jueves, julio 25, 2013

El nefasto tren de Galicia y los tonos de un pequeño objeto



Recojo la nota del Twitter, pero imagino que es verdad: en mitad de los ajetreos, un policía se detuvo a llorar ante el concierto de tonos electrónicos. Eran los teléfonos celulares que repicaban por todas partes, entre las ropas de los cadáveres que se habían encontrado desperdigados al costado de la vía, y que él y sus compañeros habían reunido en la zona escogida para ese cometido

Montones de familiares llamaban, pues, sí, con la esperanza de que el pasajero les contestara y pronto. Diversas melodías electrónicas se conjugaban en repetitivos contrapuntos, disonantes o armónicos que consumían la carga eléctrica del receptor. Así, esa pequeña marea localizada de timbres y tonalidades diferentes, que muy seguramente casi nadie oyó, era la indicación de algo más que una simple concurrencia de alertas de llamada: cada uno de quienes ya no responderían jamás se llevaba algo de los que insistían en el otro lugar con su pequeño aparato. 

Es el accidente ferroviario más terrible en Galicia desde hace cuarenta años. Ocurrió ayer del 24 de julio, cerca de las 20.42 horas de Santiago a su paso por la zona de Angrois. En el tren viajaban 220 pasajeros y, al alcanzar la curva de A Grandeira, descarriló por la excesiva velocidad a la que iba. Uno de los vagones saltó por los aires. A estas horas, los informativos indican que fueron 80 víctimas mortales, trece de las cuales aún siguen sin ser identificadas. 

Jorge Luis Borges dijo alguna vez que, cuando alguien muere, se lleva consigo un universo de experiencias y se pierde para siempre. Se refería a que cada uno de nosotros transforma los acontecimientos de su vida en recuerdos y en enseñanzas que se inscriben dentro de ese intento que es el de construir una totalidad coherente, un sentido de la vida propia. Cuando llega la muerte, se rompe esa imaginaria coherencia.

Pero es evidente que cada uno también alberga el sentido que otro un amigo, una pareja, un hijo, un simple conocido nos ha dejado a guardar. Una porción de ese otro está con nosotros en algún lugar y para ella o él exclusivamente. Cuando desaparecemos ese pequeño objeto se pierde también y en ese sentido es verdad, como dice la frase hecha, que todos morimos un poco cuando alguien muere. 

Pese a que yo solo soy un gallego imaginario (ya que por azar mi apellido remite a una antigua ciudad de esa tierra), quiero enviar este mensaje de solidaridad para los gallegos reales. En momentos críticos de mi vida imaginé, para reconfortarme, un lugar para mí en su paradisíaca Galicia. Sí, yo también deposité algo en ellos y ahora que han muerto tan trágicamente quiero expresar mi dolor y mis condolencias a los familiares. 

Me gustaría pensar que esas llamadas no fueron en vano. Me gustaría imaginar que soy yo quien ahora las estoy contestando.



Publicar un comentario