miércoles, septiembre 24, 2008

Fujimori y la función sígnica


La sentencia contra Alberto Fujimori está próxima a ser dictada. Se trata, como todos saben, de aquella que fallará sobre los casos de violación en contra de los derechos humanos. En esta situación puede decirse, sin temor a error, que las opiniones que se suscitarán no serán unívocas. Es evidente que los partidarios del ex presidente execrarán una sentencia que fuese condenatoria. Pero el motivo de esta breve reflexión es la posibilidad de que, devenida tal sentencia, una gran cantidad de ciudadanos peruanos se lamente y la repudie sin que ningún interés inmediato o semejante al de dichos partidarios intervenga.

Muchas son las respuestas de sentido común que aquí podrían esgrimirse, pero queremos intentar una distinta: por extraño que parezca, es probable que la causa de este rechazo, de este hipotético lamento por una condena contra Fujimori, sea el descrédito no reconocido, actual y posmoderno que se tiene por la llamada “mediación simbólica”.

Y ¿qué es la mediación simbólica? Dicho en pocas palabras, es el vínculo lingüístico que poseemos con la realidad. No se trata de un solipsismo idealista del tipo “lo real no existe, solo existe la realidad construida por el lenguaje”, se trata más bien de que lo real se transforma en realidad por la mediación de los signos. Creer lo contrario es sostener que las lenguas son simples rótulos adosados a las cosas preexistentes del mundo. Y no discutiré en contra de esta ingenuidad.

Pero, me preguntarán, ¿qué tiene que ver esto con la condena a Fujimori? Según se sabe, es ya imposible seguir sosteniendo, en su defensa, su desconocimiento respecto de las actividades del grupo Colina. Existen pruebas que esto demuestran. Por otro lado, tampoco es factible pretender que no hay evidencias documentales de las órdenes que tienen que haberse realizado para los “operativos especiales” de este grupo. De acuerdo con el juez emérito de la Corte Suprema de España, José Antonio Martín Pallín, siempre “es muy difícil encontrar rastros documentales de una orden expresa” de este tipo, lo cual no es ningún obstáculo para una sentencia condenatoria como la esperada. En consecuencia, existen indicios o los que hay son suficientes.

Algunos podrían afirmar, no obstante, que “las pruebas hablan”. Sin embargo, quiero acotar un hecho que siempre debe tomarse en cuenta: las pruebas no hablan, permiten hablar; no deciden, permiten decidir.

Quienes tienen la certeza de que habrá condena deben considerar que ninguna prueba presentada es absolutamente indicial, es decir, que su dimensión significante no guarda relación natural con respecto de lo que ella significa. El tránsito entre la prueba tangible que esta en el lugar del delito (el significante) y el delito propiamente (el significado o lo representado) implica un salto al vacío. ¡Y qué bien que esto sea así! Pero, ¿acaso no podemos afirmar que este salto delata una decisión y, en consecuencia, un sujeto que la realice?

En favor de Fujimori podría decirse que ningún salto al vacío es suficiente aval para una condena, que es muy riesgoso condenar a alguien a partir de una decisión que más parece una apuesta. Pero esta argumentación conllevaría un cuestionamiento insostenible: aquel según el cual resultaría imposible cualquier condena. Dicho de otro modo, si es imposible en este caso, ¿por qué no sería también imposible condenar en cualquier otro a partir de pruebas? Todo acto de significación –y la relación entre una prueba y un hecho que se quiere probar lo es— implica un riesgo que se debe tomar.

De hecho, el mundo occidental, tal y como lo conocemos, se constituyó sobre la decisión según la cual no hay vínculo natural entre lo representado y su representación. (Esto se llamó la arbitrariedad del signo lingüístico). En consecuencia, para que la modernidad deviniera, tuvo que aceptarse que los saltos significativos deban, incluso tengan que realizarse. Qué habría sido de nosotros, los seres de palabra (parlêtres como dice Lacan), si nunca pudiéramos “saltar entre”, es decir, articular estados de cosas con ausencias. Sin esto, la realidad no sería sino aquella que provendría de la experiencia directa de nuestro cuerpo en el entorno y que, inmediatamente, pasaría al olvido. Seríamos como animales. Pero como tenemos palabras, tenemos memoria y, en consecuencia, una realidad extensa y riquísima, para bien o para mal.

