jueves, diciembre 23, 2010

Hipótesis de navidad




En medio de las frenéticas actividades de estos días, quisiera reflexionar brevemente sobre la siguiente hipótesis: la navidad es una fecha programada ritualmente para la intensificación del imperativo superyoico “goza”.

Hace dos semanas, los medios se ocuparon del caso de un actor, Gabriel Calvo, quien denunciara a un policía por haberlo agredido en un parque y frente a su hijo. El actor comentó ante las cámaras y declaró en los periódicos que primero llegó una señora increpándolo por pisar el césped de un parque público, luego un sereno y finalmente un policía, apellidado Vargas García. Ante todos y cada uno de ellos, el actor sostenía que estaba en su derecho, que este es un parque público, que los padres pueden jugar a la pelota con sus hijos, que por qué los policías se dedican a atacar a un padre con un niño mientras que los delincuentes verdaderos no son detenidos.

Según declara Calvo, Vargas García lo golpeó y yo imagino a un indignado padre que forcejea por sus derechos, pero sobretodo imagino a un muy asustado hijo de nueve años que no entiende por qué esa insistencia de quedarse allí, en ese parque, tan malo, que tanto rechazo prodiga, vámonos, papá. ¡No, es nuestro derecho estar aquí!

Este es solo un caso de entre varios que constituyen un conglomerado: está también el taxista que me atacó porque no tenía el cambio exacto, aquel desquiciado que secuestró durante horas a un grupo de personas en un banco con una bomba en el pecho, y finalmente aquel muchacho búlgaro que por los efectos de las drogas se corta el pene, mata a su padre e incendia un pajar.

Es un conglomerado porque en los actos de tales sujetos no hay nada que los empariente salvo quizás un solo denominador común: se trataría de una frase que llevan implícita y que es además impronunciable en estas y en muchas otras situaciones semejantes. La frase sería: “me están robando mi goce y eso no lo voy a permitir”.

Creo que para nadie es una novedad que nuestra época demanda intensamente, no el cumplimento de las reglas que permiten el flujo de las relaciones sociales, sino el cumplimiento del imperativo a disfrutar en todo momento. Estas fechas, con toda su aura de felicidad familiar que proyecta a través de sus medios de divulgación, resultan insoportablemente agobiantes porque los ingresos de la mayoría no están a la altura de la demanda superyoica. (Es decir que no hay tanta plata para gozar como se debe). Sospecho que principalmente por este motivo, el imperativo implícito “goza” se intensifica a tal punto que para algunos es imperioso pasar a los actos: ¡Me están robando mi goce! ¡Eso ni hablar! ¡Ahora verán! ¡Nadie me hace eso, nadie le hace eso a mi hijo! Luego los actos.

Pero por qué no es la antigua melancolía, por qué ya no es la aquietante nostalgia por los tiempos pasados y mejores la manifestación principal del malestar en estas fechas. No tengo una respuesta definitiva por el momento; pero lo cierto es que la melancolía navideña de algunos que se sentían tristes por sentirse así cuando todo debería ser felicidad, se ha transformado en un pasaje a los actos para la supuestamente complacida mirada del Otro que demanda intensamente ser feliz en esta feliz navidad.

Preguntas retóricas finales: ¿hay que hacer caso a ese demandante excesivo?, ¿debemos actuar para congeniarnos con lo que supuestamente reclama de nosotros? ¿Acaso ese demandante siquiera existe?

miércoles, diciembre 08, 2010

"El Perú es Patricia"


El pasaje más memorable del discurso de Mario Vargas Llosa es aquel en el cual, llevado por los designios de su redacción, identifica al Perú con su mujer, la emoción lo embarga, se detiene y luego prosigue con una voz más afectiva que significante. Todos hemos visto la dificultad que debió atravesar para sobreponerse a sí mismo y continuar con su lectura. Muchos de los que escuchábamos atentos –y no sin un poco de vergüenza debo incluirme— derramamos lágrimas en la lejanía peruana, conmocionados, identificados y sorprendidos con lo inesperado de esa singular emoción.

