lunes, diciembre 24, 2007

Hoy es navidad, ¡pucha!


He realizado algunas encuestas –cuyo valor representativo no me importa ahora mucho— y por eso creo que lo voy a escribir no será demasiado inverosímil. La navidad es tóxica. Sí. Al acercarse esta fecha, pregunté a algunos amigos míos sobre sus sentimientos respecto de ese advenimiento y me decía aproximadamente lo mismo: “la odio”. Otros, en cambio, la asumían de una manera más serena: “se trata de un buen argumento para levantarse tarde y holgazanear un poco”.

Una amiga, me dijo con palabras claras su propia experiencia y creo que casi se puede generalizar: “mi madre se iba a sentir muy mal y nada de lo que yo pudiera hacer serviría para aliviarla”. Se trataba de que, en estas fechas, todos los desencuentros familiares tendrían que ser atenuados sin que realmente se hubieran arreglado. Y creo que allí radica el asunto: la familia puede llegar a ser asfixiante en navidad.

Imaginemos (complementemos) lo siguiente: estamos ahí con nuestro padre que nos malquiso o nos avergonzó para siempre alguna vez, con nuestra madre que nos atiborra de comida y que está completamente loca, con un tío que mira lascivamente el trasero de una de nuestras primas adolescentes, con nuestros sobrinos, una manga de idiotas que vienen como empotrados a los juegos de videos, con la abuela habitada por el Sr. Alzheimer y conectada a un tanque de oxígeno por medio de un tubito transparente que le sale de la nariz, con algún tarado clínicamente verificado como tal y que tiene nuestra misma sangre y así, una serie infinita de posibilidades. Lo peor es que todo eso también somos nosotros.

Es decir, qué me creo, ¿acaso yo no fui criado en medio de esa gente?, ¿es que yo no compartí, en algún momento, las mismas experiencias que quizás determinaron lo que mi familia es como ahora la veo?

En todo caso, tenemos que llegar a la cena navideña, incluso cooperar para su organización, sentarnos a la mesa para comer los manjares comprados en el supermercado (que ahora es chileno) o preparados con tanto cariño por alguna madre o tía o hermana, al lado de esa simultánea fauna de todo lo que hemos decidido no ser nunca nosotros mismos, y no podemos escapar.

Pero es fácil desvirtuar todo esto. Ustedes me dirán: “no todos tienen una familia tan abominable como la tuya”. A esto les responderé: tampoco es exactamente así la mía (aunque ese tío viejo y lascivo si me pertenece). El problema no es este, creo que lo que sucede es lo siguiente: la navidad puede llegar a experimentarse como una asfixiante vuelta a la fase previa a nuestra salida al mundo. ¿Qué pasa cuando Odiseo retorna del mundo extraño y logra extirpar todo lo extraño de su mundo? ¡Su historia se acaba!
La vida, la importante, la que nos interesa es, entonces, ese conjunto de hechos realizados o sobrellevados cuando salimos de la endogamia (para utilizar la palabra de un buen amigo), cuando ya no estamos en la casita, con la mamita, dentro de la camita. La vida es lo que hacemos fuera de las coordenadas que nos dieron lugar.

En consecuencia, no nos sintamos mal por “odiar” la navidad, lo que pasa es que odiamos que periódicamente tengamos que volver a ese lugar que ya nada o casi nada tiene que ver con nosotros y que, sin embargo, las costumbres nos obligan a asumir como propio. Es por esto que aquella frase tan trillada que reza así: “la navidad es para los niños”, tiene un sentido preciso: la navidad es endogámica; cuando ya nos echamos a la mar, Ítaca será por siempre recordada, incluso añorada, pero nunca nuevamente vivida. Que así sea.

