jueves, marzo 30, 2017

Las Letras Mayúsculas del Constructivismo


Los últimos sucesos conflictivos en la Escuela de Literatura y en la Facultad de Letras de San Marcos –cuyo motivo es la contratación por locación de servicios para profesores de Literatura, pero también de Filosofía–, puede entenderse como el enfrentamiento de dos pensamientos dispares. Antes de exponerlos, es necesario hacer un breve rodeo por algunos conceptos.

Comencemos, entonces, por una aseveración en extremo elemental: existen cosas en el mundo. Cosas, objetos, sucesos, pero también personas, obras artísticas como la música, la pintura y, a continuación, un largo etcétera. Ese conjunto, aunque vasto, no es todo lo que existe. Además de esas “cosas” múltiples, existen ideas sobre las mismas; estas ideas nos permiten organizar aquellas cosas de modo distintivo. A las primeras se les llamará “presentaciones”, a las segundas “representaciones”.

Si bien esta distinción es una trivialidad, algo sabido por todos, el lector enterado sabe además que aquí se están utilizando dos nociones propias de la ontología de Alain Badiou. Como puede entenderse de inmediato, existen formas de relacionar estos dos conceptos que dan como resultado “múltiples” diversos: hay múltiples que existen, están presentados, pero no tienen representación; también los hay que son puras representaciones sin presentación y, a continuación, el lector puede deducir otras dos combinaciones.

Un de ellas, para entrar en materia, es la base del constructivismo: los múltiples que son presentados y representados. En pocas palabras, existe un régimen de pensamiento que solo puede percibir múltiples en el mundo porque tienen un nombre, un lugar en la clasificación aceptada, una entrada en su diccionario, un acápite en la ley. El constructivismo es, en el fondo, un nominalismo radical; cree que los nombres “construyen” a las cosas. Como diría Badiou, este modo de pensar, toma solo del lenguaje (de los códigos y sus representaciones) la autoridad para considerar los hechos que existen.

Sin embargo, es posible y perfectamente lógico pensar en la existencia de fenómenos que no tenga nombre. Esto ha ocurrido en el pasado y sigue ocurriendo en el presente. Es muy iluso pensar que nuestros sistemas regulación representativa, por ser actuales, han superado las del pasado y son capaces, ya definitivamente, de dar cuenta de todo lo que existe, de todo lo que está vivo, de todo lo que se necesita o desea. Ese pensamiento es iluso porque, en el fondo, niega el movimiento.

Es verdad que las representaciones nos ayudan: una clasificación enciclopédica nos permite reconocer hechos y nos orienta a estudiarlos ordenadamente. Un diccionario nos permite, al consultarlo, ser precisos en nuestra expresión. Una norma nos orienta para distribuir las acciones y sus pasos a seguir.

Pero ninguna clasificación es capaz de coactar la existencia de los hechos que no conoce y que, por tanto, no ha podido clasificar; ningún diccionario es tan potente como para impedir la formación de nuevas palabras; ninguna norma o reglamento destruye todas las acciones que no ha considerado y que, sin embargo, se necesitan con urgencia.



Pues bien, el constructivismo es el pensamiento que anhela la inexistencia de lo inclasificado, la supresión de los neologismos, la criminalización de las acciones que no se pueden inferir directamente de lo que dice la letra de la regla. El constructivismo incluso promueve la criminalización de las acciones que son necesarias y urgentes, que son respuestas a muy antiguos malestares, pero que, por no corresponderse de un modo muy pegado al inciso o la disposición, pueden –incluso más precisamente deben– no hacerse.

En este punto, es fácil entender cuáles son los pensamientos enfrentados y dispares:
a) el de los constructivistas que creen que asumir los reclamos de los estudiantes e intentar resolverlos sin perjuicio de nadie y en beneficio de todos es ilegal y, por lo tanto, ominoso y temible, porque las regulaciones que ellos respetan (las que resultan de no levantar los ojos ciegos de las sinuosidades de los incisos), no construyen estas decisiones, y 
b) el de aquellos que creen que las reglas no coactan las acciones, sino que las favorecen, y entienden que estas acciones se orientan a incrementar el nivel académico universitario, no sobre la base de meros “papeles”, como certificados y diplomas, que pueden ser espurios, sino a partir de la excelencia académica presentada, aunque no esté “debidamente” (es decir constructivistamente) representada.
¿Qué tipo de universidad queremos? ¿Una de naturaleza constructivista, que piensa que no existe nada salvo lo que los certificados, las normas, las clasificaciones dicen muy literalmente? ¿O queremos una universidad que entienda las regulaciones como principios de orientación para acciones en beneficio académico y no para su empobrecimiento?

