sábado, octubre 26, 2013

La coherente poética de Marco Martos II





En la entrada anterior, habíamos planteado –lo diremos ahora sintéticamente— que la poética explícita de Marco Martos se inscribía aparentemente en la tradición simbolista, aquella que distinguía entre el lenguaje de la comunicación pedestre y el lenguaje excepcional. Sin embargo, su apelación a un algo más, a un “no sólo” respecto del estilo (entendido este como un “colocar bien las palabras”), debilita e incluso impide este acto de invocar a la tradición simbolista para inscribirse en ella. Este se convierte en un vano y triste intento. El estilo no es, no puede ser una dispositio, una elocutio, comandadas por una inventio si lo que se pretende es inscribirse en el simbolismo o, en general, en la modernización poética.

Como sostiene Rancière, esta estructura retórica y aristotélica es una suerte de reparto político de lo sensible basado, entre otras cosas, en el principio de verosimilitud. Según éste principio, en una obra literaria, una pastora no puede hablar como princesa, un obrero no debe hablar como un héroe o a la inversa, claro está, porque esto es algo “indecoroso”, es decir, no tiene verosimilitud. ¿Pero no es verosímil para quién? Para el sistema social sostenido en una jerarquía de inmovilidad social que debe mantenerse. Este edificio, en el campo retórico, rige desde la fábula elegida en la inventio y luego organizada en la dispositio para luego, en la elocutio, “colocar bien las palabras”, como dice Martos aristotélicamente.

A partir de Hugo, y contra este reparto político y sensible, los románticos se sublevaron invirtiendo radicalmente el edificio: ahora la elocutio o más directamente las palabras y sus asociaciones no convencionales e incluso, posteriormente con los simbolistas, musicales rigen en la creación. El lenguaje ya no será el elocuente organizador y argamasa del sistema social aristocrático, sino la muda expresión de las voluntades humanas. Pero Rancière dice “muda” no en el sentido de carecer de valor significativo; sino porque ya no representan el aparato estatal de decoro aristotélico, sino que expresan las potencias de una cultura, de una comunidad.


¿Pero es que acaso Marco Martos no dice que “la poesía tiene algo antiguo que está en el espíritu de los hombres”? ¿Acaso no sostiene que ella “responde a ese sentimiento colectivo que ya anidaba en el hombre de la tribu”? Sí, claro, pero no basta. Para pretender inscribirse en la modernización literaria no se deben apartar las potencias de lo poético y ponerlas en un lado distinto del lugar del estilo. Como si no fueran lo mismo. Este es, nítidamente, un gesto aristotélico que –y como diría Badiou— pretende neutralizar la potencia poética. Según el filósofo, este gesto es el de la inclusión: “El poema no es ya pensado en el drama de su distancia o de su íntima proximidad; es tomado en la categoría del objeto, con lo que, al ser definido y reflexionado como tal, recorta en la filosofía una disciplina regional. Esta regionalidad del poema funda lo que será la Estética” (Condiciones, 86).

Por el contrario, es el estilo, vale decir, el lenguaje y sus operaciones significantes los que tienen la potencia de expresar sin representar jerarquías aristocráticas, de intervenir en el modo de conocer el mundo y no como un mero instrumento. Sin esta relación entre lenguaje y potencia, la oposición que Martos asume del simbolismo y que pretende hacerla pasar como propia termina devaluada: en vez de funcionar como un modo de superar una contradicción literaria –lo que pretendían los simbolistas—, termina sirviendo como el marco de un vaivén monótono o de una circularidad claustrofóbica: el lenguaje poético se convierte en un refugio o un escapismo en contra de la realidad horrible y deteriorada.

Lo sobrecogedor, lo intimidante de esto es la homología estructural que dicha postura tiene con la asunción cínica. Sí, aquella que consiste en admitir que no hay nada que hacer en el mundo, salvo escapar de vez en cuando de él. El cínico dice: “¿Quieres modificar las cosas del mundo? ¿Quieres cambiar algo en las instituciones en las que trabajas? ¿Pretendes cambiar las cosas de la universidad? ¡Qué iluso! Todo seguirá igual y yo haré todo porque así sea”. Del mismo modo que el poeta va y viene del lenguaje de madera al lenguaje poético; el cínico va de la realidad nefasta a la satisfacción consumista, del oscuro ajedrez político a la felicidad de la lectura poética, de la complacencia con los nietos al trato inconfesable.

Claro está que la homología estructural planteada no obliga a la identidad entre lo homologado; ¿pero no es por lo menos sospechosa esta relación hipotética? De comprobarse la coherencia entre una poética como esta y el conservadurismo cínico, ¿no deberíamos detenerla?, ¿deberíamos consentir con sus logros?, ¿no tendríamos, antes bien, que impedir que prolifere, y que sea hegemónica?

Lo que nos toca por el momento, y en ese orden de cosas, es procurarnos mayores demostraciones. No es posible acusar a nadie sin pruebas. Y una de las formas para que esto se realice es develar los mecanismos de un pensamiento que pretende ser lúcida y lúdrica lectura de poesía, y en el fondo no es sino diseminación de este conservadurismo a otros poetas. Aparentemente, como se dijo en la entrada anterior, todos los colegas de Martos pueden adaptarse, según su mirada, a la poética de la oposición circular.

La lectura de estas lecturas que uniformizan a otros poetas peruanos como si fueran variantes de una misma supuesta verdad poética se realizará en otra entrada.




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