No se preocupen, se pasa como si nada. Que la disfruten.

martes, octubre 09, 2007

TANTA VIDA EN TAN POCA MUERTE, TANTA MUERTE EN TAN POCA VIDA






Ayer se cumplieron cuarenta años de la muerte de Ernesto Che Guevara y, por ese motivo, me he puesto a revisar alguna información sobre este acontecimiento: he visto fotos impactantes, videos sorprendentes, he escuchado homenajes poéticos y he leído algunos análisis históricos sobre el error de Bolivia. Todo eso está en Internet y puede ser consultado a partir de una breve búsqueda en Google o en Youtube.

Algo me parece que debiera añadirse a todo esa información. Se trata de lo que podríamos llamar una doble muerte del Che que se presenta en sus imágenes. Y es que por estas fechas recordamos el deceso de este revolucionario argentino pero, en cierto modo, podemos decir que estaba muerto antes de su muerte. Y para demostrarlo quisiera contrastar dos famosas fotos de Guevara: la tomada por Alberto Korda en una ceremonia fúnebre, la que hará entrar su imagen en una reproductividad sin fin, y aquella otra que nos muestra al revolucionario muerto pero con una “mirada serena”.


La foto de Korda (la primera que muestro) es aquella que llena de simbolismo la presencia viva del hombre apellidado Guevara. Podríamos decir entonces que, en cierto modo, mortifica su cuerpo singular con algo que lo sobrepasa intensa y extensamente, y lo transporta a dimensiones cósmicas no imaginadas. Y es que esa imagen, simplemente la de un hombre es, obviamente, algo completamente distinto de solo un hombre; tiene una fuerza y un poder de multiplicación que no ha cesado y no cesará, aparentemente. La imagen de un cuerpo humano a veces soporta, como en este caso, un peso simbólico y descomunal que ningún cuerpo vivo podría soportar. En pocas palabras esa imagen es la de un cuerpo vivo mortificado por lo simbólico.




La foto del rostro muerto de Guevara en aquella camilla en Bolivia es todo lo contrario. Se trata ahora de un cuerpo muerto y descendido como de una cruz –también mucho se ha hablado de la semejanza de Cristo con este rostro apacible— pero ¿y esa mirada? ¿Es que el revolucionario apunto con los ojos a sus asesinos con una tranquilidad y un perdón insoportablemente divinos hasta el último minuto? Parece ser, sin embargo, que el cuerpo de Guevara fue atado al patín de un helicóptero y llevado desde La Higuera a Valle Grande, lugar de las famosas fotos finales. El viento del viaje, entonces, le habría fijado los ojos en esa mirada perpetua.

Al margen de las desmitificaciones, la imagen de Guevara es aquí la de un muerto transido de una vitalidad inhumana y persistente. Es, al contrario de la foto de Korda, un cuerpo muerto vivificado por lo real, entendido aquí, como lo diría Zizek, como un “remanente de Vida-Substancia que ha escapado a la colonización simbólica”. Y es que no podemos dejar de sentir inquietud ante esa mirada que tiene demasiada vida. “¿Está realmente muerto?”

Sea como fuere, como un cuerpo vivo inoculado de mortificación o como un cuerpo muerto infectado por una vida imposible, debemos reconocer que, en general (sí, también me refiero a nosotros), no se está simplemente vivo o simplemente muerto.

La vida en el escenario del mundo se encuentra tomada por lo que, en términos del poeta Neruda, podríamos llamar “la pequeña muerte”: esa automatización en la que caemos y que nos permite “existir” en una continuidad metonímica sin fin: levantarse a las 6 y 30, llegar a firmar o a marcar tarjeta a las 7 de la mañana, trabajar hasta las siete de la noche, llegar a cenar y a tomarse una copa de la bebida preferida, ver un poco de televisión y luego a dormir… para luego continuar con el automaton al día siguiente.

Pero también estamos inoculados de una persistencia de otro tipo. Se trata de algo inherentemente inhumano, esa substancia de goce, ese residuo de la simbolización que también nos implica y que debemos hacerlo con uno, pese a que no es nada fácil. Lamentablemente, también es sencillo poner ejemplos de esto. ¿Y es que acaso no hemos sentido nunca angustia? La angustia, que puede ser asfixiante, tiene como causa precisamente esa dimensión excedente, no muerta, inhumana justo en el meollo mismo de nuestra humanidad.