Imagino que al llegar a este vericueto de su escritura sobre lo que para él es el Perú, y como un intento de remarcar su rechazo a todo nacionalismo, sintió que era factible, además, justo allí, dedicarle un soberbio piropo a su mujer. Si para él el Perú es Arequipa, Piura, sus colegios, si el Perú son los amigos, pero sobre todo es la mujer amada, su relación con nuestro país no puede inscribirse dentro ningún “nacionalismo”. Habría quedado, entonces, muy claro ese vínculo no nacionalista pero auténtico y patriótico con el Perú.

Sin embargo, no contaba con la mirada de sus mayores y es raro porque él los convocó: su madre, su abuelo, sus tíos maternos, luego el padre que milagrosamente resucitó a sus once años. Convocados de ese modo, gravitaron como presencias que lo contemplaban y escuchaban asintiendo a cada una de sus palabras. En el momento en que se remontó 45 años atrás, los cuarenta y cinco años de casado y de vida feliz con su mujer, las palabras y su función representativa fueron el canal, la máquina del tiempo que lo puso de cara ante sus mayores: enmudeció. Su retorno fue lento, lastrado y por unos segundos la emoción en la voz era la expresión de su sorprendente cohabitación simultánea entre dos mundos posibles que se volvieron paralelos: el pasado de las posibilidades de su juventud y el presente de la gloria realizada y necesaria.

En tal sentido, el discurso de Vargas Llosa es moderno: la emoción es singular para él, es el escenario no representado del acontecimiento específico de su vida. Y tiene que ver con la mujer, con el amor que lo reconcilia a uno con la propia historia. Como diría Lacan, más o menos, la mujer es uno de los nombres del Padre.

Es reconfortante ver que todavía hoy –en los tiempos de la objetivación mercantil de lo sensible—, resulte posible contemplar la singularidad ubicada en los afectos y conectada con lo universal. Los tiempos de lo que en palabras de Mario Perniola es “lo ya sentido”, aquellos en los que lo sensible es una materia comercializable y por ende objetivada, no son necesariamente los nuestros. No son todavía los nuestros o, mejor, no tienen por qué serlo nunca.









lunes, julio 12, 2010

Marie Hélène Brousse explica el "Estadio del espejo"




Esta conferencia tiene ocho partes (todas las cuales están disponibles en la muy famosa fuente de videos), pero elijo este segmento porque me resulta bastante eficiente como explicación de la configuración de la imagen como constitutiva de la identificación llamada imaginaria.

Lo interesante es que, en este análisis, puede observarse cómo dicha identificación es descriptible independientemente. Pese a que, como sabemos, la identificación simbólica sostiene a la imaginaria, a partir de la explicación de Marie Hélène Brousse podemos adquirir ciertas coordenadas para el análisis en profundidad de esta dimensión en su especificidad.

Me parece, además, interesante la instrumentalización de la estructura del signo lingüístico para la explicación de la relación entre el cuerpo como fuente de pulsiones y la imagen del cuerpo como una totalidad: existiría, así, una relación de arbitrariedad entre el Significante (la imagen del cuerpo) y el Significado (el cuerpo fragmentado). Esto quiere decir que no resulta postulable ninguna motivación ni necesidad en esa articulación.

El lazo entre ambas dimensiones es un lazo epistemológicamente moderno.

jueves, junio 24, 2010

Modos de existencia en la Semiótica



Continuando con los temas relacionados con la teoría de las modalidades, hoy en clase veremos la versión de la semiótica. A continuación les presento algunos apuntes sobre las modalidades de presencia que, como verán es una elección epistemológica para reducir el problema que abordamos al modo de presentarse los fenómenos del discurso. Se trata de un conjunto de citas textuales de Semiótica del discurso de Fontanille mezcladas con brevísimos comentarios míos.

• Sostiene que Peirce habría hecho de las modalidades de existencia un componente central de su método de análisis de la significación. Sin embargo, a partir de ello produce una “una multiplicación exponencial de tipos y subtipos de signos” (59).

• En consecuencia, para evitar esta extravagancia, dice lo siguiente: “proponemos afectar la distinción de los modos de existencia a una y sólo una categoría: la presencia. De esta forma, los modos de existencia de la significación (cuestión general de la epistemología) se convierten en modos de existencia en el discurso, en modalidades de la presencia en el discurso” (59).