Final y personalmente, quiero creer que aquellos que se oponen a que se eleve al Consejo de Facultad esta selección de profesores para la contratación indicada son constructivistas, ese sería el mal menor: podrían no saber que lo son y, luego de enterarse, intentar corregir esta confusión insostenible que les impide a ellos mismos la libertad de pensamiento. Porque si no, lo que queda es desolador: gente que dice obedecer las reglas solo cuando les favorecen, que sabe que los certificados no lo dicen todo de las personas, pero, aun así, no les importa y prefieren impedir todo avance, todo favorecimiento del saber en beneficio de cálculos polítiqueros y nunca políticos. 

Esperemos que esto último no sea.


viernes, agosto 26, 2016

Rastier y la negatividad

Este es el artículo del que hablé el jueves en la última sesión. Vamos a leerlo en clase de Semiótica general. Junto con el de Semir Badir, permite entender la fundamentación no fenomenológica de la semiótica. 

En esta disciplina se ha realizado un giro epistemológico notable: de la diferencialidad como base de la sistematicidad de la lengua a la presencia sensible como realidad última de todo discurso. Es un giro que puede entenderse dentro de el espíritu de nuestra época, dado al cuerpo y a las sensaciones. 

Este artículo nos permite puente -elaborado con piedras desde las propias canteras de la semiótica- hacia un pensamiento por el acontecimiento y por lo real, que no están hechos de presencias y de sensaciones, sino de vacío y de sustracción.


Rastier, Signo y Negatividad by Marcos Mondoñedo on Scribd

martes, julio 26, 2016

La incorrección retórica y el pueblo como real: sobre el juramento de Indira Huilca



El día de su juramentación como congresista, más que sus palabras, la sintaxis del enunciado que pronunció Indira Huilca es realmente conmovedora. Y lo es porque su estructura –o quizás la falta de ella– nos pone, de cara y manos, frente a un imposible. Ella nos permite experimentar un Real.

Como recordarán, el 22 de este mes, frente al congresista más votado (por un pueblo olvidadizo, dicen unos; por un pueblo esclavo, dirían otros), Indira Huilca, un poco inclinada hacia el micrófono y con la mano izquierda en alto, pronunció la siguiente secuencia entre los aplausos de sus partidarios: 



“Por la memoria de Pedro Huilca, de los estudiantes asesinados en la universidad Cantuta, por todas las víctimas de la dictadura fujimorista que aún buscan justicia…”

Las puyas de los fujimoristas, en el hemiciclo y en las tribunas, se hicieron escuchar, estridentes y masivas, desde que la congresista electa comenzara a pronunciar la palabra “dictadura”. Con esto, acallaron la voz de Huilca, quien se detuvo unos segundos y sonrió, un poco azorada, para luego continuar con las siguientes palabras casi inaudibles por los gritos que las acosaban. Aquí las transcribo a la manera de una hipótesis y como un intento de establecerlas desde su pura oralidad: 

“…, con el pueblo claro que se puede. Sí juro”.


Escuchando los juramentos de los demás congresistas de su bancada, puede inferirse que ella quiso decir lo que los otros, lo que habían programado juntos: "...y porque junto al pueblo sí podemos, sí juro". Pero no fue así. 

Lo primero que se puede decir de aquella secuencia es que contiene, desde el punto de vista normativo y retórico, una “incorrección”: la intromisión de un inciso fuera de la lógica del juramento, a saber, “con el pueblo claro que se puede”. Lo “correcto” habría sido jurar por aquella memoria del padre, por los estudiantes asesinados, por las víctimas aludidas, y por algunas otras figuras traídas a la presencia (actualizadas, con mayor precisión). Parecían organizarse en una secuencia que iría desde lo más singular, de lo íntimo, hacia lo más universal. La decisión de ponerlas a todas ellas por delante del juramento habría tenido el efecto semántico de sostener, como una base sólida, un acto de compromiso singular y al mismo tiempo universal. Después de todas esas evocaciones, el enunciado “Sí, juro” descansaría sólidamente cimentado… Pero eso no pudo ocurrir.

