jueves, julio 09, 2009

Preguntas del examen final de Teoría literaria I (09-I)


El examen será el martes 14 de 9:00 a 10:30 a.m. Deben elegir dos (02) preguntas de las que a continuación se presentan. Pueden llevarlas ya listas y solo entregarlas, o avanzadas y terminarlas durante las horas del examen. Deben redactar como máximo una página por pregunta: se requiere calidad y no cantidad.


1. ¿Cuál de estas dicotomías es la fundamental para la teoría literaria? ¿Por qué?:

ORALIDAD
–––––––––
ESCRITURA




RETÓRICA
–––––––––
POÉTICA




COMPRENSIÓN
––––––––––––
EXPLICACIÓN




2. Si asumimos que Badiou postula una estetización de la situación filosófica al afirmar que constituye “un encuentro entre dos términos esencialmente extraños, uno respecto del otro”, ¿la fundamentación última de dicho giro es kantiano o hegeliano, por qué?

3. ¿Cuál es la utilidad de la literatura según Platón, Aristóteles, Kant y Hegel?

4. ¿Cómo entiende Kant el término “crítica”?

5. ¿El arte contemporáneo es mimético o retórico? ¿Por qué?

6. ¿Cuál es el imposible, o la "nada de la obra" que se presenta en la escultura de Giuseppe Penone, Cèdre de Versailles. Madera, 600 x 170 cm, col. particular, 2002-2003 [Y que Ustedes pueden observar en la foto de arriba, de Giuseppe Penone y Dina Carrara. Adagp, 2004]?




lunes, julio 06, 2009

Un Sinclair moebiano






Este año se cumplen los 90 años de la primera edición de Demian de Hermann Hesse. Aprovechando esta efeméride, quiero publicar un pequeño ensayo que no recuerda la tormentosa instancia de la enunciación de esta novela (1919, después de la primera gran guerra), sino su posible vigencia… ¿Habitaríamos un cierto clima de posguerra?




Un requerimiento implícito y previo de toda investigación es el de demostrar la relevancia o pertinencia de la argumentación en la que uno se empecina: antes de demostrar algo, se requiere demostrar el porqué se quiere demostrar. Y es que todo argumento, en tanto tal, se instala como parte de un diálogo académico de múltiples voces en el cual una de ellas, la que aparece de pronto, pretende hacerse oír. ¿Qué sería de nosotros sin esa comunidad imaginaria con la que conversamos y en la que se inscriben nuestros proyectos? Pues bien, la pregunta que se enfrenta al intento iniciado con estas líneas pueden ser la siguiente: ¿qué sentido tiene volver a Demian de Herman Hesse en una época que parece trivializar los tormentos psicológicos de los personajes en esta obra del escritor alemán? Tengo dos tipos de respuesta:



La primera de ellas es que se trata de complacer un pedido. Un grupo de estudiantes me solicitó que redactara un ensayo sobre esta novela porque, según el comentario que se añadía al pedido, ella despertaba la certeza de una comunidad: “de nuestras primeras lecturas, todos estábamos de acuerdo en recordarla con cariño”. Mi segunda respuesta es, precisamente, la que surge de ese comentario. En contraste, los “muchachos” de mi generación elegiríamos, en el mismo sentido, algo más relacionado con el Boom latinoamericano o con alguna novela en la que la experimentación formal nos hubiera develado posibilidades no imaginadas. Esta generación, la más reciente y en mitad de sus estudios de literatura en San Marcos, me pide reflexionar sobre un texto más entrañable, menos deslumbrante en la forma.



Qué hay, pues, en Demian que permita un grupo y un consenso. Y mi respuesta es: en esta etapa de la civilización occidental, existe la intuición, la sensación generalizada según la cual entre el bien y el mal, entre lo propio y lo otro, entre la virtud y el vicio no existe un abismo sino, antes bien, una continuidad de tal naturaleza que uno puede pasar de uno de estos contrarios al otro sin poder identificar rupturas o cortes. Esta es la que denominaremos una continuidad moebiana en la medida que asume la estructura de la cinta de Möebius como su modelo. El hecho es que Demian es un texto que presenta el despertar del sujeto en el mundo a partir de esta continuidad.