Pero debemos ir un poco más allá. Considerando todo esto, es necesario destacar que la articulación significativa –la articulación entre estados de cosas presentes y estados de ánimo o conceptos ausentes–, delata que hay sujetos que la realizan. Es más, podría decirse que el sujeto es, precisamente, un resultado de dicha apuesta. Incluso más: que el sujeto es dicha apuesta.

El problema está en que la actual estación histórica, con sus mecanismos de regulación ideológica, impide el surgimiento de un sujeto. Decimos esto porque la tendencia global es la de nunca tomar decisiones, ni responsabilizarse o, en su defecto, responsabilizar a la constitución biológica del hombre.

Por ejemplo, si hay infidelidad en la pareja ello no tiene que ver con el deterioro del vínculo o con el impasse constitutivo que es la relación sexual por el hecho de ser seres de lenguaje. No. Ahora se trataría de un gen, ¡existiría un gen de la infidelidad! En consecuencia, nadie sería responsable de ser infiel, toda la culpa recaería en este gen infinitesimal. Igualmente, la criminalidad, sería genética o bioquímica, tanto como el déficit de atención en los niños o cualquier otro problema de orden social. No es que la ciencia promulgue ese tipo de postulados delirantes sino que es en su nombre, avalándose en ella, que se lanzan estas campañas de irresponsabilidad generalizada. Entonces, si todo es biológico, si todo es incluso zoológico, no hay decisiones que tomar y, si ellas no existen, no existe un sujeto. ¿Qué es un sujeto, entonces? Precisamente ese vacío, ese salto, ese riesgo que toda significación, que toda decisión conlleva.

En consecuencia, por más pruebas que se propongan o consigan jamás veremos a una de ellas que fuerce mágicamente –y a la inversa de la ya conocida— una proclamación del tipo “¡Soy culpable!”. No hallaremos tampoco una que nos muestre el pasado a modo de una presencia sensible en la que veamos una orden realizada por Fujimori con las consecuencias nefastas que todos conocemos. (Esta no sería otra cosa sino una máquina del tiempo). Por lo tanto, una prueba es en el fondo una apuesta que se valida con rasgos de verosimilitud (la opinión de Martín Pallín citada más arriba es un ejemplo palmario), pero dichos rasgos no cubren toda la brecha del salto por realizar.

La pregunta que surge entonces es la siguiente: si la significación implica un riesgo que se convierte en sujeto y vivimos en un mundo que desacredita sistemáticamente esta dimensión singular de la subjetividad, ¿podremos esperar la aparición de esa sentencia-sujeto que es la condena contra Fujimori?

Toda certeza es aquí, entonces, como la significación: un acto de fe. Tengamos fe, seamos sujetos.

lunes, agosto 11, 2008

Una botella de gaseosa lacaniana


No sé si todos recuerdan aquella película de 1980 Los dioses deben estar locos (The Gods Must Be Crazy), escrita y dirigida por Jamie Uys. Se trata de un pequeño grupo de bosquimanos que habita en mitad del desierto de Kalahari, lejos de la civilización occidental, al que le ocurre un acontecimiento singular. En un momento completamente azaroso, un aviador que pasaba por ahí (con su avioneta, claro está) termina el último sorbo de una gaseosa negra y deja caer la botella desde las alturas. El objeto de vidrio transparente, en cuya superficie se aprecian inscripciones sinuosas y en relieve, va a parar a los pies de un pequeño y asombrado bosquimano. La interpretación que continúa le resulta verosímil: es un envío de los dioses.


