martes, agosto 16, 2011

Las clases en la universidad y el pole dance

 Una amiga profesora comentó socarronamente mi anterior artículo –y destacando algo que yo creía secundario— de la siguiente manera: “Así que tú propones libidinizar las clases. No me pagan para eso”. ¡Qué tal! ¡Incluso me sugirió el llamado pole dance como libidinización perfecta! Ya me imagino a mi querida amiga en ropas ligeras y dando giros acrobáticos en torno de la barra frente a sus alumnos ¡No puede ser! Ante esto yo podría haber dicho –pero no dije nada y me contenté con sonreír: “Ah, el viejo y conocido truco de usar el sentido figurado como sentido literal”.

En todo caso, no creo que sea impertinente y a partir de la broma, hacerse algunas preguntas: ¿es literal o figurada la remisión psicoanalítica hacia la sexualidad? ¿Por qué, en todo caso, el psicoanálisis ubica en el centro escamoteado e insistente de la psique humana el encuentro sexual? ¿El humor de la profesora –no en balde es mujer— apunta hacia algo verdadero? ¿Libidinizar las clases sería, directamente, sexualizarlas?

La hipótesis psicoanalítica es, grosso modo, que el encuentro sexual de los sujetos tomados por el lenguaje no se halla regido por algún tipo de determinación biológica y reproductiva. Todo lo contrario, el encuentro de los dos términos de la sexuación es como el de dos lógicas incompatibles, como el de dos culturas que se desconocen y que solo pueden suplementar, con antecedentes imaginarios, el azaroso encuentro. Dicho encuentro no es sino un salto en medio de un abismo radical tendido entre los protagonistas. Es en este sentido que Lacan sostuvo una vez, de un modo que pudo parecer escandaloso, que no hay relación sexual; es decir, que no hay proporción o armonía sexual.

Y en este punto se dividen las posiciones de manera tajante. Están aquellos que niegan que lo sexual sea el meollo de la subjetividad y en el otro extremo quienes, como yo, observan allí la causa eficiente y material del acontecimiento freudiano: el descubrimiento del inconsciente. Dicho de otro modo, no es posible creer en el inconsciente y no creer en lo sexual como su real ineludible.

Es verdad que, en la época en que vivimos, los individuos pueden creerse liberados de la radicalidad del encuentro de los sexos. Para ello, existen los fantasmas eróticos –y la práctica del pole dance es uno de ellos— que se proponen como soluciones generales y se inscriben en el vacío del acontecimiento para paliar imaginariamente lo azaroso y sin reglas del singular encuentro con el deseo del Otro. Son como los preparativos de los adolescentes de antaño ante lo sexual inminente: “Lo primero que tienes que hacer es invitarla al cine; luego, en el minuto 32 de la película, pasas el brazo por detrás de su hombro con delicadeza y…”.

Ese candor planificador ha desaparecido; pero en su lugar podemos encontrar, en el mercado mediático, una serie de relatos que muestran prácticas, con diverso nivel de explicitación sexual, que cumplen la misma función: cubrir con el nivel imaginario lo real del encuentro.

Sin embargo, existe la otra salida, aquella que no es generalizable y que no pasa por el mercado. El filósofo Alain Badiou, en una reciente entrevista, expone así la salida del amor ante lo real del encuentro:

“El amor debe reafirmar su valor de ruptura, su valor de casi locura, su valor revolucionario como nunca lo hizo antes. No hay que dejar que el amor sea domesticado por la sociedad actual –que siempre busca domesticarlo–. En otros tiempos, las sociedades clericales y tradicionales buscaron domesticarlo por el matrimonio y la familia. Hoy se busca domesticar al amor con una mezcla de pornografía libre y de contrato financiero. Pero debemos preservar la potencia subversiva del amor y apartarlo de esas amenazas. Y ello es extensivo a otras cosas: el arte debe también apartarse de la potencia del mercado, la ciencia igualmente”.

Entonces, para concluir, ¿qué sería libidinizar una clase universitaria? No sería, claro está, erotizarla a través del domesticado y trivial estilo del mercado. Libidinizar una clase sería, antes bien, ubicar lo real imposible que le compete, como aquella de la diferencia de los sexos y abrigarla, como en el amor —pero también como en el arte y en la ciencia—, con la valiente invención de la locura, de lo revolucionario…

Finalmente, llega hasta mí la verdad ineludible que buscaba: a nadie le pagan para eso. Pero también es verdad que la única opción que yo reconozco es, precisamente, aquella de hacerme pagar por eso.


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