La novela de Hesse, específicamente en las primeras páginas que recordaré aquí, presenta de una manera nítida, a través de su fluida redacción, a la adolescencia como el espacio de los opuestos que se hacen equivalentes o de las semejanzas que se distinguen. En otras palabras, la prosa y su fluidez pueden ser postuladas como el plano de la expresión de esa continuidad en la que se ven suceder, sin ningún tipo de ruptura formal y en el plano del contenido, los opuestos supuestamente irreconciliables. Expresado en términos esquemáticos proponemos la semiosis de los tres primeros capítulos de la siguiente manera:




Expresión // continuidad

------------ // --------------

Contenido // contrastes




Pero, ¿qué es una cinta de Möebius? Es una superficie topológica constituida por una banda que tiene un solo lado. A diferencia de un anillo construido con una cinta a la cual se unen sus extremos (de tal suerte que podemos contemplar en él un lado interior y otro exterior), la cinta o banda de Möebius es un anillo cuyos aparentes lados interno y externo se siguen el uno al otro sin rupturas de la continuidad:









Esta superficie topológica se construye a partir de un rectángulo, mediante la identificación de uno de los lados con su opuesto, orientado en el sentido contrario. Con esta operación, una vez construida esta banda, si iniciamos un recorrido por su superficie, siempre se tendrá la sensación de que, al estar en un lado, el otro nos resulta inaccesible; no obstante, ese otro inalcanzable es siempre recorrido y sin saber. Como sostiene Jacques Lacan en el Seminario 10 de su enseñanza llamado La angustia: “la banda de Moebius es una superficie de una sola cara, y a una superficie de una sola cara no se le puede dar la vuelta. Si lo hacen, siempre será idéntica a sí misma”[1] .

Esta continuidad moebiana implica, en consecuencia, una doble dimensión: la imaginaria, en la que existen dos realidades independientes, dos universos marcadamente diferenciados, y la dimensión en la que estructuralmente solo tenemos una identidad. En las primeras páginas de la novela, la reflexión del narrador encuentra esta continuidad en las diferencias a partir de los personajes que son propicios para este hallazgo, aquellos que participan, aunque furtivamente, de dos mundos:



Por ejemplo, nuestra criada Lina, cuando por la noche rezaba en el cuarto de estar con la familia y cantaba con su voz clara, sentada junto a la puerta, con las manos bien lavadas sobre el delantal bien planchado, pertenecía enteramente al mundo de mis padres, a nosotros, a lo que era claro y recto. Pero después, en la cocina o en la leñera, cuando me contaba el cuento del hombrecillo sin cabeza o cuando discutía con las vecinas en la carnicería, era otra distinta: pertenecía al otro mundo y estaba rodeada de misterio. Y así sucedía con todo; y más que nada conmigo mismo (15).




Una primera salida para esta contradicción es aquella de culpabilizar al personaje de tener un doble rostro: el bueno que presenta a los patrones y sería falso, y el malo, el verdadero y oculto que no se muestra porque no conviene. De este modo, los dos mundos se distinguen, no se mezclan y se salvan o, dicho mejor, se salva al mundo correcto y limpio respecto de tener algo que ver con el mundo rebajado y grosero. Para este rescate, resulta imprescindible un chivo expiatorio, en este caso, la criada. Esta salida no es moebiana y distingue con una claridad imaginaria lo qué es de lo que no es.

La otra salida resulta de la simple observación según la cual los dos universos opuestos no son entidades que sean independientes de los personajes que los habitan; si existen dos mundos diferenciados uno “claro y recto” y el “otro mundo” rodeado de “misterio” es por las subjetividades que allí se constituyen, a partir de las relaciones entre los personajes: el mundo de lo recto y claro lo es por la rectitud y claridad de las interacciones de los participantes en determinadas circunstancias; igualmente lo misterioso y lo “otro” derivan del misterio y la alteridad subjetiva e inherente de los personajes. Independizar los mundos respecto de los participantes es solo posible con la condición de un imaginario animismo de los espacios y las cosas que se organizan allí. En consecuencia, debemos postular una continuidad estructural entre esos mundos que aparentemente son tan distintos. Esta respuesta a la paradoja es moebiana y atraviesa la neblina fantasmática para encontrar una identidad escandalosa. Es escandalosa pero resulta cada vez más evidente a partir de la posibilidad de encontrar la violencia inserta en el seno de lo familiar e inofensivo:



En los juegos -juegos buenos, inofensivos, permitidos- yo era de una violencia apasionada, que acababa por hartar a mis hermanas y nos llevaba a la riña y al desastre; y cuando me dominaba la ira, me convertía en un ser terrible que hacia y decía cosas cuya maldad sentía profunda y ardientemente mientras las hacía y decía. Luego venían las horas espantosas y negras del arrepentimiento y la contrición, el momento doloroso de pedir perdón hasta que surgía un rayo de luz, una felicidad tranquila y agradecida, sin disensión, que duraba horas o instantes (16 – 17).



