domingo, agosto 28, 2011

Irene desde el espacio o la escena sobre la escena




El mundo existe, lo decimos del modo más inocente y al respecto no decimos más. En este caso, el mundo es el magnificente movimiento en espiral del huracán Irene. Luego vemos la escena del mundo, la escena creada por el significante y su lógica, la de la representación: vemos casi extasiados –y olvidando la devastación consecuente al nivel de la tierra— el mundo a través de la objetiva y omnisciente cámara del satélite espacial. Una de las muestras del grado elevadísimo (en dos sentidos, claro) al que ha podido llegar la tecnología.

Pero, hacia el minuto 02:53 del video colgado en Youtube hay un cambio de cámara, la escena del mundo incorpora, la escena sobre la escena del mundo. Es como si lo que ahora estuviésemos viendo no fuese la magnificencia (¡qué tal palabra!), no lo inconmensurable, lo devastador de las fuerzas de La Naturaleza, sí, así con mayúscula… sino las anticlimáticas escenas de una cámara casera.

La Sociedad de Astronomía del Caribe (SAC) informó que uno de los astronautas se ubicó en la cúpula de cristales de la Estación Espacial Internacional para de este modo captar, como un entusiasta novato de la cámara de mano, al huracán. Hacia el minuto 04:08 del video se nos muestra algo del interior de la estación, el marco de las redondas ventanas al infinito, vemos también la dificultad del astronauta para acomodarse a su arrebato y a la tecnología a su disposición. Por supuesto, todo ello con la cámara encendida: vemos entonces aparecer, como un objeto, la mirada.

Ese objeto extraído de la escena –sí, el objeto a— enmarca, sin embargo, la escena del mundo. Por las circunstancias específicas que en este caso he llamado entusiasmo o arrebato de astronauta (que no quería dejar escapar ninguna imagen para la posteridad), vemos aparecer la escena de la escena, la mirada puesta en el cuadro, como en La condición humana de Magritte. 


Entonces, más allá de toda esa lamentable devastación que devendrá incontenible –los neoyorquinos han dejado sus casas y sus calles están en este instante desiertas—, lo que se recordará en el futuro es la visión cuasi omnisciente de la que es capaz hoy el hombre. Yo, modestamente, no quería dejar pasar, en esta ocasión, la oportunidad de destacar aquella dimensión aludida y nunca revelada, la de ese pequeño resto que a veces se cuela como una molestia y que ni siquiera con la más sofisticada de las tecnologías se puede disolver.

Ahora bien, si por un lado la mirada se presenta como objeto y, por el otro, todo objeto oculta lo que está detrás de él, como dijo Magritte, ¿qué es lo que queda oculto detrás de este objeto mirada?


domingo, agosto 21, 2011

¿El amor en bandeja?


Una amiga que es coordinadora de curso me comentó, a propósito de mi artículo anterior, los problemas “amorosos” de una profesora que está a su cargo. No, no es el caso de un romance, prohibido por las barreras de la edad, entre ella y un alumno adolescente. Se trata, simplemente, de que el conjunto de sus discípulos no encuentran en ella una respuesta al afecto que le demandan con insistencia.

En principio, se debe decir que la profesora es muy eficiente, incluso tanto que supera a los demás profesores del curso en el cumplimiento de las labores encomendadas. Pero los alumnos se quejan porque, ante ellos, la profesora en cuestión levanta una barrera que resulta inexpugnable.

Mi amiga la coordinadora recibe las quejas y, solícita con el reclamo, le pide una reunión a la profesora que apellidaremos Barrera.

Recuerdo que, en mis tiempos, el profesor no tenía por qué amar a los estudiantes, incluso les podía gritar y hasta golpear con una regla. Como cualquiera, yo no estoy a favor del maltrato de los individuos; mucho menos de aquellos que, al cuidado de otros y con el pretexto de la formación, pudieran ser víctimas de la violencia y la injusticia. Pero, ¿acaso no estamos ahora en el polo opuesto?

Hoy en día, todo maltrato no solo está prohibido en las instituciones educativas, sino que se les exige a los profesores todos los arrumacos de los que sean capaces para con los alumnos. Es el signo de los tiempos: el afecto no es más la dimensión de la libertad y de lo privado; hoy, es el terreno de lo que Mario Perinola llama, en su Del sentir, la “sensología”.