El bullicio ensordecedor y brutal del fujimorismo se convirtió en la metáfora de su posible y futura función en el congreso: obnubilar, confundir, entorpecer el intento singular de inscribirse de un modo que no fuera sumiso. Desde un punto de vista semiótico, podemos decir que este enunciado tuvo que acomodarse a la intromisión del ruido bruto y construir con ella una estructura sintagmática en la que se superponía el sentido programado y lo gutural y estridente: no es en el nivel de los enunciados sino en el de las prácticas donde podemos ubicar el punto de real anunciado.

Efectivamente, la práctica del juramento y la práctica de la puya se superpusieron, se colisionaron y crearon una secuencia anómala que, por un lado, traicionó el objetivo de juramento original y acordado pero que, por el otro, enfrentó y resistió la prepotencia de aquellos que están a favor de la impunidad y de la confusión. En consecuencia, desde el punto de vista de la sintaxis frástica, el enunciado “con el pueblo claro que se puede” es un agregado anómalo; pero, tomando en cuenta que las palabras de Huilca se integraron conflictivamente en un escenario de prácticas contrarias y abusivas, ese mismo enunciado se convirtió en una secuencia-nombre.

En la frase “Con el pueblo claro que se puede” no está presente el conector "porque" que había sido acordado y se añade en su lugar la proposición "con", un nexo de compañía. Luego se agrega un giro enfático "claro que". Esas dos partículas suturan el nombre del pueblo de una manera distinta a la pactada: no se trata de una razón, de un "porqué", sino de estar junto a y de un énfasis afectivo. Estas formas de enlazar el nombre del pueblo en su discurso y en su circunstancia adversa tuvieron el valor de un conjuro. 

Claro está que no se trataba de convocar a ninguna divinidad, sino de tomar una frase que, como tal, se hermanaba con el resto de las frases pronunciadas –aunque haya sido anómala entre ellas–, pero que nombró y dio lugar al pueblo de una manera singular. Con su fuerza y en su nombre, la congresista, a continuación, juró con la frase convencional que hace retornar el protocolo: “Sí juro”. Como telón de fondo, continuó el bullicio de las arengas en favor o en contra de la decisión de Huilca. 

Pero antes hubo algo: el pueblo anómalo se filtró como substancia singular, irrepresentable y presente. Se inscribió por una presencia vital, una voz casi inaudible que todos deberíamos sostener y que lo convocó, al pueblo, a partir de una frase que le sirvió de nombre para llamarlo, para traerlo y para sostenerla para poder continuar…



Días después, Indira Huilca declaro en una entrevista que la función del Frente Amplio, agrupación política en la que milita, es expresar en el congreso la voluntad del pueblo. Refiriéndose al movimiento civil Ni una menos que protesta por la violencia contra la mujer, dijo que el congreso debe “ser la expresión de esa voz que al final termina expresándose por otros lados y por otras instancias”. A partir de lo que aquí se ha descrito, no es imposible pensar que estas declaraciones a la prensa son sinceras o, por lo menos, muy verosímiles.

Tienen para mí la verosimilitud de lo Real.

La foto fue tomada de RPP Noticias: http://rpp.pe/politica/congreso/indira-huilca-vincular-a-la-izquierda-con-el-terrorismo-es-algo-muy-bajo-noticia-981899


lunes, junio 06, 2016

La efímera bandera y su sujeto posible





Al final de la marcha, en la Plaza Dos de Mayo, un momento estético crucial fue para mí ese en el que una enorme bandera peruana comenzó a desplegarse por encima de nuestras cabezas. Era un monumental significante que nos cubría y representaba a nosotros, el conjunto de peruanos de diferentes condiciones y procedencias que habían asistido a la marcha, y que así nos convertíamos en su significado. La bandera pasó y la fricción entre esas dos substancias (una plástica y bicolor, otra vital y humana) produjo, quiero creer, un sujeto. De este modo, ese momento estético, relativo del tacto y al color, se volvió un momento ético.