Sé que puede sonar demasiado deprimente esta necesidad de reconocer un excedente no muerto en la vida humana, pero no reconocerlo me parece peor. Después de todo, la angustia puede ser productiva, como sostiene Lacan. La angustia puede ser el agente de una modificación subjetiva radical y habría que tomársela como un riesgo necesario.

Saludemos pues la vida, en esta fecha de recordación, pero no la despojemos de su resto inherente. Ahí está la mirada del Che, fija eternamente, para que no nos dejemos engañar.



viernes, junio 08, 2007

El encuentro con lo real en algunos poemas de José Watanabe (Análisis de Habitó entre nosotros)




El texto que aquí les presento fue publicado en una revista sanmarquina, Tinta Expresa. Revista de Literatura. Año 2, Número 2, Lima, 2006. pp. 13 – 18. Con la anuencia de mis amigos y estudiantes quisiera incluir sus reflexiones en este espacio virtual. Y lo hago porque recientemente escuché que este sería el peor poemario de Watanabe. No estoy de acuerdo y creo poder demostrar que su valor se expande más allá de lo que pudiera pensarse.





Lo real no es la realidad. La realidad está relacionada con la ficción y con la verdad. Como un amigo me hizo recordar recientemente, la novela histórica, por ejemplo, se sostiene en esa posibilidad abierta por lo desconocido colindante con lo público en la vida de los personajes históricos; así, lo ficticio adquiere verosimilitud por su continuidad con lo históricamente verdadero. Lo real es otra cosa.
Para definir lo real –cosa paradójica, porque lo real no se alcanza por la vía de la definición–, Jacques Lacan empleó tres aforismos: el primero dice que lo real es aquello que siempre retorna a su lugar, el segundo sostiene que lo real es lo imposible, y el tercero vincula lo real con el goce. En esta ocasión, resulta pertinente la segunda fórmula, lo real es lo imposible
[1], para abordar los poemas de José Watanabe.
Pero, se preguntarán, ¿lo imposible?, ¿lo imposible en el discurso? ¿El discurso no es, antes bien, una actualización e incluso una realización de lo posible? Para responder a estas preguntas, se puede demostrar que lo imposible adviene incluso con lo necesario. Pensemos en una máquina, en un reloj antiguo: un conjunto de engranajes, resortes y cuerdas finamente articulados que juntos generan un movimiento. Ese movimiento es el resultado no solo posible sino necesario de dicha articulación. Cada giro de una manecilla del reloj, el desplazamiento del minutero del número doce al número uno, por ejemplo, devela y oculta simultáneamente el imposible recorrido del uno al doce. En general, cada movimiento de esta máquina impide otro y así, lo que resulta imposible se encuentra adherido negativamente a lo necesario.
De un texto, y más de un poema, se exige el ajuste, la precisión de una máquina autónoma. Es decir que un texto, por definición, por mera doxa lingüística, debe ser un todo coherente. Se hace, entonces incitante sospechar que haya un cierto real en los poemas y más aún en la preciosa relojería que son los poemas de Watanabe. Sin embargo, esta dimensión lógica de lo real imposible no es la única que resulta pertinente en los discursos; podría plantearse, con Slavoj Zizek, que no solo es correcto decir “lo real es imposible”, sino que también es factible afirmar “lo imposible es real”. Y con eso se está queriendo decir que lo real aparece o más precisamente irrumpe en los discursos con el modo de una presencia de carácter excesivo o de una representación de presencia la cual, no obstante, representa la traumática nada.