Claramente, lo inofensivo y bueno se continúa sin ruptura en la “violencia apasionada”. Esta articulación moebiana es expresada luego con la continuidad entre las “horas espantosas y negras del arrepentimiento” y el “rayo de luz” del perdón. En pocas líneas, vemos sucederse la bondad y la maldad, la oscuridad y la luz, con lo cual podemos experimentar, en la lectura, un cierto vértigo de nivel semántico por causa de este fácil deslizamiento entre antagónicos. Debemos notar, sin embargo, que no se trata de articulaciones antitéticas, del tipo “hielo ardiente”, “luz que ciega” o “dulce tormento”. Este tipo de configuraciones contradictorias pretenden fijar ciertas experiencias indescriptibles en el nivel de lo imposible. En el caso de la redacción de Hesse –o en la traducción que tenemos de ella– lo que hay es, antes bien, una suerte de flujo sintáctico que no hace sino configurar un ritmo de tipo pendular entre lo opuestos semánticos. No es, pues, fijeza de lo enigmático, sino flujo moebiano y, en cierto modo, sicalíptico.

Pero debemos detenernos un momento en eso que instala dicha continuidad. Se trata de la figura del narrador. El procedimiento formal de la instalación del relato pasa por la configuración de un desdoblamiento: Sinclair, el personaje que narra sus desdichas lejos de la adolescencia, y el adolescente Sinclair atormentado y lleno de sensaciones confusas e impronunciables que el narrador adulto se encarga, precisamente, de discriminar. Leamos este fragmento:



Ya sé que muchos no creerán que un niño de casi once años pueda sentir esto. Para ellos no escribo mi historia: se la cuento a los que conocen mejor al ser humano. El hombre adulto, que ha aprendido a convertir una parte de sus sentimientos en pensamientos, echa de menos éstos en el niño y cree que las vivencias tampoco han existido. Pero yo no he sentido nunca en mi vida nada tan profundamente, ni he sufrido nunca tanto como entonces (42).





Este pasaje pertenece al segundo capítulo de la novela, pero hace explícita la instalación del narrador en su posición: el adulto que ha podido “convertir una parte de sus sentimientos en pensamientos” respecto del adolescente que sufrió con intensidad. No obstante, la separación se realiza no sin la continuidad; retomemos las últimas oraciones citadas: “Pero yo no he sentido nunca en mi vida nada tan profundamente, ni he sufrido nunca tanto como entonces”. Por un lado, el tiempo de los verbos es el pasado y con ello se constituye la distancia respecto de esos terribles momentos del niño; pero, por el otro, se sostiene que estas semanas de la vida del narrador tienen una gravitación incomparablemente mayor que la de cualquier otro momento. Es decir, son –y no han sido— significativamente vigentes para el adulto configurado en el discurso como el evocador. Y acaso esta identidad y esta separación, esta distancia y cercanía casi simultáneas ¿no se conforman con la lógica de la continuidad moebiana?

El inicio de la transformación que llevará a Sinclair hacia el mundo de Demian tiene la forma de un sometimiento moral. Un muchacho un poco mayor, Franz Kromer, lo atormenta con un chantaje que se vuelve insoportable y lo lleva a la enfermedad, a la culpa y al delirio. El enfrentamiento con su padre, después del primer encuentro con el chantajista, es de la misma naturaleza: una identificación entre el placer y el displacer, entre la superioridad y la miseria:



¡Me sentía superior a mi padre! Sentí durante un momento cierto desprecio por su ignorancia; su reprensión por las botas mojadas me parecía mezquina. «¡Si tú supieras!», pensaba yo como un criminal al que interrogan por un panecillo robado, mientras él tiene asesinatos sobre su conciencia. Era un sentimiento feo y repulsivo pero muy fuerte y con un profundo encanto y que me encadenaba con fuerza a mi secreto y a mi culpa (25).



Esta continuidad hace que los objetos y las circunstancias de su mundo perfecto y claro cobren un cariz tortuoso; de este modo, lo más agradable de su vida se hace el vehículo de su tristeza, de su desolación:


Por fin, llegó la hora de acostarme. Pero antes, como último purgatorio, tuve que aguantar las oraciones de la noche, en las que se cantó una de mis oraciones preferidas. Yo no canté; cada tono era como hiel y veneno para mí (26).