• Pone un ejemplo de análisis; a partir de la antonomasia Este es un Maquiavelo. [Antonomasia: Sinécdoque que consiste en poner el nombre apelativo por el propio, o el propio por el apelativo; p. ej., el Apóstol, por San Pablo; un Nerón, por un hombre cruel.] Plantea:

• “El personaje Maquiavelo está actualizado pero no realizado, porque la referencia enfocada por la predicación concierne a otro actor” (59). Se trata de un contraste con respecto del político de quien se diría esta antonomasia y que aquí cobra realización a partir del deíctico “este”. Dicho político, entonces, representado por “Este” se encuentra realizado.

• Lo virtual estaría compuesto de “el conjunto de los actores que puede responder a esta definición”. Lo potencial correspondería al “esquema de comportamiento que implica y que caracteriza la categoría” (59). Es, en este caso, una especie de archivo coherente de posibilidades de comportamiento “a lo Maquiavelo”.

• Una sentencia, en consecuencia, moviliza, como diversos fantasmas, todas las modalidades que gravitan en torno de su actualización.

• Por otro lado, las modalidades aquí expuestas son “de la presencia en el discurso”; es decir, son diversos grados de participación, en un discurso concreto (que aquí es una antonomasia) de las diversas presencias implicadas:

• Los individuos que podrían cumplir con esas características son virtuales; las características implícitas, que son como una especia de bagaje o batería circunscripta de posibilidades de acción, son potenciales.

• En el capítulo IV, propone una descripción de los modos de existencia sobre la base de su relación con el campo del discurso. En consecuencia, “fuera del campo” es lo virtual, en el “centro del campo” lo realizado.

• Por otra parte, en el pasaje de la frontera tenemos, desde lo virtual hacia lo realizado, el modo actualizado; desde lo realizado a lo virtualizado, el modo potencializado.

• Cabe destacar, entonces, una diferencia entre lo “virtual” y lo “virtualizado”. Cómo lo explica. Así: el primero se refiere al punto de partida de las estructuras del sistema; entonces, “se parte del modo virtual, y, […] se alcanza el modo virtualizado” (238).

• “El modo virtual, en sentido propio, es el de las estructuras de un sistema subyacente, de una competencia formal disponible al momento de la producción del sentido” (238).

• “El modo virtualizado […] es el de las magnitudes que sirven de segundo plano al funcionamiento de las figuras del discurso: el acto semiótico consiste, entonces, en realizar una figura, en devolver otra al estado virtualizado, y en ponerlas en interacción, de manera tal que, al momento de la interpretación, el enunciatario sea conducido al ir y venir de una a otra” (239).

jueves, febrero 11, 2010

La reasignación... ¿sin resignación?



Nacer con el cuerpo de hombre o de mujer era, hasta no hace mucho, algo cuya necesidad no se cuestionaba. No es que no hubiese existido el inconformismo por el género, sino que el cuerpo propio era inevitable y solo con la cosmética o las prótesis ese cuerpo necesario se podía disimular. Después de tales soluciones, sin embargo, siempre quedaba la sensación de lo exógeno y lo precario. En el presente, el carácter necesario de la sexualidad parece haber cedido o, más precisamente, se habría levantado la represión que antes impedía el acceso a la comprensión de la causa posible y contingente de lo necesario del sexo.

Todo esto tiene que ver con un reportaje que apareció en El País el 24 de enero de este año y que comentaba un caso sorprendente:


“Una chica de 16 años de Barcelona nacida varón ha sido la primera menor en someterse a una operación de cambio de sexo en España. Pidió autorización judicial y la obtuvo. La noticia saltó la semana pasada. Mientras los médicos debaten, la nueva generación de transexuales tiene más información. También más prisa. Piden ayuda, cada vez más, cada vez antes, para empezar a vivir como sienten”(1).

Quisiera salir de la anécdota que es, a todas luces, impactante y tratar de ubicar algunas coordenadas para su explicación. Tengo la impresión de que esta puede comenzar a formularse a partir de unas cuatro nociones traídas de la lógica modal al psicoanálisis por Jacques Lacan: lo posible, lo imposible, lo contingente y lo necesario.