Al principio, la botella tiene múltiples utilidades: machacar raíces, moler granos, contener líquidos, tocar música soplándola o golpeándola. Pero llega el momento en el que este regalo se torna peligroso. En una discusión alguien toma la botella por el pico y golpea a un hermano, a un amigo, hasta hacerlo experimentar un inconcebible dolor. Esto es lo que determina la decisión de devolver el obsequio a los dioses.


Pensemos en la botella desde la perspectiva de su producción en serie. ¿Qué es desde este punto de vista? Simplemente, una botella más, igual a todas las otras y completamente intercambiable. Se trata de un caso particular de un conjunto de reglas para su constitución. Las reglas dicen, aproximadamente, algo como: “de vidrio transparente”, “con 250 ml de capacidad”, “pico de bordes redondeados”, “obertura de 1cm de diámetro”, “base plana y circular de 5 cm de radio”, etc. Estas características se reproducen en todas y cada una de las unidades particulares de la serie que las constituye.


La relación que se establece entre tales características y las botellas concretas es aquella que podemos denominar una relación entre lo general y lo particular, respectivamente. El caso particular de una botella, incluso de esta, corrobora la regla general. Es una relación tranquila, lógica y sin perturbaciones.


Pero, ¿qué pasa con esta botella?, cae desde el cielo y se convierte en el motivo central de una nueva organización social en torno de ella. Todos la quieren, cada uno lee en sus formas y relieves una función proporcional a sus necesidades, apetencias o fantasías. Como no existe entre los bosquimanos ninguna regla para su constitución, posee la capacidad de convertirse en casi cualquier cosa, incluso en instrumento de funciones completamente contradictorias: puede servir en la producción de alimentos para la supervivencia de la comunidad (moler granos, aplastar raíces), como para la guerra y el exterminio de dicha comunidad (golpear con resultados sangrientos).


En este caso, la relación que se establece entre sus múltiples posibilidades y la botella es aquella que podemos denominar una relación entre lo universal y lo singular, respectivamente. De este modo, la botella en cuestión viene a ser lo que, en términos lacanianos se denominaría un objet petit a, un objeto cualquiera que es realmente un desecho y que, sin embargo, implica “algo más en él que él mismo”.


Y es un objeto singular porque, a diferencia de uno particular, no cumple con ninguna regla general; sino que, antes bien, se abre a un infinito de posibilidades. De este modo, el universal que deviene no es un concepto sino una apertura. Como diría Lacan, es un No-Todo.


Finalmente, quiero que noten que un particular puede convertirse –por lo menos en la anécdota narrada, pero no es inverosímil generalizar—, puede convertirse, digo, en un singular que se vincule con lo universal por circunstancias completamente fortuitas, absolutamente contingentes. No hay ninguna lógica, ninguna necesidad en la coincidencia entre el aviador y su sed, por un lado, y el bosquimano y su transitar, por el otro. Pudo ocurrir de otro modo, pudo no haber ocurrido nunca y, no obstante, ocurrió. A partir de esa pura contingencia, la vida del pequeño grupo de bosquimanos, por lo menos la de aquel encargado de devolver la botella a los dioses, ya no será nunca más la misma.


Precisamente, de lo que se trata en el psicoanálisis es de estar a la caza de la oportunidad azarosa para el advenimiento de lo singular. Si algo intenta el psicoanálisis de orientación lacaniana en la presente estación histórica es propiciar las condiciones del surgimiento de la subjetividad singular, del advenimiento de aquello que subvierta las regularidades particularizantes a las que nuestra civilización y sus fantasmas nos pretenden someter: no somos pues, eso debemos desear, un caso particular, sino un acontecimiento singular.


Pero no confundamos las cosas: las rebeldías histéricas no son singulares, entran perfectamente en el campo de lo particular. Como les dijo Lacan a los estudiantes parisinos en mayo del 68: “Ustedes quieren un amo, pues lo tendrán”. Y es que quien se rebela contra el amo, lo reconoce como tal y sin saberlo.


