jueves, julio 07, 2011

Julio Ortega sobre Arguedas y una pregunta

La exposición del profesor Julio Ortega dentro del marco del Congreso Internacional Los universos literario de José María Arguedas me pareció muy interesante; acabo de regresar de escucharlo hablar en la facultad de Letras de San Marcos y estas son mis impresiones. No tomé apuntes, así que me deberán disculpar el que mi memoria traicione, quizás, la especificidad de lo dicho por él; trataré de que esto no pase con lo fundamental de su sentido.

En primer lugar y en general, la ponencia se organizaba sobre el deseo de inscribir las postulaciones sobre el sujeto americano de Arguedas en el conjunto de otros proyectos latinoamericanos. Martí, Sarmiento, Bello y Reyes constituirían los nombres propios de dichos proyectos. Martí, en la exposición de Ortega, habría propuesto que el hombre moderno de nuestras latitudes debe surgir del campo; la honestidad y la integridad serían los valores que lo harían inherentemente digno de constituir la subjetividad nueva del americano. Por oposición y como es harto sabido, Sarmiento, a partir de su dicotomía entre civilización y barbarie, postulará como fundamento del americano nuevo al hombre de la ciudad, cultivado y ávido de desarrollo. Por otro lado, Bello constituiría su proyecto de sujeto sobre la base de la institucionalidad y la socialización. Finalmente, Reyes habría basado su proyecto de modernidad en la figura del sujeto dialogante; el diálogo, a la manera de los griegos en la polis, permitiría una más humana modernidad en América Latina.

En esta línea de continuidad, Arguedas, para Julio Ortega, será el que proponga la subjetividad moderna en América a partir de lo regional; de este modo, el sujeto americano es un sujeto regional. En concomitancia con la vertiente instaurada por Reyes, Arguedas propondrá la comunicación de todas las sangres como forma de constituir la subjetividad y al mismo tiempo la regionalidad como el bagaje ricamente singular de las posibilidades del diálogo entre los hombres.

Luego de varias preguntas concordantes con lo dicho a partir de las cuales, efectivamente, el diálogo armónico fluía, me animé a preguntarle sobre su concepto de comunicación y sobre la relación que él establecía con su concepto de regionalismo para explicar la propuesta de Arguedas.

Según me parece, no es discutible que la comunicación como democráticamente factible solo es postulable a partir de la consideración del otro como un Otro universal. Según esto, cualquiera como yo es capaz de hablar y hacerse escuchar; en tal sentido, el otro en cuestión y respecto de mí no es ningún otro singular. En contraste, lo que reivindica el regionalismo es, precisamente, lo incanjeable de la riqueza cultural propia, la singularidad de lo inherente que no debe sucumbir y debe ser la base de todo.

Antes de que pudiera terminar de formular mi pregunta sobre si pensaba que, precisamente, esa podría ser la contradicción inherente de la subjetividad en Arguedas, Ortega me detuvo. “No. La comunicación es lo propiamente humano”, dijo aproximadamente; “de no ser así, hasta las máquinas podrían comunicarse”. “Precisamente”, le replique, “puede haber comunicación entre máquinas y por eso no es necesaria la singularidad para que exista la comunicación”. “No”, me repuso. “La comunicación es la constitución de la identidad, es el reconocimiento de que hay un yo y que eso implica un tú”.

Ya no le repliqué. Pero era fácil decirle que “yo”, “tú” e “identidad” son precisamente universales y que allí no hay nada de la singularidad que se postularía desde la afirmación regionalista. Si tomamos el caso de los pronombres personales entendidos como deícticos, ellos deben ser reconocidos como marcas enunciativas en el enunciado. Ellos están, por lo tanto y precisamente, del lado de lo que la Lengua universal posee para intentar una aproximación, siempre formal, a la situación comunicativa concreta. ¿Debemos acaso repetir que la singularidad no es formalizable, es decir, como diría Badiou, contada-por-uno? ¿Acaso la singularidad como tal es descriptible en los términos de la particularidad de los posibles usos?

Pese a que según el moderador, Agustín Prado, todavía quedaba tiempo para una última pregunta de otro que también –uno como yo– había levantado la mano, Ortega dio por concluida su ponencia y se dedicó a repartir copias de una carta inédita de Arguedas. Pero no voy a hacer comentarios sobre ese gesto generoso y generalizador de la correspondencia propia de quien, aparentemente, ya no tiene el derecho de la singular intimidad.

No puedo sino, finalmente, decir que este caso nos demuestra lo imprescindible que resulta introducir una reflexión sobre la singularidad de lo real –aquello que Lacan denominaba el objeto petit a como indialectizableen los estudios del discurso literario y cultural.

Si no lo hacemos, podemos caer en idealizaciones amables y bien sonantes pero que, finalmente, pueden llegar a ser contraproducentes para los buenos propósitos originales. Negar que exista un impasse entre la singularidad y las normas del buen vecino dialogante es precisamente, negar que, para decirlo todo, hay algo inhumano en lo humano mismo que le es inherente. Negarlo nos condena a separar el conocimiento de la ética, es decir, nos condena a separarnos de lo que nos causa más allá de toda determinación simbólica.