Antes se pensaba en lo posible con frases tales como: “qué hubiera pasado si…”. Para el presente caso de la adolescente en Barcelona, se trataría de continuarla con “… hubiese nacido mujer”. De este modo, lo necesario era imaginariamente suspendido como tal y accedíamos al universo paralelo en el cual lo que era un hecho indefectible pudo ser de otro modo. Aparentemente, estas frases convencionales de acceso a lo posible como imaginario ya no son suficientes. Si en el pasado hacíamos que lo necesario adquiriera el estatuto de posible y con la imaginación, hoy lo posible debe tener el estatuto de lo necesario y con la tecnología.

Me explico: la presente época se caracterizaría, entre otras cosas, por negar el carácter necesario de las instituciones, de las relaciones afectivas, de la sexualidad y un largo etcétera y, al contrario, por atribuirle a todo el estatuto de lo posible. Si antes lo posible era accesible por una operación de la imaginación, ahora, no obstante, debe experimentarse como lo necesario, como una presencia realizada. Debe ser posible la reasignación sexual, la ciencia debe poder avalarla y realizarla. Sin embargo, mi hipótesis es que, como resulta inherente a lo posible el ser optativo, el amor por lo posible es también un anhelo por lo optativo de esa experiencia incluso orgánica. La condición entonces de esa viva experiencia (y qué más viva que en el cuerpo de sexualidad reasignada) es la condición de seguir siendo posible.

Si la época de la adolescencia es la de los horizontes abiertos y de las decisiones aún no tomadas, este caso trataría sobre la adolescentización –digamos así— en grados extremos de la sexualidad. No es por azar que una gran cantidad de solicitantes para una reasignación de género en Europa –y que siguen el protocolo establecido en 1979 por la Asociación Harry Benjamin de Disforia de Género— sean adolescentes.

Este protocolo diseña una secuencia que pasa por entrevistas, pruebas clínicas, pastillas durante dos años para, finalmente, si alguno se decide, pasar por el quirófano y terminar por feminizar ese cuerpo. Sin embargo, tengo la sospecha de que no se trata de ser mujer o ser hombre desde la condición antes necesaria y opuesta. Sino de no-ser algo, del puro tránsito que permite experimentar lo posible con una gran intensidad: lo posible, entiéndase bien, en tanto que tal, en tanto posible. No como una estación previa a una decisión definitiva, sino en sí misma, sin la decisión que las opciones presuponen.

La foto que podemos ver arriba esta sacada del mismo reportaje citado al inicio. Se llama Alexandra Rubio de 20 años y con “disforia de género” según el DSM-IV. Se trata de otro caso y en proceso, todavía con tres meses de terapia hormonal. ¿No tiene el rostro todavía de…? ¿Acaso no es ya …?

(1) http://www.elpais.com/articulo/portada/Quiero/sexo/elpepusoceps/20100124elpepspor_7/Tes

lunes, enero 18, 2010

Avatar y sus guiones IV




Para terminar sobre el punto de la mismidad del otro, retomaré un autor que en otro momento revisé, se trata de de Jacques Rancière[i]. Según él, nuestra comunidad global es una “comunidad ética”, aquella en la que lo diferente no tiene lugar. Vivimos, desde esta perspectiva, en una comunidad que no permite o no quiere pensar en lo realmente distinto o que procede instantáneamente a su estandarización.

Rancière sostiene que es “ética” dicha comunidad en el sentido de que lo ético —derivado de ethea, palabra que parece haber tenido el arcaico significado de madriguera ¡Ajá!— implica el intento de hacer coincidir las normas generales, las comunes para todos, con la particularidad de los hechos. Es la voluntad de hacer consistir una acción específica desde un principio general e incluso identificarla con él. Dicho de otro modo, es anular la singularidad de los hechos para convertirlos en una particularidad generalizable, en un elemento más de la serie.

En consecuencia, por más diferencias en la parafernalia visual que se desplieguen en la película Avatar –un simple me dijo “¡Demasiado azul, Ay, fo!”—, es evidente que en ella existe una actitud “ética” (en el sentido de Rancière) respecto del otro. Es decir que, en la ficción de Cameron, el completamente diferente de la civilización Omaticaya está, en el fondo, dentro de la misma madriguera con “nosotros” y las manifestaciones de su alteridad son reductibles a un mismo conjunto de reglas generales: ellos y nosotros amamos, somos o mujeres u hombres, tenemos comunidad, líderes, padres, coraje, decepciones, conflictos, reconciliaciones, etc.