La singularidad es otra cosa: se trata de esa dimensión de lo imposible que quiebra en dos el devenir de los sujetos; después de este acontecimiento singular y, por supuesto, de la fidelidad que tengamos a su acontecer, las cosas ya no serán las mismas.

miércoles, julio 30, 2008

ANÁLISIS SEMIÓTICO Y DIDÁCTICO DE UNA SECUENCIA DE LA PELÍCULA “DIARIOS DE MOTOCICLETA”


0. INTRODUCCIÓN

El ensayo que sigue es un escorzo de aplicación de las categorías más elementales de la semiótica tensiva. No tiene, en consecuencia, otro objetivo que dar una ilustración de las posibilidades que otorga dicha teoría para el análisis de los discursos. En consonancia con esta perspectiva, hemos elegido una secuencia cinematográfica que se adapta muy bien a nuestra instrumentalización metodológica de algunos conceptos semióticos propuestos principalmente por Claude Zilberberg y Jacques Fontanille. Sin embargo, esta secuencia es, a nuestro parecer –lo que pretenderá demostrarse poco más adelante—, de un valor representativo singular. Podríamos decir que resulta una síntesis de la película y una proyección del discurso cinematográfico hacia el discurso de la historia. Se trata de una secuencia cerca del final de la película Diarios de motocicleta, del año 2004, dirigida por el mexicano Walter Salles. Esta cinta pone en escena la historia de dos jóvenes argentinos, Ernesto Guevara, el “Che”, y Alberto Granado, quienes emprenden, con una motocicleta Norton 500, un viaje por carretera para descubrir la verdadera América Latina. Ernesto es un joven estudiante de medicina de 23 años de edad, especializado en leprología y Alberto es un bioquímico de 29 años. La película sigue a ambos jóvenes, no solo en su viaje de descubrimiento de la compleja topografía humana y social del continente, sino también en la modificación subjetiva del personaje Ernesto (interpretado por Gael García), quien devela ese cambio, esa “revolución”, en un emocionante pero sencillo discurso en el que esboza lo que será el devenir del personaje histórico. El procedimiento que asumiremos en nuestra exposición es el de enunciar las categorías que se aplican metodológicamente desde la semiótica y, en vez de definirlas, utilizarlas inmediatamente en la operación de análisis de cada aspecto concreto de la secuencia seleccionada. En tal sentido, nuestro ensayo presupone el conocimiento de las categorías semióticas que son desarrolladas por los libros que aparecen en la bibliografía y que no serán citados. La secuencia se narrará en el propio proceso de nuestra descripción tensiva.



1. CAMPO POSICIONAL

Lo primero que debemos reconocer en un discurso es la toma de posición del cuerpo propio; este es el primer acto enunciativo. Existen varias tomas de posición en el discurso que pueden ser reconocidas: tenemos, en primer lugar, la toma de posición del realizador que hace posible el desembrague de escenarios, personajes y situaciones en el mundo de la representación. Luego tenemos la toma de posición del espectador que se enfrenta a la película como ante una presencia distinta de sí mismo, con su mira y su captación particular. Pero en esta ocasión nos interesa describir, dentro del mundo representado, la toma de posición de un personaje en particular. En este sentido, hemos elegido la escena final por su valor de síntesis respecto del sentido fundamental del personaje principal, Ernesto el Che Guevara.
Centro: Ernesto toma posición ante el mundo. Sale de la fiesta, en la que acaba de pronunciar un discurso frente a quienes lo agasajan por su cumpleaños y mira pensativo la oscuridad de la noche frente al río. En su discurso, verosímilmente emocionante, se ha esbozado una definición radical; en él, Ernesto bosqueja la posición del personaje histórico como un hombre dispuesto a luchar por la liberación de los desprotegidos y por la unidad de Latinoamérica. Desde esta “toma de posición” ante el mundo decide celebrar su cumpleaños al otro lado del río. Sucede que en la otra orilla divisa las luces tenues del campamento de los leprosos. En la ribera en la que se encuentra se oyen los sonidos de la fiesta cuyos participantes bailan un mambo; son un grupo de médicos, enfermeros y enfermeras que se encuentran despreocupados respecto de los enfermos al otro lado de la orilla y Ernesto decide, como obligado por su pronunciamiento, cruzar el río a nado.
Horizonte: La oscuridad de la noche. Podríamos decir que se trata de un campo de presencias indeterminado, misterioso y peligroso. En esos límites del campo de presencia se encuentran las tenues luces del campamento de los leprosos.
Profundidad: Estas luces hacen las veces de la segunda presencia. Ellas son puestas en la mira con una determinada intensidad y con una determinada extensión. Al principio son mirados con una baja intensidad y con una máxima extensión, en este caso, decimos que tienen una máxima extensión porque dicha presencia se encuentra lejos de la primera presencia sensible. No obstante, pese a estar muy alejado de la segunda presencia, su compromiso solidario con la humanidad hace que esas luces tenues aumenten en intensidad; ella irá incrementándose en la medida en que Ernesto se vaya aproximando a nado hasta la otra orilla con un enorme esfuerzo. A medida que aumenta la intensidad, disminuye la extensión. Pero esto será explicado con más precisión poco más adelante.