Este es, sin embargo, aunque simbólico, un sujeto de naturaleza muy efímera, el suyo es un semblante precario que solo podrá ser fundacional con muy puntuales condiciones: cuando podamos retomar la escena, nuestra pertenencia a ella y cuando nos aprovechemos de su potencia; es decir, cuando nos reconozcamos en nuestra fidelidad a ese momento. En sí mismo no tiene un valor, salvo aquel que le otorguemos. Y es efímero este sujeto porque se constituye solo en un gesto que no representa ninguna fuerza suficiente y, como lo ha mencionado Juan Carlos Ubilluz en “Contra la lógica del mal menor”, “disimula la ausencia de una alternativa política seria”.


En ese artículo, con un procedimiento zizekiano –aquel de reconocer el reverso obsceno de una escena simbólica–, su autor ubica con precisión la infausta década fujimorista como la contrapartida del sistema democrático de derecha. Y es que no es un secreto que la corrupción ha sido en nuestra historia reciente una herramienta del capitalismo; en nuestro caso, el fujimorismo sirvió perfectamente a las políticas neoliberales que extendieron por el mundo. Desde esta perspectiva, decidir el voto por alguno de los dos candidatos a la segunda vuelta, Kuczynski o Fujimori, no es decidir nada: ambos son realmente lo mismo… ¿Realmente? 



Puede ser verdad que, como dice Ubilluz, “después de comprobar la viabilidad de nuestra democracia administrada, los hombres de negocios sienten que ya no necesitan a su fundador suplementario [Fujimori] y apuestan por alguien que reconocen como uno de los suyos, PPK”. Pero los motivos de la derecha no son los de la izquierda, y no pueden ser los de aquellos que se identifican con ese sujeto efímero del No, ese que habría que nombrar, ese sujeto de la bandera y de la Plaza Dos de Mayo.

Desde la perspectiva de la derecha, es lo mismo haber votado por la legalidad democrática que por la corrupción del narcoestado. Esto es más que evidente cuando recordamos a un PPK, en las elecciones presidenciales del 2011, apoyando a Fujimori sin ningún empacho. Pero desde la perspectiva de la izquierda y, sobre todo, desde la perspectiva de la subjetividad efímera de aquella bandera, no es lo mismo: donde todo se confunde, el gesto necesario es distinguir: será lo mismo para ti, hombre-de-negocios, a veces la corrupción; esta vez, la formalidad. Para mí no.

Y no es lo mismo porque algo más radical ha estado en juego en este momento electoral. Aquello que representa el fujimorismo, con todo su populismo adormecedor, con todos los probados o por probar nexos con la corrupción y el narcotráfico, no se conecta solo con la derecha, no es solo “su” reverso obsceno, sino que me es también secretamente propio: representa el goce indistinto que se opone al deseo singular. Yo también –y hablo por ese sujeto de la Plaza–, puedo sentir la tentación de acallar mi deseo y de entregarme al goce. Yo también puedo consentir con aquella mortificante posición del esclavo, aquella de “la vida es como es”, aquel goce de “todos son corruptos y no hay nada que hacer”, aquel de “yo por mí y los míos y al diablo el resto”. En consecuencia, votar hoy no era un redundante “por la derecha o por la derecha”, sino que fue votar o por el goce o por el deseo.


Y este fue el caso porque la respuesta a la pregunta por el voto fujimorista de los más pobres no es la ignorancia. La respuesta es la contraria: lo saben demasiado bien. Incluso más: el fujimorismo está tan bien asimilado que forma parte de su sentido común. Y ¿qué sentido es este? El del ciudadano que observó impotente durante una década el obsceno poder del criminal sin otra salida que la chata evasión televisiva o la miseria de su nueva condición de pordiosero. Es el de quien vio, mientras crecía y se formaba, el modo descarado en que era robado y explotado y se conformó con su condición de neo-siervo pero, quiero creer, muy a pesar de suyo. Este sentido común constituye, así, una posición de goce mortificado, el goce del esclavo y esta es la que se habría rechazado dadas las circunstancias y las decisiones tomadas por los actores visibles de la coyuntura electoral.

