martes, octubre 09, 2007

TANTA VIDA EN TAN POCA MUERTE, TANTA MUERTE EN TAN POCA VIDA






Ayer se cumplieron cuarenta años de la muerte de Ernesto Che Guevara y, por ese motivo, me he puesto a revisar alguna información sobre este acontecimiento: he visto fotos impactantes, videos sorprendentes, he escuchado homenajes poéticos y he leído algunos análisis históricos sobre el error de Bolivia. Todo eso está en Internet y puede ser consultado a partir de una breve búsqueda en Google o en Youtube.

Algo me parece que debiera añadirse a todo esa información. Se trata de lo que podríamos llamar una doble muerte del Che que se presenta en sus imágenes. Y es que por estas fechas recordamos el deceso de este revolucionario argentino pero, en cierto modo, podemos decir que estaba muerto antes de su muerte. Y para demostrarlo quisiera contrastar dos famosas fotos de Guevara: la tomada por Alberto Korda en una ceremonia fúnebre, la que hará entrar su imagen en una reproductividad sin fin, y aquella otra que nos muestra al revolucionario muerto pero con una “mirada serena”.


La foto de Korda (la primera que muestro) es aquella que llena de simbolismo la presencia viva del hombre apellidado Guevara. Podríamos decir entonces que, en cierto modo, mortifica su cuerpo singular con algo que lo sobrepasa intensa y extensamente, y lo transporta a dimensiones cósmicas no imaginadas. Y es que esa imagen, simplemente la de un hombre es, obviamente, algo completamente distinto de solo un hombre; tiene una fuerza y un poder de multiplicación que no ha cesado y no cesará, aparentemente. La imagen de un cuerpo humano a veces soporta, como en este caso, un peso simbólico y descomunal que ningún cuerpo vivo podría soportar. En pocas palabras esa imagen es la de un cuerpo vivo mortificado por lo simbólico.




La foto del rostro muerto de Guevara en aquella camilla en Bolivia es todo lo contrario. Se trata ahora de un cuerpo muerto y descendido como de una cruz –también mucho se ha hablado de la semejanza de Cristo con este rostro apacible— pero ¿y esa mirada? ¿Es que el revolucionario apunto con los ojos a sus asesinos con una tranquilidad y un perdón insoportablemente divinos hasta el último minuto? Parece ser, sin embargo, que el cuerpo de Guevara fue atado al patín de un helicóptero y llevado desde La Higuera a Valle Grande, lugar de las famosas fotos finales. El viento del viaje, entonces, le habría fijado los ojos en esa mirada perpetua.

Al margen de las desmitificaciones, la imagen de Guevara es aquí la de un muerto transido de una vitalidad inhumana y persistente. Es, al contrario de la foto de Korda, un cuerpo muerto vivificado por lo real, entendido aquí, como lo diría Zizek, como un “remanente de Vida-Substancia que ha escapado a la colonización simbólica”. Y es que no podemos dejar de sentir inquietud ante esa mirada que tiene demasiada vida. “¿Está realmente muerto?”

Sea como fuere, como un cuerpo vivo inoculado de mortificación o como un cuerpo muerto infectado por una vida imposible, debemos reconocer que, en general (sí, también me refiero a nosotros), no se está simplemente vivo o simplemente muerto.

La vida en el escenario del mundo se encuentra tomada por lo que, en términos del poeta Neruda, podríamos llamar “la pequeña muerte”: esa automatización en la que caemos y que nos permite “existir” en una continuidad metonímica sin fin: levantarse a las 6 y 30, llegar a firmar o a marcar tarjeta a las 7 de la mañana, trabajar hasta las siete de la noche, llegar a cenar y a tomarse una copa de la bebida preferida, ver un poco de televisión y luego a dormir… para luego continuar con el automaton al día siguiente.

Pero también estamos inoculados de una persistencia de otro tipo. Se trata de algo inherentemente inhumano, esa substancia de goce, ese residuo de la simbolización que también nos implica y que debemos hacerlo con uno, pese a que no es nada fácil. Lamentablemente, también es sencillo poner ejemplos de esto. ¿Y es que acaso no hemos sentido nunca angustia? La angustia, que puede ser asfixiante, tiene como causa precisamente esa dimensión excedente, no muerta, inhumana justo en el meollo mismo de nuestra humanidad.


Sé que puede sonar demasiado deprimente esta necesidad de reconocer un excedente no muerto en la vida humana, pero no reconocerlo me parece peor. Después de todo, la angustia puede ser productiva, como sostiene Lacan. La angustia puede ser el agente de una modificación subjetiva radical y habría que tomársela como un riesgo necesario.

Saludemos pues la vida, en esta fecha de recordación, pero no la despojemos de su resto inherente. Ahí está la mirada del Che, fija eternamente, para que no nos dejemos engañar.