Para decirlo rápidamente, el sensólogo contemporáneo es un operador de las emociones y de todo lo que, desde lo sensible, se presente como herramienta para la consecución de determinados fines. Ya no estamos en la época de la “manipulación” que se sostendría en el reconocimiento del otro como individuo racional, con la capacidad de considerar beneficios y desventajas y de, a continuación, tomar las mejores decisiones. No. Hoy no hay que convencer, sino que se debe hacer sentir.

(Quien, por ejemplo, recuerde la publicidad de las revistas y periódicos de hace tres o cuatro décadas y las compare con las de ahora podrá entender que, antes, el publicista quería convencer por las buenas razones del producto; hoy, y del modo más sorprendente, querrá afectarnos).


En todo caso, la profesora Barrera acude preocupada a la reunión y escucha a su coordinadora quien le dice: “¿Qué crees tú que pudiera estar pasando? ¿Por qué, si eres tan eficiente, como sabemos, pueden estarte malinterpretando de ese modo?”. Ante esto –y me la imagino azorada y no sin afectos— ella responde: “Es que los alumnos quieren que yo sienta lo que no siento”. ¿Acaso, y luego de escuchar esta respuesta, podemos acusar a nuestra queridísima Barrera de no tener sentimientos? ¿No les parece que, antes bien, nuestra profesora se resiste a la sensología posmoderna?

No puedo sino solidarizarme con esta mártir de los afectos, con esta moderna, y no posmoderna, profesora que cree –pero evidentemente en contra de las necesidades sensológicas del administrador educativo de hoy en día— en los sentimientos como riquezas ubicadas en el ámbito no de lo público sino de lo propio y de lo privado. Debemos, sin embargo, reconocer que esta posición es cada vez más insostenible. Felizmente, mi amiga es su coordinadora y ella aprecia la eficiencia académica más que otra cosa.

Estamos contigo, profesora Barrera. Yo y todos los que nos resistimos a la sensología capitalista estaremos vigilantes ante lo sintomático de tu lucha y de tu presencia.


martes, agosto 16, 2011

Las clases en la universidad y el pole dance

 Una amiga profesora comentó socarronamente mi anterior artículo –y destacando algo que yo creía secundario— de la siguiente manera: “Así que tú propones libidinizar las clases. No me pagan para eso”. ¡Qué tal! ¡Incluso me sugirió el llamado pole dance como libidinización perfecta! Ya me imagino a mi querida amiga en ropas ligeras y dando giros acrobáticos en torno de la barra frente a sus alumnos ¡No puede ser! Ante esto yo podría haber dicho –pero no dije nada y me contenté con sonreír: “Ah, el viejo y conocido truco de usar el sentido figurado como sentido literal”.

En todo caso, no creo que sea impertinente y a partir de la broma, hacerse algunas preguntas: ¿es literal o figurada la remisión psicoanalítica hacia la sexualidad? ¿Por qué, en todo caso, el psicoanálisis ubica en el centro escamoteado e insistente de la psique humana el encuentro sexual? ¿El humor de la profesora –no en balde es mujer— apunta hacia algo verdadero? ¿Libidinizar las clases sería, directamente, sexualizarlas?

La hipótesis psicoanalítica es, grosso modo, que el encuentro sexual de los sujetos tomados por el lenguaje no se halla regido por algún tipo de determinación biológica y reproductiva. Todo lo contrario, el encuentro de los dos términos de la sexuación es como el de dos lógicas incompatibles, como el de dos culturas que se desconocen y que solo pueden suplementar, con antecedentes imaginarios, el azaroso encuentro. Dicho encuentro no es sino un salto en medio de un abismo radical tendido entre los protagonistas. Es en este sentido que Lacan sostuvo una vez, de un modo que pudo parecer escandaloso, que no hay relación sexual; es decir, que no hay proporción o armonía sexual.

Y en este punto se dividen las posiciones de manera tajante. Están aquellos que niegan que lo sexual sea el meollo de la subjetividad y en el otro extremo quienes, como yo, observan allí la causa eficiente y material del acontecimiento freudiano: el descubrimiento del inconsciente. Dicho de otro modo, no es posible creer en el inconsciente y no creer en lo sexual como su real ineludible.

Es verdad que, en la época en que vivimos, los individuos pueden creerse liberados de la radicalidad del encuentro de los sexos. Para ello, existen los fantasmas eróticos –y la práctica del pole dance es uno de ellos— que se proponen como soluciones generales y se inscriben en el vacío del acontecimiento para paliar imaginariamente lo azaroso y sin reglas del singular encuentro con el deseo del Otro. Son como los preparativos de los adolescentes de antaño ante lo sexual inminente: “Lo primero que tienes que hacer es invitarla al cine; luego, en el minuto 32 de la película, pasas el brazo por detrás de su hombro con delicadeza y…”.

