miércoles, diciembre 08, 2010

"El Perú es Patricia"


El pasaje más memorable del discurso de Mario Vargas Llosa es aquel en el cual, llevado por los designios de su redacción, identifica al Perú con su mujer, la emoción lo embarga, se detiene y luego prosigue con una voz más afectiva que significante. Todos hemos visto la dificultad que debió atravesar para sobreponerse a sí mismo y continuar con su lectura. Muchos de los que escuchábamos atentos –y no sin un poco de vergüenza debo incluirme— derramamos lágrimas en la lejanía peruana, conmocionados, identificados y sorprendidos con lo inesperado de esa singular emoción.

Imagino que al llegar a este vericueto de su escritura sobre lo que para él es el Perú, y como un intento de remarcar su rechazo a todo nacionalismo, sintió que era factible, además, justo allí, dedicarle un soberbio piropo a su mujer. Si para él el Perú es Arequipa, Piura, sus colegios, si el Perú son los amigos, pero sobre todo es la mujer amada, su relación con nuestro país no puede inscribirse dentro ningún “nacionalismo”. Habría quedado, entonces, muy claro ese vínculo no nacionalista pero auténtico y patriótico con el Perú.

Sin embargo, no contaba con la mirada de sus mayores y es raro porque él los convocó: su madre, su abuelo, sus tíos maternos, luego el padre que milagrosamente resucitó a sus once años. Convocados de ese modo, gravitaron como presencias que lo contemplaban y escuchaban asintiendo a cada una de sus palabras. En el momento en que se remontó 45 años atrás, los cuarenta y cinco años de casado y de vida feliz con su mujer, las palabras y su función representativa fueron el canal, la máquina del tiempo que lo puso de cara ante sus mayores: enmudeció. Su retorno fue lento, lastrado y por unos segundos la emoción en la voz era la expresión de su sorprendente cohabitación simultánea entre dos mundos posibles que se volvieron paralelos: el pasado de las posibilidades de su juventud y el presente de la gloria realizada y necesaria.

En tal sentido, el discurso de Vargas Llosa es moderno: la emoción es singular para él, es el escenario no representado del acontecimiento específico de su vida. Y tiene que ver con la mujer, con el amor que lo reconcilia a uno con la propia historia. Como diría Lacan, más o menos, la mujer es uno de los nombres del Padre.

Es reconfortante ver que todavía hoy –en los tiempos de la objetivación mercantil de lo sensible—, resulte posible contemplar la singularidad ubicada en los afectos y conectada con lo universal. Los tiempos de lo que en palabras de Mario Perniola es “lo ya sentido”, aquellos en los que lo sensible es una materia comercializable y por ende objetivada, no son necesariamente los nuestros. No son todavía los nuestros o, mejor, no tienen por qué serlo nunca.









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