viernes, enero 15, 2010

Avatar y sus guiones III

Habíamos escrito que existen dos “guiones” en la película; esto quiere decir que son dos estructuras básicas que permiten la significación y que organizan la especificidad de su relato. Estos fueron también descritos como “fantasías”; esto se explica en los términos de articulaciones que orientan el deseo de los sujetos y que, además, obturan el acceso a un cierto imposible radical y completamente singular del que no queremos saber nada.

También habíamos sostenido que dichos “guiones-fantasía” se sostienen en un conjunto de otros guiones de sentido común, los cuales les sirven como su piso de verosimilitud, para llamarlo de algún modo. El primero de estos dos guiones-fantasía destacados –y del que estoy conversando con mi amigo Javier– es aquel de la actualización o realización de lo posible y de la atenuación de su estatuto de potencial.

Me gustaría, a continuación, explicar el segundo: el de la mismidad del otro; que viene como de contrabando.

En Avatar, los científicos liderados por la doctora Grace Agustine (representada por una joven aún Sigourney Weaver) investigan a la comunidad Omaticaya y su relación simbiótica con la naturaleza en la que habitan. En este sentido, su trabajo es una articulación entre lo antropológico y lo bioquímico. Este aspecto secundario en la historia responde a una implícita fe, vigente hoy en día, en la continuidad entre la comunidad parlante y la naturaleza.

Dicha ilusión de continuidad es expresada y confirmada en la película a través de una trenza que llevan todos los Na’vi, no como una marca secundaria de su cultura, sino como un órgano de conexión entre estos sujetos hablantes y los animales, los vegetales y, en general, con toda la naturaleza personificada y llamada Eyhwa.

Esta conectividad armónica –y que Javier compara con una conexión USB, lo cual posee toda una línea de reflexión–, que permite el libre flujo de la energía natural hacia la cultura y la comunicación de mensajes y contratos hacia la naturaleza es, pues, evidentemente, la negación ilusoria de la diferencia, el rechazo imaginario de la brecha abismal, del “entre” radical y vacío que hace del sujeto parlante un sujeto en falta, causado y, por lo tanto, deseante. Una comunidad así no necesitaría la mediación simbólica, ninguna lengua, ninguna articulación arbitraria entre significantes y significados. Todo sería comunicación bioquímica y natural.

Pero la consecuencia más interesante de esta posibilidad radica en que de ella deviene la inexistencia de la alteridad del otro. Esta también es una ilusión posmoderna o incluso hipermoderna: lo más privado es público. Todo está cerca y es propio, como en la Internet, es la ilusión de vivir en una caverna que es la misma para todos, aquella que elaborara Platón como una alegoría llena de hombres encadenados y sombras pero, esta vez, felices de su encierro y retornados de la luz.

La sensación de estar metidos en un mismo cubil tiene como correlato la ilusión de que tampoco hay diferencias o aspectos desconocidos de los otros. Con mayor precisión, es como si la alteridad ya no existiese, como si lo extraño y misterioso hubiera desaparecido. De este modo el otro cae dentro de la mismidad.

Pero ya me extendí demasiado, continuaré en otro momento. Ahora un intermedio musical:


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