Pero, entonces, si Fujimori es el goce, ¿PPK es el deseo? ¿PPK realiza el deseo del sujeto de la Plaza? No. Su gobierno es solo un escenario más claro y que fuerza al sujeto político de la plaza, impulsado por la distinción que lo originó, a mantenerse permanentemente en la política, en la vigilancia, en la organización social, sin el influjo perturbador del populismo fujimorista que lo puede confundir, que se infiltra como un virus confundiéndose con lo popular. Y esto es así porque PPK es un gringo, un lobista defensor del gran capital, y su política y su economía son claramente neoliberales. Frente a esto, el sujeto nuevo no puede confundirse, debe mantenerse alerta, crítico, a la par que deberá constituirse en organizaciones populares (no populistas) con la expectativa de las verdaderas posibilidades que tuvo la izquierda en esta ocasión y que podrían ser mejores en el futuro, con la condición de no ceder en el deseo y trabajar por ese objetivo.

Debemos, en consecuencia, estar de acuerdo con las formalidades del semblante y tomar el semblante que nos otorgan: el reconocimiento que la derecha le da a la izquierda, el poder de inclinar la balanza electoral porque en el fondo no le temen. Debemos aceptarlo y ubicar a partir de ese reconocimiento un deseo, el de una posición enunciativa distinta: un germen de subjetividad política que, inscrita como neutralizada y no peligrosa, sea no obstante el inicio de la transfiguración en beneficio de lo popular. Agradezcamos, pues, la coyuntura que se caracteriza por el afán que tiene hoy la derecha de aplastar o renegar del reverso obsceno que no solamente es suyo. En la ausencia de los semblantes de legalidad, como en el fujimorismo pasado, no es posible ninguna subjetividad –salvo quizás y como amago de ella: la venganza sangrienta y el horror, pero eso nunca lo quisimos–, con los semblantes que se caracterizan por establecerse en los discernimientos y no en las confusiones es posible una maniobra mejor.


 No hay deseo sin el Otro, diría Lacan; en su ausencia, es decir, sin la legalidad, sin las representaciones y, en general, sin el juego de los semblantes no hay sino una aplastante obediencia al goce como lo más natural. Solo en el escenario del discernimiento significante, como aquel en el que una bandera pudo representar a los peruanos en la Plaza Dos de Mayo, algo como un sujeto es posible. Que no sea efímero, que sea el punto de partida de un deseo y se extienda más allá de los determinantes de la coyuntura. Esto es lo que nos toca.


sábado, abril 02, 2016

El sí mismo en el "asentimiento"


El siguiente es un artículo de Guy Le Gaufey en el que podemos encontrar una muy clara explicación de la dimensión imaginaria del yo y de su relación con el sujeto. Nos puede resultar útil para nuestras clases de Interpretación de Textos III lugar institucional en el que hoy alojo mi deseo por el psicoanálisis. 

A diferencia del modo clásico de entender la subjetividad como una profundidad y una autoconsciencia, el sujeto de Lacan es una instancia de superficie, un efecto de ese "giro del niño" quien, luego de mirarse al espejo, mira al otro que lo sostiene y busca un asentimiento.


sábado, agosto 08, 2015

Crónica de una presentación

Fotos tomadas del Facebook de  Editorial Vivirsinenterarse
Un incesante vacío. Este es el título de un pequeño poemario de Wilfredo Lévano. El jueves, tomando café en Starbucks, me di cuenta de que faltaba una hora para que se presentara en la librería-café del Fondo de Cultura Económica en  Miraflores. Yo estaba en San Miguel, acababa de comprarme una bolsa de café Verona y no sabía si llevarla conmigo o no asistir. Me decidí por lo primero. Así que, con la aromática bolsa y un libro que estaba leyendo, tomé un taxi para llegar a tiempo a la presentación. Me encontré con Wilfredo tomando un café con sus amigos en una mesita cerca de la entrada. Conversamos un par de minutos: alguna vez me había dicho que nunca publicaría y se lo hice recordar, él dijo que lo había olvidado selectivamente. Pasé al salón.

Al rato llegó Carlos López Degregori, quien presentaría el libro, y me acerqué a saludarlo. Conversábamos los tres mientras veíamos los libros que estaban dispuestos en una mesa. Les comenté que acababa de leer de Samantha Schweblin Siete casas vacías y que lo recomendaba mucho. Al ver una foto de ella en la contratapa, Wilfredo exclamó que además era guapa.

