domingo, diciembre 20, 2009

Los músikos ambulantes y yo




Como ya estaba por terminar la temporada, se me ocurrió que no podía dejar de cumplirme –más a mí que a mi hija— la promesa de llevar a Marcia a ver Los músikos ambulantes. Hacía mucho tiempo que quería ir a verlos y para hacerlo acompañado había entusiasmado a mi hija, que ya tiene más de seis años, con esa posibilidad. También había animado a Kelly y entonces compré las tres entradas en teleticket de Wong de San Miguel. Los asientos más cercanos del escenario que pude conseguir fueron de la fila F.

La historia que el grupo Yuyachkani presenta con esta obra es muy conocida: se trata de una adaptación del cuento “Los músicos de Bremen” recopilado por los hermanos Grimm. En este relato, los cuatro viejos y escapados animales nunca llegan a Bremen y se quedan habitando como fantasmas una casa abandonada; la historia los deja allí “para siempre” en un estancamiento mítico. A diferencia del cuento europeo, los músicos ambulantes no son viejos –aunque la gallina negra del grupo da buen caldo— y terminan la historia con la promesa de seguir difundiendo su música por “¡…cada uno de esos callejones, cada una de esas plazas públicas, de esos mercados, escuelas, hospitales, cárceles y comunidades campesinas de las cuales está sembrada toda nuestra tierra!”.

Otro aspecto muy visible en este montaje es la conciencia arguediana de vivir todas las sangres. Desde esta perspectiva la historia es, en el fondo, un relato de una posible construcción de la intersubjetividad peruana, una suerte de escenificación de una negociación entre lo diverso, del intento de hallar un punto de comunidad entre posiciones antagónicas. Pero todo esto sostenido por un humor eficaz, ubicado principalmente en la interacción de los personajes.

Claro que Marcia se divirtió y mucho, pero no tanto como yo. Antes de que comenzara la función, el director, Miguel Rubio, se dirigió al público y me dio la pauta para comprender el porqué; cosa que ocurrió en un après coup, retroactivamente. Dijo entre otras cosas que son ya 26 años los que lleva presentándose esa obra y que esa noche vio muchas caras conocidas, pero que “ahora ya vienen con sus hijos y hasta con sus nietos”. Eso me mató –con retroacción, claro: se trata de la indiscutible sensación de la presencia de una comunidad y, lo que es mejor, de su continuidad.





En los últimos tiempos, he venido formando la certeza de que vivimos en un espacio disgregado, de narcisistas en busca de un goce que creen singular pero que solo es particular, inscrito inconscientemente en un servilismo de nuevo tipo, el que produce el mercado del capitalismo tardío. Los “nuevos súbditos”, como dice un amigo. Un espacio como ese no es propiamente una comunidad sino una dispersión radical solo contabilizada estatalmente.

El hecho de que yo haya disfrutado de esa obra teatral cuando joven y de que luego mi hija la viera y la disfrutara conmigo y con mi pareja es la demostración —y el acontecimiento— de que probablemente mi certeza ya no pueda sostenerse. Como diría Lacan, “los desengañados se equivocan”. Admito que las convicciones, aunque desdichadas son cómodas; la posición que puede expresarse con “así son las cosas, no hay vuelta que darle” resulta peligrosamente satisfactoria. Lo contrario es —digámoslo directamente— el deseo, eso que nos pone más allá de nuestras coordenadas, nacido de un “yo no sé” radical y que lo dispone a uno a lanzarse en la persecución de sus proyectos.


Esto que pude experimentar a partir de Los músikos ambulantes de Yuyachkani y que ahora llamo “comunidad” y “continuidad” es la presencia que está en el lugar de otra cosa distinta de aquella convicción desengañada. Y no es para nada cómoda, sino un gran esfuerzo; como el de aquella renovada actualización de esa puesta en escena teatral sostenida por el deseo inmortal de un grupo de actores.


Gracias, pues, señoras y señores artistas, muy agradecido, pues, queridísimos personajes, les agradezco el haberme recordado que todo surge, no de una certeza cartesiana, sino de ese no saber radical e impensable.



lunes, julio 13, 2009

Hablar en público sobre Vallejo

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Se trata de un vieja ponencia que sostuve en un evento semiótico en la Universidad Católica.

sábado, marzo 14, 2009

Los mundos posibles y lo necesario

El Efecto Mariposa es una dentro de la serie bastante extensa de configuraciones ficcionales –películas, novelas, videoclips, etc.— que toman el mismo tema en la actual estación histórica, se trataría de una especie de intuición generalizada, una suerte de fantasma que recorre no solo Europa: la posibilidad de múltiples mundos, paralelos al nuestro y producto de una pequeña variación en nuestras decisiones del pasado. Es un cierto qué hubiera pasado si… que se presentifica y obnubila el acceso a la dimensión de lo real. Se trataría, así, de algo extremadamente vigente y fantasmático que se encuentra en la época.

En esta ocasión, el cortometraje Spin que se muestra arriba, es una de esas múltiples configuraciones ficcionales que juegan con la idea de las múltiples posibilidades. El final, sin embargo, qué significa...

Es probable que la vigencia de esta intuición general, de esta sensación de qué hubiera pasado si... tenga relación con aquella otra, radicalmente posmoderna, según la cual todo es posible. A la manera de los juegos de roles virtuales, en donde uno puede internarse en una o varias vidas paralelas, en uno o muchos mundos posibles, lo real resulta negado en el presente. Lo real, lo que no cesa de no inscribirse, esa dimensión a la que apunta siempre el psicoanálisis no tiene vigencia dentro de la lógica del capitalismo actual.

Y es que este universo virtual de lo que podría ser tiene, que duda cabe, una directa relación con esta ideología capitalista de lo imposible es nada. Y posee, en su fundamento, un carácter radicalmente necesario. Se trata del respeto irrestricto, maquínico y de automatón a las exigencias del mercado: detrás de las múltiples posibilidades de productos que nos ofrece está la necesidad de respetar sus parámetros de calidad, de cantidad y cualquier otro.