sábado, febrero 09, 2013

Burocracia universitaria 2


Como mencioné la vez anterior, la representación burocrática estatal en San Marcos hoy está desempeñando un papel cada día más desconcertante. Y es que, según parece, ella quiere ser la verdadera protagonista de nuestra universidad. 

Efectivamente, de un modo cada vez más insistente, las repentinas y caprichosas demandas de la burocracia sanmarquina irrumpen en las actividades de los profesores para robarles el sueño y llevarse los suspiros de todos como si fuera la estrella principal de una comedia romántica. 

Es una práctica habitual que los profesores deban inscribir sus investigaciones en determinados institutos de las facultades como parte de la carga lectiva que recibirán en el año. Algunas de ellas son remuneradas y para justificar el dinero recibido, los profesores deben rellenar boletas y recibos que muchas veces son solo verdaderas (en el clásico sentido de ‘correspondientes con los hechos’) en un mundo posible paralelo al nuestro. Así, los sueldos precarios de los profesores en la universidad pueden suplirse parcialmente con estas entradas que luego deberán ser representadas burocráticamente bajo la forma de lo que Badiou llama “excrecencias”. 

Una “excrecencia” es un tipo de múltiple existente que tiene una representación estatal, pero ninguna presentación en el mundo. Son como fantasmas, entidades que tienen una voz sepulcral y quizás una imagen en el espejo, pero no comparten la vida con nosotros. Se oponen tanto a los “normales” presentados y representados, como a los “singulares”, presentados sin representación. Le pregunto al lector astuto: ¿Qué sería un informe económico que tiene el estatuto de la excrecencia, es decir, el de representación pura sin presentación…?

Aparentemente, para liberarse de fantasmas, la burocracia está imponiendo una serie de requisitos múltiples y de cortapisas por incumplimientos que impiden a muchos profesores, que habitualmente presentaban sus proyectos, hacerlo. De este modo  como me confesó un orgulloso funcionario sanmarquino, se impide que algunos profesores que nunca hicieron ninguna investigación reciban dinero injustificadamente. Es, por supuesto, una salida que sigue siendo fantasmal.

Para liberarse realmente de los fantasmas –que aparentemente a nadie asustan— habría que tomar aquella decisión por todos conocida, veinte mil veces planteada, pero sorprendentemente inaccesible: en vez de dar dinero a consignación de gastos, se debería pagar a los investigadores por sus resultados. Eso significaría, claro, que habría que evaluar académicamente tales productos, a través de jurados académicos de otras universidades latinoamericanas o por medio de avales científicos que habría que diseñar. Pero esto significaría, también, que la burocracia no regiría nuestros destinos sino la academia.

En consecuencia, el hecho de que la burocracia sea la caprichosa protagonista de nuestra comedia tiene su causa en que no existe una comunidad académica solvente, una que no le tema a la validación puramente cognoscitiva e intelectual porque confía en sus logros, los cuales devendrían necesariamente de sus concienzudas investigaciones. En tal sentido, las repentinas demandas de  la burocracia son, en el fondo, un síntoma de la mediocridad intelectual que campea en nuestra universidad.

No veo otra respuesta. ¿Por qué, si no, la mayoría de los profesores acepta los deliquios y exigencias de normativas muchas veces contradictorias? ¿Por qué no se pronuncia en conjunto y deja de cumplir con esas rabietas y delirantes cortapisas burocráticas de todo tipo? Felizmente, un grupo de profesores de número creciente encuentra cada vez más ridículo hacerle la corte a la burocracia. Encuentra, en síntesis, que seguir su comparsa no es más que una señal de mediocridad.

Hay muchas cosas por hacer en la universidad, pero la primera que debemos enfrentar es la que pasa por una decisión personal: ¿seguiré fomentando la mediocridad con mi posición o le haré frente porque ella en nada me implica?



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