Ese candor planificador ha desaparecido; pero en su lugar podemos encontrar, en el mercado mediático, una serie de relatos que muestran prácticas, con diverso nivel de explicitación sexual, que cumplen la misma función: cubrir con el nivel imaginario lo real del encuentro.

Sin embargo, existe la otra salida, aquella que no es generalizable y que no pasa por el mercado. El filósofo Alain Badiou, en una reciente entrevista, expone así la salida del amor ante lo real del encuentro:

“El amor debe reafirmar su valor de ruptura, su valor de casi locura, su valor revolucionario como nunca lo hizo antes. No hay que dejar que el amor sea domesticado por la sociedad actual –que siempre busca domesticarlo–. En otros tiempos, las sociedades clericales y tradicionales buscaron domesticarlo por el matrimonio y la familia. Hoy se busca domesticar al amor con una mezcla de pornografía libre y de contrato financiero. Pero debemos preservar la potencia subversiva del amor y apartarlo de esas amenazas. Y ello es extensivo a otras cosas: el arte debe también apartarse de la potencia del mercado, la ciencia igualmente”.

Entonces, para concluir, ¿qué sería libidinizar una clase universitaria? No sería, claro está, erotizarla a través del domesticado y trivial estilo del mercado. Libidinizar una clase sería, antes bien, ubicar lo real imposible que le compete, como aquella de la diferencia de los sexos y abrigarla, como en el amor —pero también como en el arte y en la ciencia—, con la valiente invención de la locura, de lo revolucionario…

Finalmente, llega hasta mí la verdad ineludible que buscaba: a nadie le pagan para eso. Pero también es verdad que la única opción que yo reconozco es, precisamente, aquella de hacerme pagar por eso.


miércoles, agosto 10, 2011

La universidad es superyoica y aburre


Me ha gustado mucho escuchar, hacia el final de la conferencia de Marie-Hélène Brousse, una experiencia personal que grafica muy bien lo que muchos de nosotros, los profesores, vivimos como una especie de suplicio: la indiferencia del estudiante y la exigencia de ellos a que soportemos su indiferencia.

Marie-Hélène Brousse es una importante psicoanalista francesa de orientación lacaniana que también es profesora en la universidad París 8. Esta doble ocupación le ha permitido experimentar esta circunstancia de un modo que me gustaría que pudiese tener alguna consecuencia, por lo menos anímica, en mis amigos profesores de las universidades en las que trabajo –y también en algunos estudiantes que me han escuchado quejarme en más o menos los mismos términos.

Y la propuesta de Brousse en esta ocasión es que “la universidad es uno de los nombres del Superyó”. El superyó es esa instancia que, a modo de un imperativo irracional, persiste en el sujeto y en su discurso pero como aislado e incomprensible. El superyó, ese lado  caprichoso de la ley, se manifiesta, así, en los enunciados del sujeto a través de una repetición incesante. Esta insistencia es, además, la indicación del modo singular de goce de un sujeto.

En este caso, dicha exigencia irracional está dedicada al deber-saber; pero al deber de un saber que no interesa para nada al estudiante. El modo en que se organiza el conocimiento en la universidad tiende a deslibidinizarlo, si cabe el término, a dejarlo despojado de todo aquello que podría motivar un deseo. Dicho de otro modo, a partir de este procedimiento de organización universitaria, el saber se vuelve impertinente para el sujeto estudiante.

(Mi lectura de los acontecimientos estudiantiles en Chile sería que, precisamente y sin saberlo ellos, un aspecto implícito de las exigencias de los manifestantes en las calles podría traducirse en el imposible pronunciamiento siguiente: ¡Libidinicemos el conocimiento!).

No obstante, la última parte de la intervención de Brousse –que tuvo lugar en la UBA en mayo de este año— es la que nos resulta más coyuntural, a mis amigos profesores y a mí, ahora que recomienzan las clases después de unas muy cortas vacaciones. No todo tiene por qué ser sufrimiento, no todo tiene por qué convertirse en un acto de genuflexión ante el imperativo superyoico que nos puede venir –y muchas veces nos llega a viva voz— de los estudiantes…