miércoles, noviembre 14, 2012

¿Promoción o perversión?


Recientemente, y aunque parezca fuera de contexto, un acontecimiento en el proceso de promoción docente de la Facultad de Letras de la Universidad de San Marcos me ha hecho recordar la estructura de la relación perversa en el sentido propiamente sadeano. Creo que es urgente discernirla y ver como se aplica en este caso para que sus consecuencias no se desarrollen hacia lo peor. 

Ocurre que faltando solo dos días para que se cumpliera el plazo de entrega de expedientes, se difundió la noticia de que las vacantes para la promoción de los profesores se redujeron de 37 a solo 4. El departamento de Literatura lanzó un pronunciamiento denunciando el hecho con los justos términos de "ataque" y de "atentado" a la educación pública. La consecuente sensación de los profesores, la mía propia, fue la de estupor, desorientación e  indignación ante lo que tiene todas las trazas de una burla. Lo que lamento es que, a continuación, también he podido observar la reacción de desaliento, ese terrible desaliento de "las cosas son como son". 

Un grupo de profesores ya había entregado sus expedientes y otro se vio en la disyuntiva de entregar los propios y avalar el proceso o no entregarlos y perder una oportunidad. Este es el punto de la perversión: en la estructura sadeana, el agente perverso no es propiamente un sujeto, sino directamente un objeto; su subjetividad, en todo caso, es aquella que se conforma con la posición de un eficiente y esforzado instrumento de dos operaciones: la flagelación de una víctima y la división subjetiva de quien queda atrapado en una contemplación culpable. 

Ignoro si en este caso existe un agente individual, oscuro y sórdido que plantea estas marchas y contramarchas, estos ofrecimientos y posteriores defraudaciones; pero él sería, claro está, el agente sadeano de la doble función. Lo más probables es que aquí una profunda incompetencia haya llevado a iniciar un proceso sin que se tuviese la certeza de la cantidad de vacantes. 

Lo que me interesa ahora no es la posición de la víctima  que en este caso es, como lo indica el pronunciamiento mencionado, la educación pública—, sino la posición del sujeto dividido entre el goce y la culpa. Y esta es, creo yo, la posición del profesor que concursa: participo y me aprovecho de quienes se sienten indignados y no participarán o no participo y pierdo esa oportunidad de aventajar a quienes, incautos, no saben que las cosas son así en este mundo miserable y deben ser aprovechadas. 

El profesor o, más precisamente, el conjunto de los profesores  (considerado aquí como un solo sujeto, un sujeto colectivo) queda así dividido entre quienes dicen: "yo sí concurso porque tengo oportunidades y allá tú si no te has preocupado por sumar puntos para tu expediente" y otros que retrucan: "nadie debe concursar porque esto es un abuso y tú no deberías hacerlo porque avalarías un proceso corrupto desde su origen".

Por mi parte, he decidido no participar. Al principio me vi envuelto en la duda, en una hesitación entre la solidaridad y el aprovechamiento. Pero finalmente decidí que no es digno consentir con esa obscenidad: el proceso reclama la división subjetiva de los profesores y se percibe, desde aquella oscura posición de agente, una cierta certeza de que con ello se goza; algo como un "goza, sufrido profesor, goza". "Esfuérzate, pelea con tus pares, mételes sancadillas, así es la vida, profesor, así es la vida".

El problema es que este juego obsceno puede hacernos olvidar lo que deseamos, ocupar nuestro tiempo en estas certezas de goce ¡que no son nuestras! y desatender lo que nos importa de verdad. 

Espero que haya nuevas oportunidades de promoción, ojalá; pero no debo diseñar mi recorrido con el modelo de la desilusión si ellas no llegan. Por lo pronto, intentaré no desviarme de mis objetivos: tengo proyectos que me entusiasman realmente y creo que no debo perder más tiempo en estos afanes con los que no me identifico.