martes, octubre 22, 2013

La coherente poética de Marco Martos




 Una reciente y muy especial llamada telefónica me ha permitido reflexionar sobre uno de los varios aspectos que debemos considerar en las relaciones entre la ética y la investigación literaria. Se trata de la responsabilidad de los autores respecto de sus obras pasadas.

Dentro de la comunidad académica de Letras ocurre algunas veces –no pocas en realidad— que la gestión cultural y no la investigación se transforma en el objetivo principal de las actividades. En este marco, la publicación deja de ser la presentación de los resultados de un trabajo profundo y se convierte en un asunto burocrático. Quienes se mueven en el medio universitario, saben que los profesores deben acreditar publicaciones periódicamente para obtener un cierto puntaje que les permite ascensos, investigaciones pagadas o, simplemente, una cierta y aparente vigencia. Como además se debe trabajar en veinte lugares para pagar todas las deudas, la investigación se transforma en un sueño dorado al final del camino o un trabajo siempre inconcluso. En tales condiciones, hay quienes optan por juntar algunos artículos antiguos y añadir uno que otro reciente y presentar un libro.

En ciertos casos, esto le permite al autor de tal compilación verificarse como un investigador de coherencia y, en otros, como un distante lector de ideas que ya no tiene. Tengo un amigo en este último impasse. Como yo lo leo y le hago notar ciertas cosas él se muestra dividido ante mí: es el escritor de esos textos y el acreditado autor de un libro nuevo, pero, al mismo tiempo alguien que no debe ser acusado de las cosas que dijo en su momento (o que parafraseo de otro) pero que ya no afirma hoy. ¿Qué debemos hacer en tales casos?

Mi posición es la siguiente: toda publicación delata una intención comunicativa. El autor de una nueva publicación, si no se contradice explícitamente, es el responsable actual de las opiniones de los artículos traídos del pasado y puestos en la vigencia.

En tal sentido, y al margen de este amigo y sus divisiones (de las que no es consciente), quiero observar otra reciente obra de compilación de textos de varias procedencias, se trata de En las fronteras de la poesía de Marco Martos. Es un conjunto de comentarios de lectura aparecidos en diversas revistas y otras publicaciones del medio que el autor ha decidido introducir con una reflexión poética unificadora. En otras entradas, verificaré el carácter de las opiniones que el Doctor Martos tiene respecto de la obra de diversos poetas peruanos tales como Eguren, Adán, Delgado, entre otros. En todo caso, adelanto que dichas miradas son coherentes respecto de su poética: ella parece calzar, por lo menos en sus lecturas, con las propuestas de escritura de sus colegas poéticos. En esta oportunidad me dedicaré solamente a la poética que es explícita en el primer artículo llamado “La poesía y el perfume de la oralidad”:

A la poesía, a esa parcela que llamamos lírica, en general sólo le queda el estilo. Pero la poesía no es sólo colocar bien las palabras. Es una concentración del lenguaje, un rigor interno, por último, un escalofrío que penetra a las verdades universales y las ofrece de un peculiar modo. La poesía tiene algo antiguo que está en el espíritu de los hombres y que felizmente no ha sido arrasado por ningún sistema político: la necesidad de la comunicación personal, íntima. La poesía responde a ese sentimiento colectivo que ya anidaba en el hombre de la tribu y que aparentemente se ha perdido en la vorágine de las grandes ciudades. Aunque se escriba y publique, la poesía tiene el perfume de la oralidad, como queda dicho. La comunicación directa con el público, aparentemente venida a menos en las épocas más recientes, responde a una necesidad básica que la sociedad no olvida nunca. La poesía, como un diminuto jinete, sabe treparse sobre los medios que aparentemente la opacan, radio, cine, televisión y periodismo, se filtra en los resquicios e ilumina en el pequeño espacio que gana. La poesía es un eficaz antídoto contra ese «lenguaje de madera», esa sucesión inacabable de noticias que nada dice y que se ofrece en el batiburrillo de cada mañana. El lenguaje entrega más significados y, sobre todo, expresa la efectividad en toda su intensidad cuando se expresa líricamente. (Martos, 14 – 15).
La definición de poesía que plantea Marco Martos se inscribe dentro de una oposición categorial entre dos tipos de lenguaje: prosa del mundo o “lenguaje de madera” y lenguaje necesario o de “verdades universales”. Esta oposición es el marco para lo que Rancière, en La palabra muda, describe como un intento de “volver coherente el principio literario, como principio de una excepción del lenguaje del intercambio” (162). Y es que el extremo del proyecto literario antirrepresentacionista de los románticos es el de una indistinción entre la prosa del mundo y la “comarca propia” (163) de la literatura. En consecuencia, hacer del lenguaje poético una excepción respecto del lenguaje del intercambio se impuso como una tarea poética.