Esto no quiere decir otra cosa que lo siguiente: existe un orden universal, por tanto, un ordenador universal y –cae por su propio peso— existe Dios. Como sostiene Lacan, este orden más allá e inaccesible es un prejuicio que llama Sujeto-supuesto-Saber.

No quiero ser un aguafiestas pero las diferencias existen y, por ejemplo, los estudiantes becarios en París o en cualquier otro lugar no me dejarán mentir: no hay nada más difícil que convivir en un dormitorio común con un perfecto desconocido, pese a que este sea también un humano como nosotros y no un omaticaya. Y es que la radical alteridad del otro es, en realidad, aquella que nos recuerda la radical diferencia del yo consigo mismo.
Sí, pues, finalmente se trata de eso: atenuar la alteridad del otro a través de un procedimiento ético, es atenuar la descomunal alteridad del Sí mismo. No hay nada más aterrador que la diferencia, aquella que la época presente pretende olvidar (todos dentro del mismo cubil regidos por las mismas reglas del mercado); pero la más atroz de todas las diferencias es aquella que yo mantengo conmigo mismo.





[i] Ranciere, Jacques. El viraje ético de la estética y la política. 2da. ed. Santiago de Chile, Palinodia, 2007.

Imagen tomada de http://www.avatarmovie.com/images/wallpaper_07_800x600.jpg

viernes, enero 15, 2010

Avatar y sus guiones III

Habíamos escrito que existen dos “guiones” en la película; esto quiere decir que son dos estructuras básicas que permiten la significación y que organizan la especificidad de su relato. Estos fueron también descritos como “fantasías”; esto se explica en los términos de articulaciones que orientan el deseo de los sujetos y que, además, obturan el acceso a un cierto imposible radical y completamente singular del que no queremos saber nada.

También habíamos sostenido que dichos “guiones-fantasía” se sostienen en un conjunto de otros guiones de sentido común, los cuales les sirven como su piso de verosimilitud, para llamarlo de algún modo. El primero de estos dos guiones-fantasía destacados –y del que estoy conversando con mi amigo Javier– es aquel de la actualización o realización de lo posible y de la atenuación de su estatuto de potencial.

Me gustaría, a continuación, explicar el segundo: el de la mismidad del otro; que viene como de contrabando.

En Avatar, los científicos liderados por la doctora Grace Agustine (representada por una joven aún Sigourney Weaver) investigan a la comunidad Omaticaya y su relación simbiótica con la naturaleza en la que habitan. En este sentido, su trabajo es una articulación entre lo antropológico y lo bioquímico. Este aspecto secundario en la historia responde a una implícita fe, vigente hoy en día, en la continuidad entre la comunidad parlante y la naturaleza.

Dicha ilusión de continuidad es expresada y confirmada en la película a través de una trenza que llevan todos los Na’vi, no como una marca secundaria de su cultura, sino como un órgano de conexión entre estos sujetos hablantes y los animales, los vegetales y, en general, con toda la naturaleza personificada y llamada Eyhwa.

Esta conectividad armónica –y que Javier compara con una conexión USB, lo cual posee toda una línea de reflexión–, que permite el libre flujo de la energía natural hacia la cultura y la comunicación de mensajes y contratos hacia la naturaleza es, pues, evidentemente, la negación ilusoria de la diferencia, el rechazo imaginario de la brecha abismal, del “entre” radical y vacío que hace del sujeto parlante un sujeto en falta, causado y, por lo tanto, deseante. Una comunidad así no necesitaría la mediación simbólica, ninguna lengua, ninguna articulación arbitraria entre significantes y significados. Todo sería comunicación bioquímica y natural.

Pero la consecuencia más interesante de esta posibilidad radica en que de ella deviene la inexistencia de la alteridad del otro. Esta también es una ilusión posmoderna o incluso hipermoderna: lo más privado es público. Todo está cerca y es propio, como en la Internet, es la ilusión de vivir en una caverna que es la misma para todos, aquella que elaborara Platón como una alegoría llena de hombres encadenados y sombras pero, esta vez, felices de su encierro y retornados de la luz.

La sensación de estar metidos en un mismo cubil tiene como correlato la ilusión de que tampoco hay diferencias o aspectos desconocidos de los otros. Con mayor precisión, es como si la alteridad ya no existiese, como si lo extraño y misterioso hubiera desaparecido. De este modo el otro cae dentro de la mismidad.