Los pequeños e íntimos rituales familiares, antigua fuente de placer y de reforzamiento de los vínculos con su modo de vida, se tornan en la expresión de nuevos contenidos, precisamente, de todo lo contrario: la ruptura de los vínculos con el mundo de los padres:


Una vez mi madre me trajo un trocito de chocolate a la cama. Aquello era un recuerdo de años pasados, cuando solía recibir estas pequeñas sorpresas si había sido bueno. Me dolió tanto el recuerdo que sólo pude mover la cabeza. Ella me preguntó qué me pasaba y me acarició el pelo. Sólo pude responder: «Nada, nada. No quiero que me des nada.» Dejó el chocolate en la mesilla y salió de la habitación (32).


Podríamos describir la significación que se suscita desde la perspectiva del niño como una sustitución de contenidos (el displacer en vez del placer, la culpa en el lugar de la gratificación) que, no obstante, no producen cambios en el nivel de la expresión, se trata de las mimas canciones, de las mismas pequeñas sorpresas, pero… ya no es lo mismo.

En términos semióticos, son dos las semiosis que se suceden en la medida en que producen distintos fenómenos de valor –tienen, para Sinclair, la significación de dos universos distintos: uno eufórico y el otro profundamente disfórico—, pero estas se constituyen utilizando el mismo plano de la expresión. Lo interesante es que el paso de un universo al otro se realiza sin la posibilidad de asir, de aprehender la diferencia en ningún anclaje significante o expresivo. En consecuencia, el personaje experimenta la imposibilidad de retirarse de lo terrible y agobiante. Por ello también se explica la solidaridad entre el joven Sinclair y el narrador adulto: es precisamente en el nivel de la narración de los sucesos que se encuentra, más allá de la semiosis del primero, un nuevo plano de expresión para una nueva e inaccesible significación para el pequeño martirizado. La salida para la pasión en el plano del enunciado solo existe en el plano de la enunciación. ¿Pero no es acaso entonces una continuidad moebiana la que se constituye entre ambos planos?, ¿no es acaso por la enunciación narrativa que la vivencia tortuosa existe y persiste en los enunciados?...

Aquí, en las puertas del acontecimiento Demian, nos detendremos; tal escansión es requerida debido a los objetivos propuestos. Sin embargo, nuestra hipótesis inicial, la de la vigencia de esta novela en los tiempos actuales, requiere ser nuevamente delineada. ¿Es posible postular que esta continuidad moebiana entre los contrarios, que puede observarse en la novela de Hesse, tiene algo que ver con la época actual? Nuestra hipótesis es que las circunstancias de esta época, que muchos llaman “posmoderna” o incluso ya “hipermoderna”, permiten actualizar dichas continuidades en el relato bajo la luz de la experiencia contemporánea de la falta de límites, de la carencia de relieves claros, de la sensación según la cual la trasgresión ya no es posible porque ella requiere de reglas claras y respetables que se puedan quebrar. En un mundo en el cual ya es un sentido común sostener que los ideales han caído, tampoco es posible encontrar, en consecuencia, una transgresión de tales ideales o de las normas que ellos conformarían: sin ideales no hay reglas y, sin estas, resulta imposible toda trasgresión.

Y en este punto, tampoco podemos extendernos; sin embargo, para esta demostración, apelamos a la sensación generalizada, que resulta verosímil en el lector de estas líneas, según la cual nuestra civilización es el campo de la anomia social y de la multiplicación de puntos de vista que, por consiguiente, produce una relativización de todo punto de vista. Ante estas evidencias, son habituales dos tipos de actitudes: aquella en la que se pronuncia una nostalgia del bien perdido, nostalgia de los tiempos en los que las fuentes del sentido social eran solventes y hegemónicas; la otra, la que saluda con efusión la caída los ideales y se regocija con el relativismo extremo que hace de cualquier valor equivalente a otro sin ninguna hegemonía. Independientemente de estos extremos –con los cuales resulta atendible una continuidad moebiana—, los dilemas de Sinclair cobran actualmente una nitidez inusitada: para el sujeto actual, por lo menos para aquel que aún se empecina en distinguir con claridad, la faz de lo social le devuelve hoy la experiencia según la cual el bien y el mal, lo propio y lo extraño, el vicio y la virtud se presentan indiscernibles.