2. EXPRESIÓN Y CONTENIDO

La semiosis que se configura a partir de esta toma de posición propioceptiva hace de la oscuridad de la noche, las luces tenues en la otra orilla y el brillo que se proyecta sobre las aguas del río, presencias sensibles que se convierten en elementos de una dimensión exteroceptiva, es decir, del plano de la expresión que se articulan con ciertos estados de ánimo del mundo interior o plano interoceptivo. Al principio todo ello, en el plano de la expresión, se relaciona, en el plano del contenido con sentimientos disfóricos, es decir, con el desinterés por el semejante, con la falta de fraternidad respecto del enfermo separado de la vida normal, y condenado a no poder celebrar los eventos que los sanos si pueden celebrar. Esto propicia una profunda desazón, un fuerte remordimiento que Ernesto quiere resolver.
Se trata, pues, de fuertes emociones de solidaridad que se presentan con una gran intensidad. Cabe resaltar que la dimensión sensible prácticamente nula del plano de la expresión se articula con una dimensión interoceptiva de fuertes emociones que obligan a la acción descomunal, al esfuerzo que linda con las capacidades físicas del ser humano.
Así, la correlación semisimbólica entre el plano del contenido y el plano de la expresión –efecto de una determinada toma de posición ante el mundo– produce una significación particular, en la que la dimensión interoceptiva resulta preeminente, muy destacable, respecto de la dimensión exteroceptiva. Podría decirse que los estados de ánimo que causan una determinada acción muy esforzada produce el cambio en los estados de cosas. Esto es así debido a que el esfuerzo del recorrido a nado y finalmente el logró de Ernesto en llegar a la otra orilla propician que lo que antes era calma, oscuridad, separación entre sanos y enfermos, se transforme en un acto colectivo de apoyo y de arenga para que Ernesto logre su cometido y, finalmente, se transforme en una celebración eufórica de los sanos y los enfermos. Los uno y los otros resultan hermanados en esta celebración, con abrazos y vivas, en un gesto eufórico que rompe las barreras convencionales establecidas.



3. ACTANTES POSICIONALES

Desde la perspectiva de los actantes posicionales, fuente, blanco y control, podríamos decir que Ernesto, se configura como la fuente de su mira y su captación. Él, después de su “toma de posición” comprometida con el semejante, dirige una mira y una captación intencional hacia las luces al otro lado del río. Ellas son, el blanco de su mira y su captación, en tanto que se les reconoce como no intencionales: las luces son captadas, es decir, cuantificadas como lejanas y tenues, pero también miradas con una alta intensidad debido a su juramento a favor de los desposeídos. La instancia de control resulta ser, en este caso, una confluencia entre el esfuerzo físico desplegado para el cometido de cruzar, como nadie antes, el río, y la densidad del agua que le hace resistencia a su esfuerzo, resistencia que finalmente vence. La instancia de control regula la relación entre la fuente y el blanco y determina, aquí, que el vínculo entre ambos, es decir, la orientación intencional desde la fuente hasta el blanco adquiera el relieve de un logro casi épico, casi sobrehumano.