Ahora bien, el antiguo modo de ser de lo imposible es, como se supondrá, lo posible; pero ocurrió que por intervención de lo contingente aquello que era del todo posible se escindió de sí mismo y se convirtió en o necesario o imposible. Es contingente el hecho de que una determinada cantidad de dientes de un engranaje de relojería sea elegido, es contingente que un determinado tema, una palabra o una figura sea inscrita en un texto; pero, una vez establecida como necesaria, todo lo otro, lo que pudo ser, resulta imposible y decimos “ese tamaño del engranaje es el adecuado”, “aquella palabra es exacta y no pudo ser otra”. De este modo, lo contingente es el operador del surgimiento de lo necesario y del develamiento de lo real.
Los poemas de José Watanabe, los que observaremos en esta ocasión, recorren los espacios de lo posible y de este modo nos retrotraen a un momento anterior, aquel en el que lo imposible no se distinguía de lo necesario. Este es el sentido de las operaciones discursivas que se realizan en el poemario Habitó entre nosotros
[2]. Es por ello que puede afirmarse que es un libro claramente posmoderno, es decir, tomado por aquella sensación –que desborda el ámbito estrictamente literario e inunda el campo de la ciencia–, según la cual habitamos un mundo que solo es uno de los resultados posibles y que los otros, los reprimidos, asechan o deambulan amenazantes en torno a la realidad en que vivimos[3]. Lo paradójico de este libro es que, sin embargo, el inicio es una cita bíblica que, a modo de epígrafe, alude al proceso contrario, el de la neutralización de lo potencial, el de la transformación de lo posible en necesario: “Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros (Juan 1, 14)”. En otras palabras, lo divino virtual se actualizó y se realizó en una presencia específica, la de Cristo. De este modo, la indagación poética por los espacios de lo posible halla su pivote, su anclaje, en un acto de fe: el carácter necesario de la existencia de Jesús.
Pero, ¿en qué sentido es lo posible el ámbito de este libro? Utilizando algunas categorías de la semiótica
[4], podemos decir que se trata de las presencias desembragadas en los poemas como enunciadores: los llamados hablantes líricos son voces posibles respecto de los establecidos relatos bíblicos de la Pasión. En el primer poema, “La Natividad”, escuchamos la voz del padre terrenal de Cristo: “Esta es tu patria, hijo mío, /un establo donde tu madre / ya duerme / de regreso a nuestra especie:…” (p. 13). En el penúltimo poema, “La Crucifixión”, es la verosímil voz de la madre la que escuchamos diciendo: “Elevado en la cruz, hijo mío, / te haces cada vez más vertical: tu cabeza / injuriada por espinas / ya toca las más altas nubes” (p. 55). Son voces posibles porque no perturban la lógica de los relatos establecidos por los apóstoles y consagrados por la tradición eclesiástica. Pero son posibles, fundamentalmente, porque se ubican en un tiempo anterior a su advenimiento como necesario, a su coagulación en dichos textos bíblicos. En otras palabras, son enunciados que, al ser presentados en primera persona y muchas veces en tiempo presente, requieren o incluso conminan la aparición de un espacio y un tiempo anterior al relato escrito por los apóstoles.
Un poema emblemático de la dimensión potencial en la que habita el libro es “El sembrador”. En él, se establece el posible origen de la parábola que lleva el mismo nombre. Es el relato homodiegético de un agricultor que nos permite conocer su encuentro con un hombre que, ocasionalmente, lo observaba apoyado en el cerco de su campo. Después de haber dejado caer semillas en un pedregal y de haber arrojado otras tantas entre los cardos, el sembrador por fin procede correctamente; en el poema se lee:


Y llegué a la tierra barbechada.
Hice el voleo como se ofrece zalemas a un dios.