Pero ¿Sinclair corta la banda de Moebius con la intervención salvadora de Demian? ¿Realmente el narrador reencuentra la claridad y el discernimiento luego de este acontecimiento? ¿Resulta verosímil, actualmente, la presencia de un Demian en las vidas de los atormentados? Todas estas interrogantes implican un ensayo que comenzará en otra ocasión.




NOTA:
[1] Lacan, Jacques. El seminario. Libro 10. La angustia; p. 109. Los dibujos también son tomados de la misma página.






BIBLIOGRAFÍA




Hesse, Hermann. Demian. Historia de la juventud de Emil Sinclair. 8va. Reimpresión, Madrid, Biblioteca Hesse, Alianza Editorial, 2006.
Lacan, Jacques. El seminario. Libro 10. La angustia. Buenos Aires, Paidós, 2008
Fontanille, Jacques. Semiótica del discurso. Lima, F. C. E. - U. de Lima, 2001.


viernes, junio 26, 2009

Badiou con Simba o de la Naturaleza que no existe





Una pregunta esencial de la ontología de Alain Badiou es la siguiente: ¿Qué es la normalidad? La normalidad –responde el filósofo– es aquella característica fundamental de lo que existe y tiene representación o reconocimiento. Ser normal es entonces, no solo nacer o presentarse en el mundo sino tener un nombre en los registros del mundo. De este modo, la normalidad se distingue de la singularidad descrita como lo presentado y no representado y de la excrecencia, que está representada pero no presentada.

De este modo, Badiou le adjudica a la normalidad la cualidad de ser el equilibrio entre la presentación de la estructura (porque la estructura tiene esa función, presentar) y la representación de la metaestructura (cuya función es, pues, la de representar).

Y ¿dónde podemos encontrar este equilibrio perfecto? En la Naturaleza, claro está, dominio en el cual todo lo que se presenta está también representado; dicho de otro modo, todo lo que pertenece a ella tiene un lugar adecuado, no existe un fenómeno natural que sea excesivo o nocivo.

Una de las muchas representaciones discursivas que podemos utilizar para graficar esta supuesta perfección es la película de Disney El rey León, cuyo tema es el “ciclo sin fin” –como reza la canción que se puede escuchar en el video que incluyo. Por medio de este ciclo que reitera lo mismo, el pequeño Simba es necesariamente el siguiente rey por ser hijo del rey: su presentación en el mundo de la Naturaleza está representada por su carácter noble. No solo es un cachorro (presentación), sino que es el sucesor (representación).

En consecuencia –y generalizando–, todo lo que es posible ser considerado como un existente natural solo podrá ser seguido, a su vez, por existentes naturales: lo mismo detrás de lo mismo. Dicho en los términos de la teoría de los conjuntos o la “Teoría del múltiple puro”, estos múltiples naturales solo presentarán múltiples naturales y así sucesivamente; por este motivo, Badiou sostendrá que la naturaleza es “homogénea en diseminación: lo que un múltiple natural presenta es natural […]. La naturaleza no se contradice jamás a sí misma” (149).


Ahora bien, como supondrán, esta naturaleza es como La mujer, según Lacan… no existe.

sábado, marzo 14, 2009

Los mundos posibles y lo necesario

El Efecto Mariposa es una dentro de la serie bastante extensa de configuraciones ficcionales –películas, novelas, videoclips, etc.— que toman el mismo tema en la actual estación histórica, se trataría de una especie de intuición generalizada, una suerte de fantasma que recorre no solo Europa: la posibilidad de múltiples mundos, paralelos al nuestro y producto de una pequeña variación en nuestras decisiones del pasado. Es un cierto qué hubiera pasado si… que se presentifica y obnubila el acceso a la dimensión de lo real. Se trataría, así, de algo extremadamente vigente y fantasmático que se encuentra en la época.

En esta ocasión, el cortometraje Spin que se muestra arriba, es una de esas múltiples configuraciones ficcionales que juegan con la idea de las múltiples posibilidades. El final, sin embargo, qué significa...

Es probable que la vigencia de esta intuición general, de esta sensación de qué hubiera pasado si... tenga relación con aquella otra, radicalmente posmoderna, según la cual todo es posible. A la manera de los juegos de roles virtuales, en donde uno puede internarse en una o varias vidas paralelas, en uno o muchos mundos posibles, lo real resulta negado en el presente. Lo real, lo que no cesa de no inscribirse, esa dimensión a la que apunta siempre el psicoanálisis no tiene vigencia dentro de la lógica del capitalismo actual.