La presentación transcurrió con la ausencia de Selenco Vega. Él iba a formar parte de la mesa de presentación, pero no pudo asistir y dejó un escrito que leyó un amigo del autor presentado. Primero tomó la palabra Carlos y recuerdo que contó la anécdota de un viaje a Arequipa de Wilfredo con sus amigos de promoción. En vez de recorrer los lugares que los jóvenes solteros habitúan en una ciudad distinta y lejos de sus parientes, el ahora poeta publicado se pasaba las tardes y gastaba su dinero en una librería. Luego él, al final de la presentación, me contó que la anécdota era un poco diferente.



Me dijo que aquella vez, cuando ya no le quedaba un centavo, les sugirió a sus amigos que juntaran todo el dinero que tenían y que compraran unos libros, los cuales irían leyendo e intercambiando cada cambio de estación. Le dije que Carlos no recordó esa parte de la anécdota porque el proyecto resultaba inverosímil. Solo un hombre que ya de joven se piensa destinado a la soledad podría planear seguir habitando la amistad de esa manera. Y la soledad es inverosímil para la mayoría. Lo reconvine: “Ese plan es para con las chicas, Wilfredo”. Él me respondió que su poemario no existiría o habría sido otro en ese caso.

¡Wilfredo es un gran partido, señoritas, y está soltero! Por lo menos eso parece. Lo primero porque, con generosidad, regaló sus libros a todos los presentes esa noche. Y lo segundo por los versos que escribe. Hay un poema que a Santiago López le gustó cuando se lo di a leer al día siguiente. Aquí lo transcribo para terminar esta crónica:

DESDE EL EXTRANJERO

Oh menina flor
estuvo lloviendo toda la noche
¡y la radio encendida!
y la antigua lengua de este país
corrió tanto sobre mí
como si también de la lluvia se hubiera tratado
y no solo de estar silbando
una vez más
esta pequeña canción
cuya letra no comprendo

Ese “una vez más”, tan sencillo, quiebra en dos y sutilmente el tiempo representado: hay un tiempo de la experiencia y otro del recuerdo que vuelve con el silbido de una melodía; este es, sobre todo, el tiempo de la escritura que queda velado. Pero de eso podemos hablar en otro momento. 

Felicitaciones, Wilfredo.



martes, julio 14, 2015

El discurso de la continuidad


Dentro del marco del XVIII Seminario Taller de Investigación David Sobrevilla “La investigación Humanística en la Facultad de Letras y Ciencias Humanas. Proyección, Exposición y Evaluación de los resultados”, los profesores de la Facultad de Letras de la UNMSM recibimos los últimos números, 34 y 35, de la revista Escritura y pensamiento. El evento, organizado por la Unidad de Investigación de la mencionada facultad, se realizó los días 9 y 10 de julio de este año y la revista contiene principalmente los informes de las investigaciones que se presentan a dicha unidad.

Un artículo del número 34 resulta notable por una sutil semejanza que detenta con la reciente entrevista realizada a Pedro Cotillo y publicada en La República. Como seguramente muchos conocen, en ella Cotillo expone la estrategia para continuar en el cargo que detenta incumpliendo con la ley o interpretándola de manera personal. Un pasaje significativo de su posición es la siguiente:

En pocos días se aprobará un reglamento para los que incumplan con el plazo. Habrá sanciones y denuncias. Hay quienes piden que ya se apliquen.
Que lo hagan...

Para la universidad se aplicarán multas de hasta 300 UIT.
Que la ejecuten pues, que demuestren que pueden hacerlo.

Cree que no habrá sanciones.
No se van a aplicar las sanciones. El 26 hay elecciones para la junta directiva del Congreso. ¿Quién crees que va a ganar? La oposición. Ahí tenemos mayoría. Mora va a desaparecer.

Desde su perspectiva, no habrá sanciones y saldrá bien librado por una modificación en las fuerzas del Congreso. Estos cambios, y según su proyección, le son favorables y permiten dos continuidades: la de su posición en el cargo y, probablemente también, la del marco legal de las maniobras que, como puede leerse en un comunicado de Letras y Números, le permite a él y a sus allegados “seguir disfrutando de sus asignaciones y beneficios económicos sin interrupción por cargos y actividades en el gobierno universitario”. Es notable que, desde el punto de vista de Cotillo, los reglamentos y las sanciones pueden torcerse o eliminarse por oscuros pactos y acuerdos de los que no habla, pero que deja entrever en su “tenemos mayoría”.

