel que está basado en una confianza (sincera o cínica) depositada en la potencia armonizadora de la analogía. Para el cosmismo hay, así, una continuidad entre los ríos, las montañas, los hombres, sus actos, otra vez la naturaleza en cualquiera de sus eclosionantes formas y etc.

El objeto cosmológico sería el que tiene su lugar en ese universo de sentido que no alberga ningún vacío.

Por su parte, el objeto epistemológico es el objeto construido por el significante. Es el que se delimita a partir del uso de las categorías que le permiten un lugar en el conocimiento humano. Podríamos decir que el objeto epistemológico es un particular regulado por un concepto general. (Y de esto también he discurrido en una antigua entrada). Es el que la mirada científica construye como su objeto de estudio y con afanes generalizadores. 

Tenemos, entonces, el objeto epistemológico construido por el significante y escindido del objeto cosmológico propio de un campo de  sentido mágico y, entre los dos, el objeto a

Tengo la impresión de que esta distinción es una herramienta que permitirá avanzar en el análisis de los discursos más allá de una interpretación de sentido.

sábado, junio 01, 2013

Vibraciones pulsionales del cuerpo y del mercado


 Cinco días atrás, víctima de la seducción de las ofertas y del narcisismo tardocapitalista, compré en un conocido centro comercial un aparato de hacer ejercicios y  antes de ayer se me malogró. 

Era una de esas plataformas para vibrar típicamente posmodernas: "no hagas el trabajo -parece decir-, lo haré por ti y tú recibirás los beneficios". Cuando mi novia se subió a ella, se descompuso. "Ella es muy pesada", dirán algunas con sorna. A ellas responderé que no es verdad porque, de ser así, ella no sería mi novia. Otros me recriminarán: "¡Ella tuvo la mala suerte de ser la gota que derramó el vaso que tú llenaste!". Ante ellos responderé que no había tenido tiempo de usar el condenado tablero, salvo una vez durante siete minutos y, cuando lo hice, me dolió la cabeza. Por ese motivo, no me volví a subir en él. 

Llamé al teléfono correspondiente y me dijeron que fuera a la tienda, a cualquiera de la cadena, y llevara el producto porque estaba dentro del plazo de devolución o cambio, je, je. En la sala de espera de "Atención al cliente" saque un ticket y espere... y escuché, y me desconsolé: en ese pequeño espacio de tiempo (una hora y más) y de espacio (con una televisión en la pared en la que pasaban gags y unos cuatro despachos de atención), pude ver las terribles frustraciones que suscitan los objetos cuando se descomponen o no cumplen con lo ofrecido o... pero mejor vayamos a algunos casos:

  1. Un señor mayor sentado al lado de su mujer y ante una señorita que los atendía gritaba a voz en cuello que le devolvieran su dinero, "¡no en cuatro días sino ahora, ahora, tengo que comprar otra ahora!" porque su cocina nunca pudo ser instalada debido a que una manguera específica y necesaria nunca pudo ser encontrada y no existía en el mercado. 
  2. Una pareja que había comprado un mueble se le había partido por la mitad luego de un uso que -¡oh calamidad!- excedía unos días los seis meses de garantía. ("¡Si ustedes vendieran con la verdad, diciendo que el mueble se romperá después de vencida la garantía nadie les compraría nada!).
  3. Un hombre con su tablet Galaxy: constantemente aparece en la pantalla un anuncio de cierre forzado del programa preferido y de los otros también. 

Me pregunto: ¿los objetos hoy han invertido el esquema narrativo canónico establecido por la modernidad para ellos? Es decir: si antes, el objeto se compraba se usaba y después se deterioraba, ¿hoy, debemos aceptar que primero se deterioren, después se compren y solo al final se usen? 

Si la respuesta es afirmativa, la conclusión es paradójica: no vivimos en un mundo en el que reinen los objetos, como pudiera pensarse de un sistema de mercado y de consumo (como dicen los Baudrillard y los Debord); sino uno en el cual los objetos llegan a nosotros agotados, casi al final de su recorrido, colapsados. El capitalismo actual, entonces, no está a favor de los objetos y de su reinado, sino que es un encubierto subversivo antimonárquico -está en contra de la monarquía de los objetos, claro. 


En tal sentido, esa cola de la que participé, en la que algunos inconformes reclamaban por los deterioros anticipados, habría sido la cola de quienes profesamos una antigua fe, aquella que se basa en el recorrido narrativo canónico de los objetos. Pero si esto es así, si aquella creencia debe ser desterrada, ¿cuál es la que debemos adoptar? La respuesta es conocida: lo que se reproduce y se afirma hoy en día no es sino el acto vacío de comprar por comprar. 

Efectivamente, el goce es el de comprar y no el de usar el producto. Las tiendas son hoy más bonitas y elegantes que la propia casa -por lo menos que aquella en la que vivo-, y habitar esos espacios exteriores, tomar como escenario de lo propio los grandes y coloridos escaparates es una forma de vivir en la actualidad... pero claro, estamos pisando el terreno del viejo análisis benjaminiano del flâneur, ese paseante parisino y casual que deambulaba desinteresadamente por los modernos boulevars. Me detengo entonces.

Volvamos al punto: comprar por comprar. Evidentemente, es una fantasía capitalista imposible. El cuerpo de los seres humanos es real y requiere "fungibles", "mantenimiento" y "soporte técnico". No se puede comprar por comprar sin perjudicar esa insistencia real. ¿Debemos sospechar, sin embargo, una pulsión inútil y vibratoria propia del capitalismo actual, aquella en la que lo que insiste realmente es el movimiento del mercado totalmente vaciado de contenidos, es decir, de personas que compran, de productos que se compran? ¿Una pura vibración sin más?

Estoy escribiendo frente a la máquina vibradora de reemplazo. Sí, después de unos trámites, me dieron una nueva que probé con el vendedor encargado en el segundo piso del local de San Miguel... Temo que se vuelva a malograr.