Y es que este universo virtual de lo que podría ser tiene, que duda cabe, una directa relación con esta ideología capitalista de lo imposible es nada. Y posee, en su fundamento, un carácter radicalmente necesario. Se trata del respeto irrestricto, maquínico y de automatón a las exigencias del mercado: detrás de las múltiples posibilidades de productos que nos ofrece está la necesidad de respetar sus parámetros de calidad, de cantidad y cualquier otro.

miércoles, marzo 04, 2009

La tragedia de El efecto mariposa






Seguramente todos recuerdan la película El Efecto Mariposa (2004) de Eric Bress y Jonathan Mackye protagonizada por Ashton Kutcher y Amy Smart. En ella, un muchacho tiene la asombrosa habilidad de volver en el tiempo e intenta, varias veces, mejorar el estado actual de su vida con el uso de este superpoder. Se da cuenta, sin embargo, de que cada cambio tiene más –y más catastróficas— consecuencias, totalmente contingentes e inopinadas. La película termina con la conclusión de que es imposible cambiar el devenir desdichado de su existencia; retrocede en el tiempo hasta el momento en el que se encuentra en el vientre de su madre y se ahorca con el cordón umbilical.

Ahora bien, hay algo paradójico en El Efecto Mariposa que no sé si se ha destacado lo suficiente. Y es que está inspirada en un aspecto deslumbrante de una teoría física vigente, la teoría del caos, aquella que, grosso modo, postula una especie de indeterminación radical y constitutiva del universo. En afinidad con esto, la película parece en principio postular la imaginaria posibilidad de construir infinitos mundos posibles; sin embargo, la tesis implícita (y quizás inconsciente) es que hay un destino.

En un momento de la película se nos narra que la madre del personaje no podía tener hijos: cada vez que quedaba embarazada, abortaba espontáneamente poco después; en consecuencia, este hijo qué sí nació debió seguir el destino de sus “hermanos”. De hecho, el que finalmente se suicidara dentro del vientre de su madre es una ratificación.

Esta sería, pues, una película trágica en el sentido clásico: mientras más intentas alejarte de tu destino, más te aproximas a él.

Si esto es así, resulta sorprendente y extraño: ¿Hay una relación oscura y subyacente entre la creencia en la multiplicidad de mundos posibles y la convicción de que seguimos un destino condenatorio? ¿Esta relación es un fantasma de nuestra época? ¿Detrás de todas las posibilidades que se nos ofrecen hoy, existe una elección a la cual estamos obligados?

Este tema me parece vigente y capital –incluso del capitalismo vigente—, así que quizás debamos volver a él en otra ocasión.




martes, febrero 17, 2009

Un daguerrotipo epistémico


El devenir de mis lecturas –en vacaciones, claro— es una reproducción, fuera de la sesión analítica, de su regla fundamental: “di lo primero que pienses”. Esto, como sabrán, genera una retahíla metonímica propiciada por la denominada “asociación libre”. Pero este devenir no debe permanecer así de rizomático (como diría Deleuze), debe ser intervenido. Precisamente, la interpretación analítica es esa intervención que tiene la forma de un corte y que genera un antes y un después.

Hoy quiero dar testimonio de un punto de corte y de una implícita deriva: se trata de la conjunción entre una fotografía y un texto, dos modalidades del archivo. El primero es (El Primero) de Daguerre; el segundo, de Agamben.







El segmento del texto “El día del juicio” que quiero destacar, y que pertenece al libro Profanaciones, es este:




La lámina de plata representa el boulevard du Temple fotografiado por Daguerre desde la ventana de su estudio en una hora pico. El boulevard debió estar colmado de gente y de carruajes y, sin embargo, dado que los aparatos de la época exigían un tiempo de exposición extremadamente largo, de toda esta masa en movimiento no se ve absolutamente nada. Nada, excepto una pequeña silueta negra sobre la vereda, abajo ya la izquierda de la foto. Se trata de un hombre que se estaba haciendo lustrar las botas y por lo tanto permaneció inmóvil la cantidad de tiempo suficiente, con la pierna apenas elevada para apoyar el pie sobre el banquito del lustrabotas.


Lo que Giorgio Agamben subraya luego es esa dimensión completamente fútil, totalmente contingente del hecho y que, no obstante, queda para siempre como a la espera del Juicio Universal. Arriba, entonces, a la conclusión borgesiana (quizás Agamben no lo sepa pero es borgesiana) según la cual un gesto cualquiera, un fragmente ínfimo de nuestro devenir es la marca eterna a partir de la cual seremos juzgados y que representará, ante Dios, el resto de nuestra vida –Borges sostiene, además, que esta es su poética y que la aprendió de sus lecturas del Infierno de Dante.

