martes, enero 08, 2008

¡ESTÁS BIEN HUON SI CREES QUE VOLVERÉ A WONG!


Al llegar a la fila de una las cajas del Wong de San Miguel, pude observar la compra del tipo que iba a ser atendido inmediatamente. Se trataba de una tetera plateada con tapita negra, una sartén de teflón y una cacerola naranja con una rejilla con mango que iba por dentro. “¡Para cocinar tallarines!”, pensé y quise haber comprado justo eso; pero yo ya tengo en mi casa el instrumental adecuado y flamantemente adquirido para el particular.

El asunto es que me proyecté en ese comprador: un hombre que recientemente acaba de mudarse a una nueva soltería debe atender esos detalles “femeninos” para no gastar demasiado en las comidas de la calle y cocinar en casa. Podrán decirme que ese tipo no tiene por qué ser necesariamente un “de nuevo soltero”, también es posible que tuviera una novia esperándolo o que, en realidad, acaba de casarse y está siguiendo las precisas directivas de su esposa escritas en un papelito.

Puede ser. Acepto. En todo caso ese comprador tenía algo que ver conmigo: usó tarjeta de crédito para pagar, era un casi cuarentón que vestía una camisa de manga corta y colores claros, y no era precisamente apuesto pero tampoco un “engendro de Satanás”, como decía mi abuelita. Ante esto, podrán sostener que ese tipo de personas es demasiado general y que, por consiguiente, no hay razón para identificarse con una clase tan borrosa como esa.

Acepto, una vez más. Pero acepto sobre todo porque en ese instante, la cajera le preguntó si tenía la tarjeta Bonus, para acumular puntos. El comprador, hasta ahí mi alter ego, dijo en voz alta: “No, no tengo. La quemé cuando esto fue comprado por los chilenos. ¡Ahí se acabó!”.

Que alguien me explique, por favor, en qué sentido beneficiamos a los chilenos de Cencosud, actuales propietarios del supermercado, cuando acumulamos puntos bonus y no cuando compramos en su tienda. Lo único que se me ocurre es que, probablemente, los productos canjeables por puntos sean chilenos (alentando así su producción) y que los productos vendidos en la tienda sean peruanos. En fin, eso es lo de menos ahora.

Lo importante es que ya no yo pero sí un grupo muy grande de limeños debe sentirse identificado con este comprador dolido que ya no quisiera volver a Wong pero que, de vez en cuando, se traiciona y termina refunfuñando dentro de uno de sus locales y pagando el precio con la rebaja estipulada.

Y es que Wong, el supermercado del trato amable, de la tradicional familia de clase media limeña, la empresa emblemática del esfuerzo peruano de salir adelante, ha sido vendida a este grupo comercial chileno. Y es inútil decir, simplemente, que se trata de un negocio entre empresas privadas y que Don Erasmo Wong ahora será accionista en Chile y que no es verdad que se esté chilenizando la economía peruana. (La inversión chilena, según los entendidos, está en cuarto o quinto lugar respecto de la inversión de otros capitales extranjeros). Se trata de otra cosa.

Los miraflorinos, por ejemplo, al salir de misa se iban en familia a comprar a la tienda del lado en el Ovalo Gutierrez. Toda una institución. Una amiga mía –otro ejemplo— era una gran entusiasta de las bolsas ecológicas del supermercado. ¿Y el corso de Wong? ¿Y el papa Noel mecánico puesto en las puertas durante las fiestas navideñas? Todos estos detalles y muchos otros más que pueblan nuestros mejores recuerdos ¿ahora solo serán viles estrategias de venta para beneficiar a una empresa extranjera?

Lo que sucede es que la mayoría se ha sentido mellada en lo “propio”, “traicionada” en lo nacional. (Y sabemos además que Chile, para los peruanos, tiene todavía un aura no reconocida de malignidad y de cuentas aún no ajustadas desde la Guerra del Pacífico). Pero el asunto va un poco más allá. Es probable que se trate de una contradicción entre la aceptación del capitalismo como “el modo natural” de la economía en el mundo y el rechazo de sus consecuencias.

Como sostiene con acritud Terry Eagleton en Después de la teoría: “La norma ahora es el dinero; pero como el dinero no tiene absolutamente ningún principio ni identidad propia, no es ningún tipo de norma en lo absoluto. Es absolutamente promiscuo, y se irá alegremente con el mejor postor. Se adapta infinitamente bien a la más singular o extremada de las situaciones y, al igual que la reina, no tiene opiniones propias sobre nada” (p. 28).

En consecuencia, si se acepta que la lógica del mercado es “natural” debería aceptarse también que las barreras nacionales no son ningún tipo de traba y que, por lo tanto, “nuestro” Wong sea “chileno”. Lo cierto es que el par pseudo categorial peruano/chileno no tienen ya ninguna relevancia sino que se trata de dinero y de la ley de la oferta y la demanda.

Por supuesto, también podemos adoptar la idea –y la acción— según la cual el capitalismo no es ninguna forma natural… ¡Ajá!

En todo caso, este comprador se fue con su menaje de cocina envuelto en ecológicas bolsas blancas y rojas (los colores nacionales ahora también sirven al capital extranjero) y la guapa cajera me preguntó si tenía mi bonus. “Para acumular puntos”, me sugirió un poco desencajada por el comentario de mi ex alter ego. Yo le dije que sí y se la entregué. “Pero la quemaré”, le advertí solo para hacerla sonreír un poco.