lunes, enero 18, 2010

Avatar y sus guiones IV




Para terminar sobre el punto de la mismidad del otro, retomaré un autor que en otro momento revisé, se trata de de Jacques Rancière[i]. Según él, nuestra comunidad global es una “comunidad ética”, aquella en la que lo diferente no tiene lugar. Vivimos, desde esta perspectiva, en una comunidad que no permite o no quiere pensar en lo realmente distinto o que procede instantáneamente a su estandarización.

Rancière sostiene que es “ética” dicha comunidad en el sentido de que lo ético —derivado de ethea, palabra que parece haber tenido el arcaico significado de madriguera ¡Ajá!— implica el intento de hacer coincidir las normas generales, las comunes para todos, con la particularidad de los hechos. Es la voluntad de hacer consistir una acción específica desde un principio general e incluso identificarla con él. Dicho de otro modo, es anular la singularidad de los hechos para convertirlos en una particularidad generalizable, en un elemento más de la serie.

En consecuencia, por más diferencias en la parafernalia visual que se desplieguen en la película Avatar –un simple me dijo “¡Demasiado azul, Ay, fo!”—, es evidente que en ella existe una actitud “ética” (en el sentido de Rancière) respecto del otro. Es decir que, en la ficción de Cameron, el completamente diferente de la civilización Omaticaya está, en el fondo, dentro de la misma madriguera con “nosotros” y las manifestaciones de su alteridad son reductibles a un mismo conjunto de reglas generales: ellos y nosotros amamos, somos o mujeres u hombres, tenemos comunidad, líderes, padres, coraje, decepciones, conflictos, reconciliaciones, etc.

Esto no quiere decir otra cosa que lo siguiente: existe un orden universal, por tanto, un ordenador universal y –cae por su propio peso— existe Dios. Como sostiene Lacan, este orden más allá e inaccesible es un prejuicio que llama Sujeto-supuesto-Saber.

No quiero ser un aguafiestas pero las diferencias existen y, por ejemplo, los estudiantes becarios en París o en cualquier otro lugar no me dejarán mentir: no hay nada más difícil que convivir en un dormitorio común con un perfecto desconocido, pese a que este sea también un humano como nosotros y no un omaticaya. Y es que la radical alteridad del otro es, en realidad, aquella que nos recuerda la radical diferencia del yo consigo mismo.
Sí, pues, finalmente se trata de eso: atenuar la alteridad del otro a través de un procedimiento ético, es atenuar la descomunal alteridad del Sí mismo. No hay nada más aterrador que la diferencia, aquella que la época presente pretende olvidar (todos dentro del mismo cubil regidos por las mismas reglas del mercado); pero la más atroz de todas las diferencias es aquella que yo mantengo conmigo mismo.





[i] Ranciere, Jacques. El viraje ético de la estética y la política. 2da. ed. Santiago de Chile, Palinodia, 2007.

Imagen tomada de http://www.avatarmovie.com/images/wallpaper_07_800x600.jpg

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