Quisiera hoy destacar otra cosa –relacionada por metonimia pero diferente: semióticamente hablando, esta foto es una expresión de lo que, en el plano del contenido, sería la pervivencia de la episteme antigua.

A diferencia de la ciencia moderna, abocada a la configuración de conocimiento sobre la base de la experimentación con lo contingente, la episteme (la ciencia antigua) estaba en la búsqueda de lo eterno, de lo inmutable. Como sostiene Jean Claude Milner “un objeto se presta con tanta más naturalidad al episteme porque permite que se revele con mayor facilidad lo que en él lo hace eterno y necesario”. En este sentido, la ciencia mayor es la teología porque ella tiene como objeto, precisamente, lo más eterno y más necesario.

Lo interesante, lo sorprendente de la foto de Daguerre (más precisamente su daguerrotipo) es que, por motivos completamente técnicos e históricos, una figura de hombre y no otra quedó para siempre, y elegida por azar, como la figura original de la fotografía cuyo tema es el Hombre. Todo lo demás, la contingente muchedumbre, la múltiple pero efímera masa de paseantes fue borrada, y solo quedó este hombre epistémico –es decir eterno y necesario— haciendo que le lustren los zapatos.

Esto nos lleva a la conclusión elemental de que el daguerrotipo no es todavía moderno, sino el rezago –un puente hacia el porvenir, pero todavía un rezago— de la episteme antigua.

Pero más interesante me parece observar el hecho según el cual este daguerrotipo es un ejemplo paradigmático del vínculo entre lo contingente y lo necesario: pudo no ocurrir de ese modo, ese hombre pudo no haber pasado por allí, a esa hora; pudo no haberse quedado lo suficiente como para ser registrado: quizás no tenía la necesidad de ese brillo renovado, pero la insistencia del lustrabotas y algo de tiempo lo llevó a tomar esta decisión trivial. Lo cierto es que desde entonces, para siempre, como una necesidad inmarcesible, definitiva, se convirtió en la primera imagen del hombre en una fotografía. (No le conocemos ninguna frase celebre, del tipo “esta es una lustrada pequeña para el hombre…”, no tuvo tiempo, más bien, no tuvo conciencia).

Finalmente, es imperioso decir que el lustrabotas también podría compartir esa dimensión epistémica, pero tiene como problema su eidos deformado, su figura poco humana. Debe ser que el movimiento de limpiarle la bota al otro, y por dinero, lo desdibujó para siempre y lo libró de una petrificación daguerrotípica.

Confío en que haya
aprovechado este dinero mítico, prístino, en aguas no tan diáfanas pero sí lo suficiente como para ser capaces de transportarlo a otras esferas de lo sensible y de lo inteligible. Salud, compadre.





jueves, febrero 12, 2009

La sustitución particular y la singularidad incanjeable



Ahora quiero hacer algunos apuntes sobre El sustituto, (Changeling), la reciente película de Clint Eastwood, protagonizada por una muy delgada Angelina Jolie. Y para decirlo todo de una vez, de lo que se trata, según mi opinión, es de la moderna y conflictiva relación entre lo particular y lo singular[1]. Si bien existen, en la tradición premoderna, muchos cuentos de sustituciones de niños (cambiados por hijos de hadas o troles o semejantes), el relato de esta película está claramente enmarcado dentro de dicha oposición fundamental de la modernidad.

Se trata de una historia “de la vida real”, como suele decirse; pero, al parecer, el guión de Eastwood introduce modificaciones al hecho histórico que le quitan verosimilitud a la historia. No obstante, se mantiene en ella una tesis sorprendentemente lacaniana: la ley tiene un obsceno revés. Incluso más: el fundamento de la ley es un goce excesivo y mortal. Este punto, sin embargo, no lo tocaré sino de paso.

Comienzo con algo de la anécdota: Christine Collins (Angelina Jolie) pierde un hijo por circunstancias completamente contingentes. Lo deja en casa mucho tiempo solo por razones laborales (tuvo que reemplazar a un indispuesto compañero de trabajo), el niño sale a pasear por las calles de la ciudad y se encuentra con…, pero no contemos la historia –aunque quizás la mayoría ya la conozca. En todo caso, ante estas nefastas circunstancias, la Señora Collins hace lo que es de esperar, llama a la policía.