Uno de los principios de esta nueva literatura, que desde el romanticismo ya no representa sino que expresa, es el principio de indiferencia (aquel que impide a los temas regir sus formas de elocutio). La intensificación del mismo deriva en este inopinado resultado. Efectivamente, este principio, según Rancière, implica o permite que incluso lo más trivial pueda convertirse en expresión poética. De este modo, hay poesía en la vida cotidiana que se desgaja de sus marcos de significación tradicional y Flaubert, según el crítico francés, es el caso concreto de la acentuación de este principio, pero a través de su “estilo”; aquel que mira esa vida trivial de “modo absoluto”. Por este camino, lo más estúpido y lo más sublime terminan por no distinguirse.

Para Rancière, el proceso literario es una dialéctica en la que se debe superar las  contradicciones propias de las previas poéticas. En consecuencia, para los simbolistas, se hace necesario recuperar, de algún modo, el proyecto romántico, aquel de un lenguaje expresivo y no representativo. De hecho, Rancière sostiene que “el simbolismo es un romanticismo fundamental o un fundamentalismo romántico” (166). Se trató, para este movimiento, del intento de reconquistar un campo propio de la literatura a partir de su separación respecto de un lenguaje técnico de la vida cotidiana y de su ubicación dentro del romántico lenguaje esencial y natural que se conecta con lo más íntimo del ser humano.

Es en esta estirpe que Martos quiere ubicar su definición de poesía; de modo semejante a las necesidades de los simbolistas de ubicar o construir una especificidad literaria, el peruano expresa la urgencia de encontrar una comarca de lo literario esencial como aquella de las verdades más universales y más íntimas, de la libertad y la disciplina, aquella en la que reside un sentimiento primitivo de colectividad humana.

Lo interesante es que, dentro de la descripción de Martos, ese lenguaje poético es un resultado de los procesos históricos de la modernidad que la han dejado sin otra funcionalidad salvo aquella del “estilo”. No obstante, no es este estilo aquel de Flaubert, como un escalpelo de la trivialidad, o el de Mallarmé en el que se pretenden fundir las formas significantes y las sensibles con el “lenguaje del espíritu” (Rancière, 169). El estilo para Martos es “colocar bien las palabras”. De este modo, la oposición que plantea el poeta peruano es básicamente un anhelo sin convicción o, incluso más precisamente, un par de términos complementarios: la poesía como refugio respecto de la realidad pero para volver a ella, una especie de no reconocida reconciliación con el “lenguaje de madera”.

La poesía se convierte, así, más que en una comarca propia, en un retiro para vacacionar de la realidad prosaica a la que, sin embargo, se volverá y con más fuerzas. Nuestro poeta no logra ver que es el estilo el que corta el mundo y lo separa de sí mismo para conducir una redistribución de lo sensible en términos diferentes a los hegemónicos. Si ubicara el estilo del lado de las verdades universales podríamos decir que en la poética de Martos encontramos un fundamentalismo romántico del tipo de los simbolistas. Y eso pudo parecer en principio, porque su poética distingue entre lenguaje de madera y lenguaje verdadero. Pero al separar el estilo como un mero acto de elocutio, como una actividad técnica, y ponerla aparte respecto de lo supuestamente trascendental de la poesía, lo que encontramos es una poética conservadora o, más precisamente, la poética de un conservador.

Ahora bien, en qué sentido es conservador y al mismo tiempo aristotélico el lugar poético de Marco Martos es algo que alcanzaré en otra entrada de este blog.




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