–Tendrás el granera lleno –me aseguró el hombre, y
antes de marcharse, sonriendo suavemente
me dijo : eres una parábola. (p. 31)

La muy conocida parábola bíblica del Sembrador que pretende ilustrar una clasificación de los hombres según reciben la “doctrina del reino” surge del relato de un hecho contingente: el encuentro de un agricultor en su tarea con el caminante ocasional que –inferimos inmediatamente– es Jesús. De este modo, lo que a nuestros oídos ha llegado con una forma rígida y necesaria es puesto en el espacio de lo que pudo ser de otro modo; en los términos lógicos que estamos empleando, puede decirse que este poema nos deja ver un tránsito de lo posible a lo contingente, y de allí a lo necesario. El verso en que el caminante antes de marcharse dice “eres una parábola.” es el significante que anuda todos los otros significantes “flotantes” y les inscribe un sentido. (Aquel que queda consignado en Mateo 13: 1-23).
Este procedimiento discursivo –el de la elección de una perspectiva homodiegética para el relato– logra ubicar el texto poético de Watanabe al lado del texto bíblico. Dicho de otro modo, Habitó entre nosotros no es un comentario poético sobre los Evangelios sino un discurso que se conecta sintagmáticamente con ellos. Se trata, en consecuencia, de una ampliación del conocimiento por medio de la adjunción de lo que podría ser o pudo haber sido. Este es el valor que le adjudica Aristóteles a la mimesis poética, un valor cognoscitivo ya no sólo dedicado a los hechos históricos o verdaderos sino también a los hechos verosímiles aunque no verificables.
Otro momento de esta ampliación cognoscitiva por medio de lo verosímil la encontramos en el poema “La Última Cena”. En él, la voz que configura el espacio de lo potencial es la de una mujer que atiende el comedor y escucha “migajas”, pedazos del pan de ese diálogo de los santos comensales:

Abandoné discretamente el comedor cuando Él decía:
cada pedazo de pan que reciban soy yo.

Uno de los doce preguntó:
¿estás empezando una parábola, Maestro?

Afuera pensé: ¡qué poco avisados sus discípulos
que no ven que el hombre está coronado por la muerte
y que pan o carne es lo mismo! (p. 41)

Esta perspectiva al sesgo, fugaz y fragmentaria captura lo esencial del acontecimiento: la ausencia, incluso la impertinencia de metáforas y de simbolismos en la proximidad de la muerte. Este punto de vista también es posible: alguien debió servir la mesa aquella Pascual, es muy verosímil el que ese alguien fuese una mujer, y por qué no una mujer cuya avanzada edad, cuyo cansancio, no la hacen afecta sino incluso reacia a los discursos figurados. Todos estos parámetros son creíbles y enmarcan la posibilidad del vaticinio de un calvario concomitante con la disolución o el acabamiento de un sentido: aquel de Jesús como un personaje trágico tomado por su destino.
Esta imposibilidad de lo simbólico, este descrédito de lo figurado en el discurso es un tránsito adecuado a la aproximación de un real tematizado, la muerte de Cristo; pero también nos aproxima a la dimensión de lo real, en tanto que imposible, ubicado en o desplazado hacia las aristas, hacia los límites del discurso.
El hecho de que el poemario nos retrotraiga a un tiempo lógico anterior a lo necesario es también la configuración de un espacio en el que lo imposible era factible. En otras palabras –y como ya se mencionó–, lo posible como ámbito de realización del poemario es aquel en el que lo imposible y lo necesario no se distinguían. De esto resulta la paradójica puesta en evidencia de una configuración de lo real en el discurso. Decimos paradójica porque hace verosímil, es decir posible, lo real imposible.
Pero ¿dónde está eso llamado “real imposible”? ¿Cómo aparece, si es que puede hacerlo? Para poner todas las cartas sobre la mesa diremos, simplemente, que se encuentra en el hecho de la inmanencia de las palabras poéticas. Y cuando decimos inmanencia no sólo implicamos la llamada coherencia interna textual, tampoco aludimos exclusivamente a la intensión semántica que se distingue de la extensión referencial
[5]. Cuando afirmamos que lo real radica en la inmanencia de las palabras poéticas, hablamos de su irremisible correlación metonímica con el vacío. Un verso como “tu sangre cae” (p. 55) no sólo no puede referirse a nada (porque ninguna sangre necesita estar cayendo en el mismo momento de la enunciación para que tal enunciado se realice) sino que fundamentalmente se constituye en su dirección hacia esa nada, ese imposible que subyace y se oculta tras la presencia convincente y encandiladora del presente del verbo “caer” y tras la palabra “sangre” irremediablemente cargada de sentidos trágicos. En el último poema, “El Descendimiento”, se puede leer:

No otra cosa ha ocurrido aquí
que la muerte del hijo de María. Vean:
el cuerpo solo se impone sobre nosotros,
no necesita ninguna otra grandeza (p. 57).

