domingo, agosto 21, 2011

¿El amor en bandeja?


Una amiga que es coordinadora de curso me comentó, a propósito de mi artículo anterior, los problemas “amorosos” de una profesora que está a su cargo. No, no es el caso de un romance, prohibido por las barreras de la edad, entre ella y un alumno adolescente. Se trata, simplemente, de que el conjunto de sus discípulos no encuentran en ella una respuesta al afecto que le demandan con insistencia.

En principio, se debe decir que la profesora es muy eficiente, incluso tanto que supera a los demás profesores del curso en el cumplimiento de las labores encomendadas. Pero los alumnos se quejan porque, ante ellos, la profesora en cuestión levanta una barrera que resulta inexpugnable.

Mi amiga la coordinadora recibe las quejas y, solícita con el reclamo, le pide una reunión a la profesora que apellidaremos Barrera.

Recuerdo que, en mis tiempos, el profesor no tenía por qué amar a los estudiantes, incluso les podía gritar y hasta golpear con una regla. Como cualquiera, yo no estoy a favor del maltrato de los individuos; mucho menos de aquellos que, al cuidado de otros y con el pretexto de la formación, pudieran ser víctimas de la violencia y la injusticia. Pero, ¿acaso no estamos ahora en el polo opuesto?

Hoy en día, todo maltrato no solo está prohibido en las instituciones educativas, sino que se les exige a los profesores todos los arrumacos de los que sean capaces para con los alumnos. Es el signo de los tiempos: el afecto no es más la dimensión de la libertad y de lo privado; hoy, es el terreno de lo que Mario Perinola llama, en su Del sentir, la “sensología”.

Para decirlo rápidamente, el sensólogo contemporáneo es un operador de las emociones y de todo lo que, desde lo sensible, se presente como herramienta para la consecución de determinados fines. Ya no estamos en la época de la “manipulación” que se sostendría en el reconocimiento del otro como individuo racional, con la capacidad de considerar beneficios y desventajas y de, a continuación, tomar las mejores decisiones. No. Hoy no hay que convencer, sino que se debe hacer sentir.

(Quien, por ejemplo, recuerde la publicidad de las revistas y periódicos de hace tres o cuatro décadas y las compare con las de ahora podrá entender que, antes, el publicista quería convencer por las buenas razones del producto; hoy, y del modo más sorprendente, querrá afectarnos).


En todo caso, la profesora Barrera acude preocupada a la reunión y escucha a su coordinadora quien le dice: “¿Qué crees tú que pudiera estar pasando? ¿Por qué, si eres tan eficiente, como sabemos, pueden estarte malinterpretando de ese modo?”. Ante esto –y me la imagino azorada y no sin afectos— ella responde: “Es que los alumnos quieren que yo sienta lo que no siento”. ¿Acaso, y luego de escuchar esta respuesta, podemos acusar a nuestra queridísima Barrera de no tener sentimientos? ¿No les parece que, antes bien, nuestra profesora se resiste a la sensología posmoderna?

No puedo sino solidarizarme con esta mártir de los afectos, con esta moderna, y no posmoderna, profesora que cree –pero evidentemente en contra de las necesidades sensológicas del administrador educativo de hoy en día— en los sentimientos como riquezas ubicadas en el ámbito no de lo público sino de lo propio y de lo privado. Debemos, sin embargo, reconocer que esta posición es cada vez más insostenible. Felizmente, mi amiga es su coordinadora y ella aprecia la eficiencia académica más que otra cosa.

Estamos contigo, profesora Barrera. Yo y todos los que nos resistimos a la sensología capitalista estaremos vigilantes ante lo sintomático de tu lucha y de tu presencia.


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