4. ESQUEMA DE LAS TENSIONES

La mira y la captación intencional, entendidas ahora como valencias configuran en su correlación un conjunto determinado de valores puestos en juego desde la toma de posición propioceptiva de Ernesto –presencia desembragada en el mundo representado– de tal suerte que podemos describir, con el esquema tensivo, ciertos puntos fundamentales de la secuencia de la siguiente manera:
Habíamos mencionado que la presencia de las luces se configuraban con una gran extensión o extensión difusa y que la mira intencional determinaba una cierta intensidad no poca, pero tampoco demasiado alta. Decimos esto porque es evidente que dichas luces y lo que ellas significan al inicio (separación, desinterés) resulta el motor de su resolución de celebrar su cumpleaños al otro lado de la orilla.
Paulatinamente –debemos suponer–, las luces se van haciendo más intensas: la esforzada aproximación a nado hace que la tenue presencia inicial se haga cada vez más intensa y de una extensión concentrada. Describimos el proceso como un aumento en la intensidad debido a que el esfuerzo físico toca los límites de lo posible, lo que supone una gran intensidad de la fuerza. Y decimos que la extensión es cada vez más concentrada porque hemos partido de la premisa según la cual ello significa aproximación. Se trataría, pues, de una correlación inversa: a menor extensión, mayor intensidad.



Sin embargo, creemos que plantear este esquema implica considerar exclusivamente los cambios sensibles en la presencia de Ernesto como si estuviera separada de su entorno, sin ningún interés en lo que se suscita alrededor suyo y por su causa. Esto último, en realidad, resulta más importante respecto de los valores configurados en la escena. Por ello podemos, con más precisión, plantear que de lo que se trata en este proceso de aproximación se describe en términos tensivos como una correlación conversa, es decir, aumenta la intensidad a la par que se produce un aumento en la extensión.
Esto resulta así en la medida en que las fogatas del campamento de leprosos, al otro lado del río, no son simplemente manifestaciones de un fenómeno físico llamado luz; ellas son, en realidad, un punto de partida para el paulatino despertar de las emociones de los hombres y mujeres en ambas laderas del río a través del esfuerzo natatorio de Ernesto. En este sentido, lo que va ocurriendo es que el acto de Ernesto no sólo aumenta la intensidad sino que aumenta en extensión.

Esta correlación conversa resulta más verosímil si la relacionamos con el intento de Ernesto de luchar por causas justas y solidarias (lo que resulta manifiesto a través de su discurso pronunciado entre médicos, enfermeras y demás). Así, lo que en la película entera es percibido como un proceso de ampliación de la experiencia del personaje principal en su contacto con distintas personas de Latinoamérica y sus vicisitudes (un aumento de la extensión), en esta secuencia resulta también claro que son cada vez más los hombres y mujeres que contemplan el trayecto de Ernesto a través del río; esto también es, en consecuencia, un paulatino aumento en la extensión.

De otra parte, la experiencia de Ernesto a lo largo de la película propicia un aumento en la intensidad de su solidaridad para con los desvalidos. Esto, en la escena analizada, es correlativo del aumento en la intensidad tanto de su esfuerzo como del interés de las personas y de la euforia que propicia su logro. Una frase de la película resume el proceso: “Deja que el mundo te cambie y podrás cambiar el mundo”; es decir, lo que recibió Ernesto como experiencia (un aumento en la intensidad de su solidaridad y en la extensión, en la cantidad de gente por la que se solidariza) es luego proyectada intencionalmente hacia el mundo: su esfuerzo de nadar de un lado al otro del río es la causa de la transformación en las personas, un cambio que tiene un sentido positivo: de la ausencia de interés, al regocijo por el logro de un hombre a favor de todos los hombres.