Pero ya me extendí demasiado, continuaré en otro momento. Ahora un intermedio musical:


jueves, enero 14, 2010

Avatar y sus guiones II

Aparentemente, esta es hasta el momento la segunda película más taquillera de la historia después de Titanic, también de James Cameron. ¿Cuál sería la causa? Es muy probable que sea su nombre. Más precisamente, es posible que su éxito no se deba tanto al formato 3D o a los escenarios fabulosos como a la lógica de la vida paralela que la palabra “avatar” alude.

Como saben mejor que yo los frikis computacionales, un avatar es un personaje controlado por los jugadores de estos videojuegos y que participa en una serie de interacciones en un universo virtual fantástico. Un avatar tiene que explorar, luchar, cumplir misiones que lo van habilitando para los niveles o pasos siguientes. Con las nuevas versiones, la escenografía, el sonido, la nitidez (y qué sé yo cuántas cosas más) van mejorando y es cada vez más realista o, diría yo, más efectista su puesta en escena. Esta película o lo que implícitamente promete sería, en tal sentido, la última versión de este paulatino perfeccionamiento: al final, lo que ella permitiría sería transitar al otro lado, el fantástico y placentero, y quedarse allí por el resto de la existencia.

En consecuencia, creo que su éxito se debe a que esta película hace enormemente sensible un anhelo muy presente en la actual estación histórica. Es decir, lo que, en términos lógicos, sería la actualización o la realización de lo posible. Me explico.

En el sentido moderno, lo posible era todo lo que no alcanzaba la realización. Por ejemplo, cuando un niño comenzaba a introducirse al mundo fuera de los límites del hogar, sus padres lícitamente se preguntaban “qué será de grande”; luego él se lo preguntaba, con cierta angustia y en la adolescencia. Este momento era el de lo posible: “¿será médico, abogado, se casará, lo hará bien, tendrá hijos?” Y un largo etcétera. Y si, por ejemplo, terminaba siendo médico, todas las otras profesiones quedaban en lo que pudo ser y no fue ni será.

Hoy, la tecnología de esos videojuegos (como el que se muestra en el video de arriba) nos permite con cada vez más verosimilitud hacer que lo posible se haga presente, que alcance la realización y que incluso pueda –pero esta es ya la ficción de Cameron— ser intercambiada por la “versión original” de nuestro organismo; en el caso presente, abandonar un cuerpo paralítico para, a continuación, ser el líder de atléticos y azules jinetes gigantes de pterodáctilos naranjas.

Ahora bien, esta línea de continuidad entre Avatar y una realidad presente –las diversamente mejoradas versiones sucesivas de los videojuegos— se entrelaza con el otro guión: la mismidad del diferente, algo mucho más inquietante. Pero de esto escribiré en otro momento.

miércoles, enero 13, 2010

Avatar y sus guiones I


Lo primero que puede decirse, y en general, sobre la película es que su guión está conformado por dos tipos de fantasías: una muy evidente y otra que, menos visible, viene como de contrabando. La primera es la de poder transitar a una vida en paralelo, como aquellas que permite el World of Warcraft u otros videojuegos de roles equivalentes, y la segunda es la de la semejanza, incluso mismidad del otro.

Existen, por su puesto, otros “guiones” que se incluyen para la constitución de su historia, pero estos vienen a funcionar como pisos sedimentarios que sostienen, desde su calidad de sentido común, la eficacia de las dos fantasías destacadas. Dentro de estas estructuras sedimentarias se destacaría aquella de la superioridad de la naturaleza y la inferioridad de la cultura. Dicho de otro modo, tenemos un conflicto –en realidad clásico– entre un Saber en la Naturaleza que es armónico y sin fisuras y, por otro lado, la ciencia y la tecnología de la cultura occidental que están del lado de los intereses mezquinos, de la violencia y la destrucción. (Otras estructuras sedimentarias serían, por ejemplo, las narrativas del amor romántico, la del individuo que vence con su coraje cualquier adversidad, etc.).

Sobre la base de esta estructura clásica principal, el hilo narrativo de Avatar se constituye en la focalización de la fantasía de una vida paralela y llena de aventuras, y la fantasía de la mismidad del otro.

Quisiera desarrollarlas por separado, pero lo haré en otro momento.