En todo caso, solo quiero señalar la obvia solidaridad que hay entre la posición de defensa de la continuidad (totalmente fuera de la ley) desde donde afirma su impunidad (la posición enunciativa de Cotillo) y sus cínicos enunciados continuistas. El artículo de Escritura y pensamiento que es homólogo en este sentido es “Ficción y poesía en el Perú contemporáneo” de Marco Martos, Director de la Unidad de Investigación de la Facultad de Letras.

La declaración del resumen es muy nítida incluso lexicalmente: “El texto repasa las características de la ficción y la poesía del Perú en el siglo XX, deteniéndose en los autores más celebrados: Vallejo, Eguren, Martín Adán en poesía, Arguedas, Alegría, Vargas Llosa, Ribeyro en ficción” (51). Se trata, en efecto, de volver a pasar, de re-pasar por lo mismo, de decir lo mismo que el sentido común dice de los mismos autores.

A contrario de lo que pudiera pensarse por el título, Martos no realiza ningún análisis de las categorías que utiliza, no establece algún esquema para discernir la especificidad de  “ficción” o de la “poesía” peruanas en el siglo XX. No. Solo se trata en su artículo de volver a mirar los contenidos y las valoraciones estándar otorgadas ya a los escritores del canon literario peruano. Nada más. Por ejemplo, ¿qué dice Martos de la novela País de Jauja de Edgardo Rivera Martínez? Dice que “es un relato de madurez y muestra al escritor en plena posesión de sus recursos” (57) ¿Y de Julio Ramón Ribeyro? Dice que “lo que le interesa al narrador son los conflictos de los personajes, el conflicto de clases, no en un sentido político, sino en el diario vivir” (59). Por otra parte, afirma que Vargas Llosa “introduce al español formas de narrar que no habían sido utilizadas y que venían de Faulkner, de Malraux, de Dos Passos” (60). Y de Alfredo Bryce declara que, a través del humor, “penetra en la realidad de manera profunda y crea un estilo personal que tiene como núcleo central la oralidad” (62). Igualmente, despliega lugares comunes de Gregorio Martínez (65 - 66), de Miguel Gutiérrez (67 – 68), de Isaac Goldemberg (69) y otros más.

En poesía, la figura de Vallejo es principal en su enumeración de valoraciones conocidas; incluso cuando parece que romperá esa coherencia, vuelve a su repasado: “No se ha dicho, pero ahora conviene subrayarlo: había una distancia abismal entre Vallejo y otros poetas de su tiempo en el Perú” (75). Lo cual es, como sabe el lector, otro lugar común. A continuación, enumera a los que destacan en los años treinta: Westphalen, Moro, Abril, Adán (76); a los que aparecen en los cincuenta: Valera, Eielson, Belli, Delgado (77); a los poetas de los sesenta: Heraud, Hernández, Ojeda, entre ellos destaca a Cisneros, a Hinostroza a Hildebrando Pérez (Ibídem). Nombra y comenta con el mismo cariz a los poetas de los setenta, a los de los ochenta, a los de los noventa…

El lector se preguntará ¿cuál es la posición enunciativa desde donde se repasan estos nombres y estas valoraciones? La respuesta es, obviamente, la posición de la continuidad: decir lo mismo de los mismos y generar la sensación –falsa y contraproducente para la institucionalidad académica— de que el crítico literario es el que pronuncia y repasa los lugares comunes sobre los autores consagrados. Nada diferente, todo siempre lo mismo, persistir con una retahíla de afirmaciones que, además, pertenecen a una práctica crítica que hace muchas décadas ha dejado de ser hegemónica y que no produce conocimiento.

En síntesis, aunque las palabras que pronuncian y las temáticas que desarrollan son disímiles, el lugar desde donde las enuncian es el mismo. Si bien las de Cotillo resuenan en el cinismo más ramplón y las de Martos se regodean en el léxico más preciso y elegante, la enunciación es la de la continuidad y el impedimento de lo nuevo. Continuar, persistir sin dignidad e impunidad es, aparentemente, la “lección” que estos profesores universitarios pretenden dejar como su legado a las generaciones más jóvenes…


Tal vez no lo pretendan, pero eso y no otra cosa es lo que quedará de ellos.