miércoles, agosto 10, 2011

La universidad es superyoica y aburre


Me ha gustado mucho escuchar, hacia el final de la conferencia de Marie-Hélène Brousse, una experiencia personal que grafica muy bien lo que muchos de nosotros, los profesores, vivimos como una especie de suplicio: la indiferencia del estudiante y la exigencia de ellos a que soportemos su indiferencia.

Marie-Hélène Brousse es una importante psicoanalista francesa de orientación lacaniana que también es profesora en la universidad París 8. Esta doble ocupación le ha permitido experimentar esta circunstancia de un modo que me gustaría que pudiese tener alguna consecuencia, por lo menos anímica, en mis amigos profesores de las universidades en las que trabajo –y también en algunos estudiantes que me han escuchado quejarme en más o menos los mismos términos.

Y la propuesta de Brousse en esta ocasión es que “la universidad es uno de los nombres del Superyó”. El superyó es esa instancia que, a modo de un imperativo irracional, persiste en el sujeto y en su discurso pero como aislado e incomprensible. El superyó, ese lado  caprichoso de la ley, se manifiesta, así, en los enunciados del sujeto a través de una repetición incesante. Esta insistencia es, además, la indicación del modo singular de goce de un sujeto.

En este caso, dicha exigencia irracional está dedicada al deber-saber; pero al deber de un saber que no interesa para nada al estudiante. El modo en que se organiza el conocimiento en la universidad tiende a deslibidinizarlo, si cabe el término, a dejarlo despojado de todo aquello que podría motivar un deseo. Dicho de otro modo, a partir de este procedimiento de organización universitaria, el saber se vuelve impertinente para el sujeto estudiante.

(Mi lectura de los acontecimientos estudiantiles en Chile sería que, precisamente y sin saberlo ellos, un aspecto implícito de las exigencias de los manifestantes en las calles podría traducirse en el imposible pronunciamiento siguiente: ¡Libidinicemos el conocimiento!).

No obstante, la última parte de la intervención de Brousse –que tuvo lugar en la UBA en mayo de este año— es la que nos resulta más coyuntural, a mis amigos profesores y a mí, ahora que recomienzan las clases después de unas muy cortas vacaciones. No todo tiene por qué ser sufrimiento, no todo tiene por qué convertirse en un acto de genuflexión ante el imperativo superyoico que nos puede venir –y muchas veces nos llega a viva voz— de los estudiantes…


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