martes, marzo 05, 2013

Cuestiones previas a las transformaciones que son necesarias en la Escuela y en la Facultad (I)


En las entradas anteriores, he reflexionado someramente sobre los problemas que se suscitan cuando la burocracia se independiza de los propósitos originales o ideales y rige con mano dura la vida institucional que debería complementar. En términos de Mario Perniola, la burocracia exime al hombre de la dicotomía entre el actuar y el no actuar con la fórmula de lo "ya actuado". Esta es una objetivación programable del hacer que inhibe a los sujetos de realizar, para sí, una identidad singular en las realizaciones que la burocracia establece. 

Lo paradójico es que, muchas veces, la burocracia y su viciosa autonomía puede cohabitar, perfectamente, con una falta total de orden. En el caso sanmarquino, por muy restrictiva que aparentemente se está volviendo la burocracia, sus pretensiones no logran o quizás ni siquiera pretenden neutralizar el desorden general que agobia a profesores y alumnos. Estos, en consecuencia, anhelan un verdadero orden  capaz de reglamentar y formalizar el exceso de aquella mediocridad que prefiere la informalidad y la tierra de nadie. 

Efectivamente, en San Marcos y, especialmente, en la Facultad de Letras y en la Escuela de Literatura, hay muchas tareas pendientes que, en resumen, se imponen para contrarrestar la informalidad o el desgobierno o la falta de interés en cambiar el modo ronroneante y consuetudinario de hacer lo mismo pese a su ineficacia probada hasta el cansancio. 

Estoy de acuerdo con el hecho de que debemos realizar cambios profundos y la labor de los profesores más despiertos y hartos es la de intervenir decididamente e intentar una normalización de los procesos lastrados. Sin embargo, en este punto quiero preguntar ¿el problema de la mediocridad se resuelve con la imposición de nuevas y más claras reglas? ¿El camino que debemos seguir, a continuación, es el de la estandarización de los procesos, la uniformización de los sílabos, por ejemplo, de los métodos de evaluación, de los conocimientos que los alumnos deben trabajar? 


Yo, a contrario de los que responderían que sí (o incluso los que me gritarían: "¡Obviamente, sí, por Dios!"), creo que los mediocres no le huyen sino que habitan perfectamente, como Pedro en su casa, en el exceso de regulación. En consecuencia, a la manera de Zizek, podríamos ver la obvia pero invisible verdad según la cual el "reverso obsceno" de la burocracia no es, claro está, el orden y la excelencia, sino el caos y la mediocridad. Por eso pueden cohabitar: finalmente, son las dos caras de la misma moneda. 

Contravenir esa oposición es, entonces, lo que le toca a aquel que pretende resolver algo de lo que sucede. El mero hecho de oponer el reglamento a la informalidad, de preferir uno y repudiar el otro es caer en el juego de lo mismo. Esa oposición debe ser destituida y repensada: ¿no es acaso el reglamentarismo extremo lo que permite e incluso obliga el mero "cumplir" con las formas? ¿No es precisamente por esa vía que puede y logra filtrarse la mediocridad que cumple con horarios, con formatos, pero que está absolutamente vacía de contenidos?

Ya que se trata de un problema de la Facultad y de la Universidad, creo que vale la pena, en este punto, revisar lo que entendemos, por formación. ¿Es también necesario que ella se encuentre estandarizada; es preferible la absoluta libertad de cátedra? ¿O se trata de ubicar el consabido punto medio? Para ello, podemos ayudarnos con algunas reflexiones de Rancière sobre el que él entiende por "maestro ignorante" y por "maestro embrutecedor". Lo que haré en una próxima entrada. 


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