5. EL CUADRADO SEMIÓTICO

Finalmente, los valores más generales que parecen ponerse en juego serían entonces la apatía opuesta a la solidaridad:



Y el camino que se realizaría entre ambas podría ser descrito como canónico progresivo. La apatía es polarizada como negativa y la solidaridad como positiva. Decimos que es un recorrido canónico en la medida en que el acto de Ernesto saca a sanos y enfermos de su apatía, podríamos decir que la NO APATÍA equivale al esfuerzo de Ernesto por llegar hasta los leprosos.

No está demás destacar que la apatía es aquí opuesta a la solidaridad y que ello probablemente no sea de la misma manera en otro discurso. Los valores configurados lo son en este fragmento narrativo destacado por nuestro análisis y no siempre así en todos los casos. Al margen de esto, la acción de Ernesto adquiere un valor “negativo” o, más precisamente, contradictorio pero respecto de la apatía que intenta abolir. De este modo dicha acción implica o es complementaria de la solidaridad entre los hombres que pretende conseguir y, aparentemente, consigue.

Lamentablemente, nosotros sabemos que la historia desmiente a la película. El mundo contemporáneo es uno en el que los valores que la figura de Ernesto representa se han devaluado. Podríamos hablar de un tránsito canónico regresivo desde la solidaridad a la apatía.



Una pregunta que resulta pertinente y sin respuesta es la siguiente: ¿qué ha servido de puente contradictorio respecto de la solidaridad hacia la apatía? ¿Qué ha sido aquello que nos condujo a este mundo desencantado e individualista que nos agobia? Quizás lo que en realidad sucede no es que no haya una respuesta, sino que son demasiadas; y son tantas que la respuesta unívoca, clara, manejable y controlable (es decir capaz de ser revertida) parece resultar imposible. ¿Lo será realmente?


6. BIBLIOGRAFÍA


FONTANILLE, Jacques. Semiótica del discurso. Lima, Universidad de Lima y FCE, 2001.

­­­­­­­­-----------------------------. Semiótica de las pasiones: Seminario 1995 de Puebla. En Morphé 9/10. Universidad Autónoma de Puebla.

FONTANILLE, J [y] ZILBERBERG, Claude. Tensión y significación. Lima, Universidad de Lima y F.C.E., 2004.

ZILBERBERG, Claude. Ensayos de semiótica tensiva. Lima, Universidad de Lima y F.C.E., 2001.

----------------------------. Semiótica tensiva. Lima, Universidad de Lima., 2007.

martes, enero 08, 2008

¡ESTÁS BIEN HUON SI CREES QUE VOLVERÉ A WONG!


Al llegar a la fila de una las cajas del Wong de San Miguel, pude observar la compra del tipo que iba a ser atendido inmediatamente. Se trataba de una tetera plateada con tapita negra, una sartén de teflón y una cacerola naranja con una rejilla con mango que iba por dentro. “¡Para cocinar tallarines!”, pensé y quise haber comprado justo eso; pero yo ya tengo en mi casa el instrumental adecuado y flamantemente adquirido para el particular.

El asunto es que me proyecté en ese comprador: un hombre que recientemente acaba de mudarse a una nueva soltería debe atender esos detalles “femeninos” para no gastar demasiado en las comidas de la calle y cocinar en casa. Podrán decirme que ese tipo no tiene por qué ser necesariamente un “de nuevo soltero”, también es posible que tuviera una novia esperándolo o que, en realidad, acaba de casarse y está siguiendo las precisas directivas de su esposa escritas en un papelito.

Puede ser. Acepto. En todo caso ese comprador tenía algo que ver conmigo: usó tarjeta de crédito para pagar, era un casi cuarentón que vestía una camisa de manga corta y colores claros, y no era precisamente apuesto pero tampoco un “engendro de Satanás”, como decía mi abuelita. Ante esto, podrán sostener que ese tipo de personas es demasiado general y que, por consiguiente, no hay razón para identificarse con una clase tan borrosa como esa.