Este punto es emblemático de la oposición mencionada: mientras la madre reclama por su hijo, Walter Collins, es decir desde su singularidad, la policía responde incluyendo al desaparecido dentro de una clase general y, por tanto, convirtiéndolo en un caso particular: “El 99% de los niños desaparecidos regresan a la mañana siguiente”, le responden.

Esta conversación es completa y melodramáticamente verosímil, se trata del reclamo de la madre desesperada por su niño y de la policía que solo entiende de números y no puede comprender dicha desesperación. (¡Vaya por dios! ¡Qué injusta es la vida!)

Pero el caso cobra un relieve sorprendente en la intensificación del mismo conflicto poco más adelante. Esto es así cuando, después de varios meses, le dicen que encontraron a su niño y lo que le entregan es un niño. Dicho de otro modo, la inclusión de Walter Collins dentro de una clase general pervive. Se trata de un niño perdido sin madre y una madre que ha perdido a su niño. Desde el punto de vista “estatal” (en el sentido que le da Badiou), esto es lo que cuenta, incluso lo único que cuenta: niño, caucásico, perdido, siete años aproximadamente, norteamericano y, entonces, calza perfectamente. La madre no puede no recibir a este niño.

Para mayor sorpresa aún del espectador, ella entra al principio en la lógica moderna de lo general y lo particular, y confía en las razones estatales –es posible que el policía esté razonando correctamente, el suyo es un impacto emocional muy fuerte y puede estar ofuscada, los niños cambian muy rápido y en los meses de ausencia tienen que haberse producido cambios, etc.

Pero a continuación surge algo que pasa muy rápido, casi sin acotaciones y de modo muy difuso. El niño sustituto tiene la marca de la circuncisión. Esta marca, que inscribe al niño dentro de otro grupo y lo excluye del propio, es aparentemente el detonante del impulso a la reivindicación de la singularidad del niño Collins, el niño propio.

Es aquí a donde quería llegar para preguntarles. La marca de la circuncisión es una marca judía, todos lo sabemos. Ahora bien. ¿Es esta marca la que impide a la señora Collins aceptar el niño particular que el Estado le ofrece en sustitución? Dicho de otro modo, ¿es posible que de no haber existido dicha marca, se hubiese podido conformar mejor con el reemplazo? O, por otro lado, ¿es la singularidad de lo judío lo que la lleva a la búsqueda de la singularidad de Walter?

En todo caso, este niño judío –o marcado con la judeidad—, es un judío perfectamente fantasmático, es el judío del racismo antisemita: mentiroso impenitente, oportunista descarado y está, a tan corta edad, coludido con el poder corrupto de la policía de Los Ángeles. Parece estar gobernado por una oscura y siniestra voluntad. En este sentido, puede ser identificado con la encarnación de ese exceso inhumano que es la pulsión de muerte, una persistencia desbordante.

Este exceso es inserto en el seno de un hogar de clase media norteamericana de los años 20. El agente de esta inserción es, por supuesto, el poder corrupto que desea aprovechar este “logro” para darse una buena imagen y tapar su corrupción. Aquí está el otro punto señalado: el poder estatal, con su lógica planteada en los términos de lo general y lo particular, tiene como fundamento un goce excesivo. Incluso podría decirse que dicha racionalidad occidental y moderna es la manifestación de su obscena corrupción.

En todo caso, y para terminar, los detalles transformados por el guión de Eastwood me parecen muy sugestivos. En la historia real, el pequeño Walter cae en manos de un asesino de niños, Gordon Stewart Northcott; pero no es asesinado por este sino por la madre del perverso… En cambio, la película nos muestra, no una madre desquiciada u obligada a matar por su hijo desquiciado, sino a un poco verosímil sobrino en la pubertad haciendo de cómplice del asesino en serie.

Tengo la impresión de que este cambio refuerza la posición de la señora Collins y, así, la maternidad queda inmersa en un aura especial. Es como si el hecho de ser madre determinara necesariamente a la señora Collins a realizar esta búsqueda infatigable por el hijo perdido. Mostrar una madre perversa y otra virtuosa habría relativizado dicha posición.

En este sentido, existiría una implícita tesis naturalista: las acciones del personaje femenino son determinados por su ser biológico; por oposición, los personajes masculinos están motivados por razones económicas o políticas, es decir culturales. Se trataría, pues, de una vieja oposición.

En fin. Ustedes qué piensan.



[1] Sobre lo particular y lo singular, tanto como de lo general y lo universal pueden leer las siguientes entradas de mi blog: