miércoles, septiembre 24, 2008

Fujimori y la función sígnica


La sentencia contra Alberto Fujimori está próxima a ser dictada. Se trata, como todos saben, de aquella que fallará sobre los casos de violación en contra de los derechos humanos. En esta situación puede decirse, sin temor a error, que las opiniones que se suscitarán no serán unívocas. Es evidente que los partidarios del ex presidente execrarán una sentencia que fuese condenatoria. Pero el motivo de esta breve reflexión es la posibilidad de que, devenida tal sentencia, una gran cantidad de ciudadanos peruanos se lamente y la repudie sin que ningún interés inmediato o semejante al de dichos partidarios intervenga.

Muchas son las respuestas de sentido común que aquí podrían esgrimirse, pero queremos intentar una distinta: por extraño que parezca, es probable que la causa de este rechazo, de este hipotético lamento por una condena contra Fujimori, sea el descrédito no reconocido, actual y posmoderno que se tiene por la llamada “mediación simbólica”.

Y ¿qué es la mediación simbólica? Dicho en pocas palabras, es el vínculo lingüístico que poseemos con la realidad. No se trata de un solipsismo idealista del tipo “lo real no existe, solo existe la realidad construida por el lenguaje”, se trata más bien de que lo real se transforma en realidad por la mediación de los signos. Creer lo contrario es sostener que las lenguas son simples rótulos adosados a las cosas preexistentes del mundo. Y no discutiré en contra de esta ingenuidad.

Pero, me preguntarán, ¿qué tiene que ver esto con la condena a Fujimori? Según se sabe, es ya imposible seguir sosteniendo, en su defensa, su desconocimiento respecto de las actividades del grupo Colina. Existen pruebas que esto demuestran. Por otro lado, tampoco es factible pretender que no hay evidencias documentales de las órdenes que tienen que haberse realizado para los “operativos especiales” de este grupo. De acuerdo con el juez emérito de la Corte Suprema de España, José Antonio Martín Pallín, siempre “es muy difícil encontrar rastros documentales de una orden expresa” de este tipo, lo cual no es ningún obstáculo para una sentencia condenatoria como la esperada. En consecuencia, existen indicios o los que hay son suficientes.

Algunos podrían afirmar, no obstante, que “las pruebas hablan”. Sin embargo, quiero acotar un hecho que siempre debe tomarse en cuenta: las pruebas no hablan, permiten hablar; no deciden, permiten decidir.

Quienes tienen la certeza de que habrá condena deben considerar que ninguna prueba presentada es absolutamente indicial, es decir, que su dimensión significante no guarda relación natural con respecto de lo que ella significa. El tránsito entre la prueba tangible que esta en el lugar del delito (el significante) y el delito propiamente (el significado o lo representado) implica un salto al vacío. ¡Y qué bien que esto sea así! Pero, ¿acaso no podemos afirmar que este salto delata una decisión y, en consecuencia, un sujeto que la realice?

En favor de Fujimori podría decirse que ningún salto al vacío es suficiente aval para una condena, que es muy riesgoso condenar a alguien a partir de una decisión que más parece una apuesta. Pero esta argumentación conllevaría un cuestionamiento insostenible: aquel según el cual resultaría imposible cualquier condena. Dicho de otro modo, si es imposible en este caso, ¿por qué no sería también imposible condenar en cualquier otro a partir de pruebas? Todo acto de significación –y la relación entre una prueba y un hecho que se quiere probar lo es— implica un riesgo que se debe tomar.

De hecho, el mundo occidental, tal y como lo conocemos, se constituyó sobre la decisión según la cual no hay vínculo natural entre lo representado y su representación. (Esto se llamó la arbitrariedad del signo lingüístico). En consecuencia, para que la modernidad deviniera, tuvo que aceptarse que los saltos significativos deban, incluso tengan que realizarse. Qué habría sido de nosotros, los seres de palabra (parlêtres como dice Lacan), si nunca pudiéramos “saltar entre”, es decir, articular estados de cosas con ausencias. Sin esto, la realidad no sería sino aquella que provendría de la experiencia directa de nuestro cuerpo en el entorno y que, inmediatamente, pasaría al olvido. Seríamos como animales. Pero como tenemos palabras, tenemos memoria y, en consecuencia, una realidad extensa y riquísima, para bien o para mal.

Pero debemos ir un poco más allá. Considerando todo esto, es necesario destacar que la articulación significativa –la articulación entre estados de cosas presentes y estados de ánimo o conceptos ausentes–, delata que hay sujetos que la realizan. Es más, podría decirse que el sujeto es, precisamente, un resultado de dicha apuesta. Incluso más: que el sujeto es dicha apuesta.

El problema está en que la actual estación histórica, con sus mecanismos de regulación ideológica, impide el surgimiento de un sujeto. Decimos esto porque la tendencia global es la de nunca tomar decisiones, ni responsabilizarse o, en su defecto, responsabilizar a la constitución biológica del hombre.

Por ejemplo, si hay infidelidad en la pareja ello no tiene que ver con el deterioro del vínculo o con el impasse constitutivo que es la relación sexual por el hecho de ser seres de lenguaje. No. Ahora se trataría de un gen, ¡existiría un gen de la infidelidad! En consecuencia, nadie sería responsable de ser infiel, toda la culpa recaería en este gen infinitesimal. Igualmente, la criminalidad, sería genética o bioquímica, tanto como el déficit de atención en los niños o cualquier otro problema de orden social. No es que la ciencia promulgue ese tipo de postulados delirantes sino que es en su nombre, avalándose en ella, que se lanzan estas campañas de irresponsabilidad generalizada. Entonces, si todo es biológico, si todo es incluso zoológico, no hay decisiones que tomar y, si ellas no existen, no existe un sujeto. ¿Qué es un sujeto, entonces? Precisamente ese vacío, ese salto, ese riesgo que toda significación, que toda decisión conlleva.

En consecuencia, por más pruebas que se propongan o consigan jamás veremos a una de ellas que fuerce mágicamente –y a la inversa de la ya conocida— una proclamación del tipo “¡Soy culpable!”. No hallaremos tampoco una que nos muestre el pasado a modo de una presencia sensible en la que veamos una orden realizada por Fujimori con las consecuencias nefastas que todos conocemos. (Esta no sería otra cosa sino una máquina del tiempo). Por lo tanto, una prueba es en el fondo una apuesta que se valida con rasgos de verosimilitud (la opinión de Martín Pallín citada más arriba es un ejemplo palmario), pero dichos rasgos no cubren toda la brecha del salto por realizar.

La pregunta que surge entonces es la siguiente: si la significación implica un riesgo que se convierte en sujeto y vivimos en un mundo que desacredita sistemáticamente esta dimensión singular de la subjetividad, ¿podremos esperar la aparición de esa sentencia-sujeto que es la condena contra Fujimori?

Toda certeza es aquí, entonces, como la significación: un acto de fe. Tengamos fe, seamos sujetos.

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