lunes, agosto 11, 2008

Una botella de gaseosa lacaniana


No sé si todos recuerdan aquella película de 1980 Los dioses deben estar locos (The Gods Must Be Crazy), escrita y dirigida por Jamie Uys. Se trata de un pequeño grupo de bosquimanos que habita en mitad del desierto de Kalahari, lejos de la civilización occidental, al que le ocurre un acontecimiento singular. En un momento completamente azaroso, un aviador que pasaba por ahí (con su avioneta, claro está) termina el último sorbo de una gaseosa negra y deja caer la botella desde las alturas. El objeto de vidrio transparente, en cuya superficie se aprecian inscripciones sinuosas y en relieve, va a parar a los pies de un pequeño y asombrado bosquimano. La interpretación que continúa le resulta verosímil: es un envío de los dioses.


Al principio, la botella tiene múltiples utilidades: machacar raíces, moler granos, contener líquidos, tocar música soplándola o golpeándola. Pero llega el momento en el que este regalo se torna peligroso. En una discusión alguien toma la botella por el pico y golpea a un hermano, a un amigo, hasta hacerlo experimentar un inconcebible dolor. Esto es lo que determina la decisión de devolver el obsequio a los dioses.


Pensemos en la botella desde la perspectiva de su producción en serie. ¿Qué es desde este punto de vista? Simplemente, una botella más, igual a todas las otras y completamente intercambiable. Se trata de un caso particular de un conjunto de reglas para su constitución. Las reglas dicen, aproximadamente, algo como: “de vidrio transparente”, “con 250 ml de capacidad”, “pico de bordes redondeados”, “obertura de 1cm de diámetro”, “base plana y circular de 5 cm de radio”, etc. Estas características se reproducen en todas y cada una de las unidades particulares de la serie que las constituye.


La relación que se establece entre tales características y las botellas concretas es aquella que podemos denominar una relación entre lo general y lo particular, respectivamente. El caso particular de una botella, incluso de esta, corrobora la regla general. Es una relación tranquila, lógica y sin perturbaciones.


Pero, ¿qué pasa con esta botella?, cae desde el cielo y se convierte en el motivo central de una nueva organización social en torno de ella. Todos la quieren, cada uno lee en sus formas y relieves una función proporcional a sus necesidades, apetencias o fantasías. Como no existe entre los bosquimanos ninguna regla para su constitución, posee la capacidad de convertirse en casi cualquier cosa, incluso en instrumento de funciones completamente contradictorias: puede servir en la producción de alimentos para la supervivencia de la comunidad (moler granos, aplastar raíces), como para la guerra y el exterminio de dicha comunidad (golpear con resultados sangrientos).


En este caso, la relación que se establece entre sus múltiples posibilidades y la botella es aquella que podemos denominar una relación entre lo universal y lo singular, respectivamente. De este modo, la botella en cuestión viene a ser lo que, en términos lacanianos se denominaría un objet petit a, un objeto cualquiera que es realmente un desecho y que, sin embargo, implica “algo más en él que él mismo”.


Y es un objeto singular porque, a diferencia de uno particular, no cumple con ninguna regla general; sino que, antes bien, se abre a un infinito de posibilidades. De este modo, el universal que deviene no es un concepto sino una apertura. Como diría Lacan, es un No-Todo.


Finalmente, quiero que noten que un particular puede convertirse –por lo menos en la anécdota narrada, pero no es inverosímil generalizar—, puede convertirse, digo, en un singular que se vincule con lo universal por circunstancias completamente fortuitas, absolutamente contingentes. No hay ninguna lógica, ninguna necesidad en la coincidencia entre el aviador y su sed, por un lado, y el bosquimano y su transitar, por el otro. Pudo ocurrir de otro modo, pudo no haber ocurrido nunca y, no obstante, ocurrió. A partir de esa pura contingencia, la vida del pequeño grupo de bosquimanos, por lo menos la de aquel encargado de devolver la botella a los dioses, ya no será nunca más la misma.


Precisamente, de lo que se trata en el psicoanálisis es de estar a la caza de la oportunidad azarosa para el advenimiento de lo singular. Si algo intenta el psicoanálisis de orientación lacaniana en la presente estación histórica es propiciar las condiciones del surgimiento de la subjetividad singular, del advenimiento de aquello que subvierta las regularidades particularizantes a las que nuestra civilización y sus fantasmas nos pretenden someter: no somos pues, eso debemos desear, un caso particular, sino un acontecimiento singular.


Pero no confundamos las cosas: las rebeldías histéricas no son singulares, entran perfectamente en el campo de lo particular. Como les dijo Lacan a los estudiantes parisinos en mayo del 68: “Ustedes quieren un amo, pues lo tendrán”. Y es que quien se rebela contra el amo, lo reconoce como tal y sin saberlo.


La singularidad es otra cosa: se trata de esa dimensión de lo imposible que quiebra en dos el devenir de los sujetos; después de este acontecimiento singular y, por supuesto, de la fidelidad que tengamos a su acontecer, las cosas ya no serán las mismas.