Tomando en cuenta lo antes dicho, ¿a qué pueden referirse estas palabras? o, más precisamente, ¿cuál es el sentido de estas palabras? Existen dos respuestas a esta pregunta: “se dirigen hacia sí mismas”, es la primera. Se trata de una salida gadameriana
[6]: la posibilidad de la comunicación y del entendimiento entre los hombres por medio de las palabras no radica en la exacta correspondencia entre los significados que cada uno tiene respecto las palabras “cuerpo”, “impone”, “grandeza”; la posibilidad del diálogo radica, más bien, en las formas independientes de los significados que puedan acarrear. De este modo, el poeta dialoga con el lector no por las denotaciones singulares y en todo equivalentes que tendrían que compartir cada vez que se pronuncian dichas palabras –lo cual resulta improbable–, sino por las palabras mismas más allá de cualquier interpretación.
Esta respuesta, sin embargo, lo que pretende es obturar con presencias, las de las palabras, la verdad que se implica. Decimos esto porque la segunda respuesta a la pregunta: ¿qué sentido o dirección tienen estas palabras? es: se dirigen al vacío que las constituye, a la falta que subyace y las pone a funcionar unas respecto de otras. Esta es, pues, la respuesta por la que nosotros apostamos; y es ella, además, la que nos permite avizorar la dimensión de lo real en Habitó entre nosotros: lo imposible de decir velado que, sin embargo, empuja o promueve los procedimientos del acto de pronunciar versos y asumirlos.
Pero esa dimensión lógica de lo imposible tras lo necesario, se me dirá, ¿no es la de todo discurso? ¿Qué pertinencia tiene esta generalidad para la descripción del específico poemario de Watanabe? Ante esta objeción debo conceder: es verdad, todo discurso es puesto en funcionamiento por el vacío de lo real que deviene en el operador universal de cualquier enunciado. No obstante, lo que ocurre en el poemario de Watanabe es que esa dimensión resulta inquietante, perturbadora, por causa del procedimiento discursivo elegido: la voz del hablante lírico cuya forma es la del testigo diegético quien a veces utiliza los verbos en tiempo presente y que puede decir “Vean: el cuerpo sólo se impone sobre nosotros” (p. 57). Ese “Vean” es lo imposible realizado en el orden del discurso: no sólo no remite a nada, sino que intensionalmente (semánticamente)
[7] es también algo en lugar de Nada. La función conativa de ese modo verbal nos implica con algo más allá de cualquier presencia imaginaria o posible. No es que simplemente no veamos nada al ser así impelidos por dicha voz, (¿cómo tratar de seguir la orden de ese verbo en modo imperativo?); lo más terrible es que vemos Nada. Al tratar de salir de la dimensión de las palabras, tal y como se nos conmina a realizar con ese “Vean”, la Nada se hace presente. La única salida que nos queda, para afrontar ese vacío, es obturarlo con una imagen. Y tenemos en nuestro bagaje enciclopédico occidental una cantidad casi infinita de cuadros, de esculturas y de otras manifestaciones plásticas medievales, renacentistas, barrocas que vendrían en nuestro auxilio para darnos una imagen del cuerpo de Cristo en el descendimiento de la cruz; incluso tenemos una película reciente y patética sobre la Pasión que podría servirnos a este fin. Pero esas imágenes adquirirían, en consecuencia, la dimensión de lo fantasmático. Y es que el fantasma, según Lacan, es aquello que funciona como una pantalla contra lo real. Pero, ¿acaso aquel “Vean” de “Vean: el cuerpo sólo se impone sobre nosotros”, no es un real representado?, ¿acaso no apunta antes bien hacia algo más allá de nuestras imágenes oclusivas?


