sábado, junio 01, 2013

Vibraciones pulsionales del cuerpo y del mercado


 Cinco días atrás, víctima de la seducción de las ofertas y del narcisismo tardocapitalista, compré en un conocido centro comercial un aparato de hacer ejercicios y  antes de ayer se me malogró. 

Era una de esas plataformas para vibrar típicamente posmodernas: "no hagas el trabajo -parece decir-, lo haré por ti y tú recibirás los beneficios". Cuando mi novia se subió a ella, se descompuso. "Ella es muy pesada", dirán algunas con sorna. A ellas responderé que no es verdad porque, de ser así, ella no sería mi novia. Otros me recriminarán: "¡Ella tuvo la mala suerte de ser la gota que derramó el vaso que tú llenaste!". Ante ellos responderé que no había tenido tiempo de usar el condenado tablero, salvo una vez durante siete minutos y, cuando lo hice, me dolió la cabeza. Por ese motivo, no me volví a subir en él. 

Llamé al teléfono correspondiente y me dijeron que fuera a la tienda, a cualquiera de la cadena, y llevara el producto porque estaba dentro del plazo de devolución o cambio, je, je. En la sala de espera de "Atención al cliente" saque un ticket y espere... y escuché, y me desconsolé: en ese pequeño espacio de tiempo (una hora y más) y de espacio (con una televisión en la pared en la que pasaban gags y unos cuatro despachos de atención), pude ver las terribles frustraciones que suscitan los objetos cuando se descomponen o no cumplen con lo ofrecido o... pero mejor vayamos a algunos casos:

  1. Un señor mayor sentado al lado de su mujer y ante una señorita que los atendía gritaba a voz en cuello que le devolvieran su dinero, "¡no en cuatro días sino ahora, ahora, tengo que comprar otra ahora!" porque su cocina nunca pudo ser instalada debido a que una manguera específica y necesaria nunca pudo ser encontrada y no existía en el mercado. 
  2. Una pareja que había comprado un mueble se le había partido por la mitad luego de un uso que -¡oh calamidad!- excedía unos días los seis meses de garantía. ("¡Si ustedes vendieran con la verdad, diciendo que el mueble se romperá después de vencida la garantía nadie les compraría nada!).
  3. Un hombre con su tablet Galaxy: constantemente aparece en la pantalla un anuncio de cierre forzado del programa preferido y de los otros también. 

Me pregunto: ¿los objetos hoy han invertido el esquema narrativo canónico establecido por la modernidad para ellos? Es decir: si antes, el objeto se compraba se usaba y después se deterioraba, ¿hoy, debemos aceptar que primero se deterioren, después se compren y solo al final se usen? 

Si la respuesta es afirmativa, la conclusión es paradójica: no vivimos en un mundo en el que reinen los objetos, como pudiera pensarse de un sistema de mercado y de consumo (como dicen los Baudrillard y los Debord); sino uno en el cual los objetos llegan a nosotros agotados, casi al final de su recorrido, colapsados. El capitalismo actual, entonces, no está a favor de los objetos y de su reinado, sino que es un encubierto subversivo antimonárquico -está en contra de la monarquía de los objetos, claro. 


En tal sentido, esa cola de la que participé, en la que algunos inconformes reclamaban por los deterioros anticipados, habría sido la cola de quienes profesamos una antigua fe, aquella que se basa en el recorrido narrativo canónico de los objetos. Pero si esto es así, si aquella creencia debe ser desterrada, ¿cuál es la que debemos adoptar? La respuesta es conocida: lo que se reproduce y se afirma hoy en día no es sino el acto vacío de comprar por comprar. 

Efectivamente, el goce es el de comprar y no el de usar el producto. Las tiendas son hoy más bonitas y elegantes que la propia casa -por lo menos que aquella en la que vivo-, y habitar esos espacios exteriores, tomar como escenario de lo propio los grandes y coloridos escaparates es una forma de vivir en la actualidad... pero claro, estamos pisando el terreno del viejo análisis benjaminiano del flâneur, ese paseante parisino y casual que deambulaba desinteresadamente por los modernos boulevars. Me detengo entonces.

Volvamos al punto: comprar por comprar. Evidentemente, es una fantasía capitalista imposible. El cuerpo de los seres humanos es real y requiere "fungibles", "mantenimiento" y "soporte técnico". No se puede comprar por comprar sin perjudicar esa insistencia real. ¿Debemos sospechar, sin embargo, una pulsión inútil y vibratoria propia del capitalismo actual, aquella en la que lo que insiste realmente es el movimiento del mercado totalmente vaciado de contenidos, es decir, de personas que compran, de productos que se compran? ¿Una pura vibración sin más?

Estoy escribiendo frente a la máquina vibradora de reemplazo. Sí, después de unos trámites, me dieron una nueva que probé con el vendedor encargado en el segundo piso del local de San Miguel... Temo que se vuelva a malograr. 



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