Acepto, una vez más. Pero acepto sobre todo porque en ese instante, la cajera le preguntó si tenía la tarjeta Bonus, para acumular puntos. El comprador, hasta ahí mi alter ego, dijo en voz alta: “No, no tengo. La quemé cuando esto fue comprado por los chilenos. ¡Ahí se acabó!”.

Que alguien me explique, por favor, en qué sentido beneficiamos a los chilenos de Cencosud, actuales propietarios del supermercado, cuando acumulamos puntos bonus y no cuando compramos en su tienda. Lo único que se me ocurre es que, probablemente, los productos canjeables por puntos sean chilenos (alentando así su producción) y que los productos vendidos en la tienda sean peruanos. En fin, eso es lo de menos ahora.

Lo importante es que ya no yo pero sí un grupo muy grande de limeños debe sentirse identificado con este comprador dolido que ya no quisiera volver a Wong pero que, de vez en cuando, se traiciona y termina refunfuñando dentro de uno de sus locales y pagando el precio con la rebaja estipulada.

Y es que Wong, el supermercado del trato amable, de la tradicional familia de clase media limeña, la empresa emblemática del esfuerzo peruano de salir adelante, ha sido vendida a este grupo comercial chileno. Y es inútil decir, simplemente, que se trata de un negocio entre empresas privadas y que Don Erasmo Wong ahora será accionista en Chile y que no es verdad que se esté chilenizando la economía peruana. (La inversión chilena, según los entendidos, está en cuarto o quinto lugar respecto de la inversión de otros capitales extranjeros). Se trata de otra cosa.

Los miraflorinos, por ejemplo, al salir de misa se iban en familia a comprar a la tienda del lado en el Ovalo Gutierrez. Toda una institución. Una amiga mía –otro ejemplo— era una gran entusiasta de las bolsas ecológicas del supermercado. ¿Y el corso de Wong? ¿Y el papa Noel mecánico puesto en las puertas durante las fiestas navideñas? Todos estos detalles y muchos otros más que pueblan nuestros mejores recuerdos ¿ahora solo serán viles estrategias de venta para beneficiar a una empresa extranjera?

Lo que sucede es que la mayoría se ha sentido mellada en lo “propio”, “traicionada” en lo nacional. (Y sabemos además que Chile, para los peruanos, tiene todavía un aura no reconocida de malignidad y de cuentas aún no ajustadas desde la Guerra del Pacífico). Pero el asunto va un poco más allá. Es probable que se trate de una contradicción entre la aceptación del capitalismo como “el modo natural” de la economía en el mundo y el rechazo de sus consecuencias.

Como sostiene con acritud Terry Eagleton en Después de la teoría: “La norma ahora es el dinero; pero como el dinero no tiene absolutamente ningún principio ni identidad propia, no es ningún tipo de norma en lo absoluto. Es absolutamente promiscuo, y se irá alegremente con el mejor postor. Se adapta infinitamente bien a la más singular o extremada de las situaciones y, al igual que la reina, no tiene opiniones propias sobre nada” (p. 28).

En consecuencia, si se acepta que la lógica del mercado es “natural” debería aceptarse también que las barreras nacionales no son ningún tipo de traba y que, por lo tanto, “nuestro” Wong sea “chileno”. Lo cierto es que el par pseudo categorial peruano/chileno no tienen ya ninguna relevancia sino que se trata de dinero y de la ley de la oferta y la demanda.

Por supuesto, también podemos adoptar la idea –y la acción— según la cual el capitalismo no es ninguna forma natural… ¡Ajá!

En todo caso, este comprador se fue con su menaje de cocina envuelto en ecológicas bolsas blancas y rojas (los colores nacionales ahora también sirven al capital extranjero) y la guapa cajera me preguntó si tenía mi bonus. “Para acumular puntos”, me sugirió un poco desencajada por el comentario de mi ex alter ego. Yo le dije que sí y se la entregué. “Pero la quemaré”, le advertí solo para hacerla sonreír un poco.