En conclusión, podemos decir que el poemario de José Watanabe Habitó entre nosotros se configura en la dimensión espacial y temporal de lo posible, que es lógicamente anterior a las dimensiones de lo necesario y de lo imposible. Este espacio potencial es configurado principalmente por el desembrague de voces enuncivas –hablantes líricos–, bajo la figura de testigos presenciales y contemporáneos a Cristo. Esta retrotracción desde lo necesario hacia lo posible abre el camino de inscribir lo imposible de lo real en el discurso. Este real se manifiesta en la imposibilidad de las palabras poéticas de remitirse a algo o, más precisamente, su capacidad de conectarse con la Nada a la par que implicarnos imperativamente con ella. Así, la experiencia figurativizada del encuentro de los hombres con lo divino se forja con el vaciamiento de la capacidad de remisión de las palabras o, lo que es lo mismo, con la experiencia de lo imposible en el discurso. De este modo, lo real no sólo habitó sino que habita entre nosotros.


Notas


[1] Por ejemplo Lacan sostendrá: “Lo real, si lo real se define por lo imposible, se sitúa en la etapa donde el registro de una articulación simbólica se encuentra definido como imposible de demostrar”. En: Lacan, Jacques. El Seminario. Libro 17. El reverso del psicoanálisis; p. 186.
[2] En las citas que de este libro se hagan se consignará al final de cada una de ellas el número de la página de la siguiente edición: Watanabe, José. Habitó entre nosotros. Lima, Pontificia Universidad Católica del Perú - FONDO EDITORIAL, 2002.
[3] Cf. Zizek, Slavoj. “Fotografía, documento, realidad: una ficción más real que la realidad misma”. En: Brumaria. Prácticas artísticas, estéticas y políticas. http://www.altediciones.com/brumaria.htm
[4] Cf. Fontanille, Jacques. Semiótica del discurso; p. 85.
[5] La denotación extensional es el referir, será llamada: interpretación extensional; mientras que la denotación intensional es el significar, será llamada interpretación intensional. La interpretación extensional es aquella que denota a los referentes, mientras que la interpretación intensional es la que da significados a las proposiciones. Cf. Van Dijk, Teun A. Estructuras y funciones del discurso; p. 27.
[6] Cf. “Acerca de la verdad de la palabra”: “Esto es lo que distingue a la palabra poética. Ella se colma en sí misma, porque es el ‘mantener la cercanía’, y se vacía hasta convertirse en palabra vacía, cuando es una palabra reducida a su función de signo, la cual por lo tanto necesita colmarse con una plenitud transmitida de modo comunicativo”. En: Gadamer, Hans-George. Antología; p. 184.
[7] Cf. nota 3




Bibliografía

FONTANILLE, Jacques. Semiótica del discurso. Lima, F. C. E. - U. de Lima, 2001; p. 85.

GADAMER, Hans-George. Antología. Salamanca, Ediciones Sígueme, 2001; p. 184.

LACAN, Jacques. El Seminario. Libro 17. El reverso del psicoanálisis. Buenos Aires, Editorial Paidós, 1996; p. 186.

VAN DIJK, Teun A. Estructuras y funciones del discurso. 3ª. ed. México, Siglo XXI, 1986. p. 27.

WATANABE, José. Habitó entre nosotros. Lima, Pontificia Universidad Católica del Perú - FONDO EDITORIAL, 2002.

ZIZEK, Slavoj. “Fotografía, documento, realidad: una ficción más real que la realidad misma”. En: Brumaria. Prácticas artísticas, estéticas y políticas.
http://www.altediciones.com/brumaria.htm