jueves, febrero 21, 2013

Burocracia universitaria 3



Tomando el punto de vista de Mario Perniola, la burocracia puede ser observada como una especie de objetivación de las acciones. Así como la ideología es un “ya pensado” y la sensología es un “ya sentido”, para el filósofo italiano, la burocracia es una especie de “ya actuado” o una suerte de anticipación programada de los actos por realizar para conseguir determinados objetivos.

Desde un punto de vista ideal, la burocracia es necesaria para encaminar los procesos que tienen un derrotero preestablecido y, al proporcionar un orden en el procedimiento, permitiría la más eficaz consecución. Pero ¿qué pasa cuando esta programación se autonomiza? ¿Qué sucede cuando ella adquiere una rancia, pero propia vitalidad? Aparentemente, siguiendo el ejemplo de la burocracia sanmarquina, se enrosca sobre sí misma e impide cualquier logro aunque no sin cierto humor.

Una profesora amiga mía, se encuentra en el problema de que debe un informe técnico a la burocracia del Vicerrectorado de Investigaciones. Para entregarlo, debe bajar de la página web de la institución mencionada un formato oficial y llenarlo con la información particular. Sin embargo, no ha podido bajarlo, porque está impedida, ¿por qué? Porque debe un informe técnico. ¿Cuál? Aquel que requiere el formato oficial que debe bajar de la web. Pero ¿por qué no lo hace? Porque está impedida. ¿Qué se lo impide? Su deuda de un informe técnico… etc.

Hace unos años yo permití que un estudiante –de esos aparentemente prometedores— me implicara en un trámite para que la universidad le financiara su proyecto de tesis. Para abreviar la historia, el hecho es que nunca presentó su tesis y luego me vi en un impasse, no solo en relación con el tema financiero, sino también con el problema de un informe técnico de asesoría de tesis. Al contactarlo, el tesista inconcluso accedió, presuroso y felizmente, a devolver todo el dinero recibido y a tramitar los papeleos relativos.

Sin embargo, lo humorístico viene aquí: como no entregué un informe técnico respecto de una tesis que nunca se llevó a cabo, tengo una deuda insalvable con la burocracia. Pero eso no es lo más gracioso. Al preguntarle al orgulloso burócrata sanmarquino –uno que ocupa un puesto que no es de mandos inferiores— si debía entregar un informe sobre el hecho de que no puedo entregar ningún informe, él me ha respondido… que sí. Yo se lo decía con un poco de ironía, pero él me dijo: “Ríete todo lo que quieras, pero tienes que entregarlo. Ni lo van a leer”.

Entonces, me veo en la inquietante circunstancia en la cual yo debo entregar un documento paradójico: un informe de tesis que verse sobre la imposibilidad de dar un informe sobre una tesis. Esta es una labor cuyo producto, aunque la burocracia no vaya a leer, puede ser el punto de partida de una tesis personal o, en el mejor de los casos, un agujero negro y vertiginoso en torno del cual el continuo espacio-tiempo se enrosque sobre sí mismo y pueda, por ejemplo, hablar con Lacan, que en paz descanse. (Debo practicar mi francés, por si acaso).

Estas son solo un par de las miles de historias que pueblan los expedientes X de las instituciones burocráticas sanmarquinas. Cada quién tiene la suya propia. Casi podría decirse que ser sanmarquino es tener un impasse lógico con esta objetivación del actuar. 

En fin, como dicen, no hay peor trámite que el que no se hace.


sábado, febrero 09, 2013

Burocracia universitaria 2


Como mencioné la vez anterior, la representación burocrática estatal en San Marcos hoy está desempeñando un papel cada día más desconcertante. Y es que, según parece, ella quiere ser la verdadera protagonista de nuestra universidad. 

Efectivamente, de un modo cada vez más insistente, las repentinas y caprichosas demandas de la burocracia sanmarquina irrumpen en las actividades de los profesores para robarles el sueño y llevarse los suspiros de todos como si fuera la estrella principal de una comedia romántica. 

Es una práctica habitual que los profesores deban inscribir sus investigaciones en determinados institutos de las facultades como parte de la carga lectiva que recibirán en el año. Algunas de ellas son remuneradas y para justificar el dinero recibido, los profesores deben rellenar boletas y recibos que muchas veces son solo verdaderas (en el clásico sentido de ‘correspondientes con los hechos’) en un mundo posible paralelo al nuestro. Así, los sueldos precarios de los profesores en la universidad pueden suplirse parcialmente con estas entradas que luego deberán ser representadas burocráticamente bajo la forma de lo que Badiou llama “excrecencias”. 

Una “excrecencia” es un tipo de múltiple existente que tiene una representación estatal, pero ninguna presentación en el mundo. Son como fantasmas, entidades que tienen una voz sepulcral y quizás una imagen en el espejo, pero no comparten la vida con nosotros. Se oponen tanto a los “normales” presentados y representados, como a los “singulares”, presentados sin representación. Le pregunto al lector astuto: ¿Qué sería un informe económico que tiene el estatuto de la excrecencia, es decir, el de representación pura sin presentación…?

Aparentemente, para liberarse de fantasmas, la burocracia está imponiendo una serie de requisitos múltiples y de cortapisas por incumplimientos que impiden a muchos profesores, que habitualmente presentaban sus proyectos, hacerlo. De este modo  como me confesó un orgulloso funcionario sanmarquino, se impide que algunos profesores que nunca hicieron ninguna investigación reciban dinero injustificadamente. Es, por supuesto, una salida que sigue siendo fantasmal.

Para liberarse realmente de los fantasmas –que aparentemente a nadie asustan— habría que tomar aquella decisión por todos conocida, veinte mil veces planteada, pero sorprendentemente inaccesible: en vez de dar dinero a consignación de gastos, se debería pagar a los investigadores por sus resultados. Eso significaría, claro, que habría que evaluar académicamente tales productos, a través de jurados académicos de otras universidades latinoamericanas o por medio de avales científicos que habría que diseñar. Pero esto significaría, también, que la burocracia no regiría nuestros destinos sino la academia.

En consecuencia, el hecho de que la burocracia sea la caprichosa protagonista de nuestra comedia tiene su causa en que no existe una comunidad académica solvente, una que no le tema a la validación puramente cognoscitiva e intelectual porque confía en sus logros, los cuales devendrían necesariamente de sus concienzudas investigaciones. En tal sentido, las repentinas demandas de  la burocracia son, en el fondo, un síntoma de la mediocridad intelectual que campea en nuestra universidad.

No veo otra respuesta. ¿Por qué, si no, la mayoría de los profesores acepta los deliquios y exigencias de normativas muchas veces contradictorias? ¿Por qué no se pronuncia en conjunto y deja de cumplir con esas rabietas y delirantes cortapisas burocráticas de todo tipo? Felizmente, un grupo de profesores de número creciente encuentra cada vez más ridículo hacerle la corte a la burocracia. Encuentra, en síntesis, que seguir su comparsa no es más que una señal de mediocridad.

Hay muchas cosas por hacer en la universidad, pero la primera que debemos enfrentar es la que pasa por una decisión personal: ¿seguiré fomentando la mediocridad con mi posición o le haré frente porque ella en nada me implica?