jueves, agosto 01, 2013

La estrofa apócrifa y el acontecimiento de ser peruano 2


Para mi sorpresa, la entrada anterior suscitó una gran cantidad de visitantes en este blog y una breve polémica en el Facebook. Gracias a esto, el profesor Carlos García-Bedoya me proporcionó la información que ahora esgrimo. Se trata de un artículo periodístico llamado “Largo tiempo” y escrito por el historiador Eduardo Zapata en La República el 07 de octubre de 2009. Se escribió en el calor del momento, fue el año en que se decidió cambiar oficialmente la estrofa apócrifa por la sexta.

En ese artículo, se sostenía que fueron Bernardo Alcedo, autor de la música, y Claudio Rebagliati, un importante músico de la época de origen italiano, quienes decidieron establecer como parte del Himno Nacional la estrofa en cuestión. Sin embargo, esa letra ya se cantaba popularmente desde el principio; justo después del concurso oficial de San Martín. Se trataba de un pasaje de una canción de la misma época de la Independencia llamada “Primera Canción Patriota”.

Para apoyar la opinión de no cambiar tan arbitrariamente lo que el pueblo decidió cantar, el historiador sostuvo que esta estrofa acompañó a nuestros héroes en sus victorias y en sus derrotas: “Ahí donde ganamos, como en Zarumilla por ejemplo, y ahí donde fuimos derrotados, como en Arica y Huamachuco”. Y añade: “Nadie puede cambiar la letra que Grau cantó en el Huáscar. ¿Alguien tiene mérito suficiente?”.

Finalmente, anticipando mis argumentos, Zapata agrega un breve análisis estético: “La primera estrofa es triste y gimiente para que el coro emerja triunfante. La fuerza y brillo de Somos libres guarda relación con el lamento quejumbroso de Largo tiempo. La estructura musical del Himno es clásica y simple: alto, bajo, alto. Imposible cambiar el bajo por otra estrofa que no tiene ese tono. Se caería toda la composición”.

En esto, como algunos han leído, yo estoy de acuerdo con el historiador. Mi aporte es, en este diálogo, un apunte sobre la naturaleza ética del pasaje. Allí, en el relato de la canción, entre el momento del héroe esclavizado descrito por un gesto mínimo y la libertad, el cantante -cualquier peruano que entona- inscribe su derrotero propio, la singularidad del proceso en el que su deseo debe discurrir contra el goce del esclavo.

No es, así, ningún contenido, ningún ideal o padre muerto como “el Dios de Jacob” lo que allí se instala; sino una pura falta, un vacío dentro del cual cada historia es posible. Lacan ubicaría allí, precisamente, al sujeto. Pero entiéndase bien: no se trata de una persona, no se trata de un “yo” lleno de puros contenidos imaginarios o de identidad simbólica, sino que se trata de un sujeto barrado ($) que además está, en tanto que tal, causado por su deseo.

Eso es lo que podríamos llamar la dimensión ética de la estrofa apócrifa. A través de ella, el cantante se inscribe en la historia de la canción, en la Historia de la República y hace de ellas una apoyatura para su liberación subjetiva, aquella que lo posicionaría de un modo diferente respecto de un goce esclavizador que solo a él le concierne.


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