martes, julio 26, 2016

La incorrección retórica y el pueblo como real: sobre el juramento de Indira Huilca



El día de su juramentación como congresista, más que sus palabras, la sintaxis del enunciado que pronunció Indira Huilca es realmente conmovedora. Y lo es porque su estructura –o quizás la falta de ella– nos pone, de cara y manos, frente a un imposible. Ella nos permite experimentar un Real.

Como recordarán, el 22 de este mes, frente al congresista más votado (por un pueblo olvidadizo, dicen unos; por un pueblo esclavo, dirían otros), Indira Huilca, un poco inclinada hacia el micrófono y con la mano izquierda en alto, pronunció la siguiente secuencia entre los aplausos de sus partidarios: 



“Por la memoria de Pedro Huilca, de los estudiantes asesinados en la universidad Cantuta, por todas las víctimas de la dictadura fujimorista que aún buscan justicia…”

Las puyas de los fujimoristas, en el hemiciclo y en las tribunas, se hicieron escuchar, estridentes y masivas, desde que la congresista electa comenzara a pronunciar la palabra “dictadura”. Con esto, acallaron la voz de Huilca, quien se detuvo unos segundos y sonrió, un poco azorada, para luego continuar con las siguientes palabras casi inaudibles por los gritos que las acosaban. Aquí las transcribo a la manera de una hipótesis y como un intento de establecerlas desde su pura oralidad: 

“…, con el pueblo claro que se puede. Sí juro”.


Escuchando los juramentos de los demás congresistas de su bancada, puede inferirse que ella quiso decir lo que los otros, lo que habían programado juntos: "...y porque junto al pueblo sí podemos, sí juro". Pero no fue así. 

Lo primero que se puede decir de aquella secuencia es que contiene, desde el punto de vista normativo y retórico, una “incorrección”: la intromisión de un inciso fuera de la lógica del juramento, a saber, “con el pueblo claro que se puede”. Lo “correcto” habría sido jurar por aquella memoria del padre, por los estudiantes asesinados, por las víctimas aludidas, y por algunas otras figuras traídas a la presencia (actualizadas, con mayor precisión). Parecían organizarse en una secuencia que iría desde lo más singular, de lo íntimo, hacia lo más universal. La decisión de ponerlas a todas ellas por delante del juramento habría tenido el efecto semántico de sostener, como una base sólida, un acto de compromiso singular y al mismo tiempo universal. Después de todas esas evocaciones, el enunciado “Sí, juro” descansaría sólidamente cimentado… Pero eso no pudo ocurrir.

El bullicio ensordecedor y brutal del fujimorismo se convirtió en la metáfora de su posible y futura función en el congreso: obnubilar, confundir, entorpecer el intento singular de inscribirse de un modo que no fuera sumiso. Desde un punto de vista semiótico, podemos decir que este enunciado tuvo que acomodarse a la intromisión del ruido bruto y construir con ella una estructura sintagmática en la que se superponía el sentido programado y lo gutural y estridente: no es en el nivel de los enunciados sino en el de las prácticas donde podemos ubicar el punto de real anunciado.

Efectivamente, la práctica del juramento y la práctica de la puya se superpusieron, se colisionaron y crearon una secuencia anómala que, por un lado, traicionó el objetivo de juramento original y acordado pero que, por el otro, enfrentó y resistió la prepotencia de aquellos que están a favor de la impunidad y de la confusión. En consecuencia, desde el punto de vista de la sintaxis frástica, el enunciado “con el pueblo claro que se puede” es un agregado anómalo; pero, tomando en cuenta que las palabras de Huilca se integraron conflictivamente en un escenario de prácticas contrarias y abusivas, ese mismo enunciado se convirtió en una secuencia-nombre.

En la frase “Con el pueblo claro que se puede” no está presente el conector "porque" que había sido acordado y se añade en su lugar la proposición "con", un nexo de compañía. Luego se agrega un giro enfático "claro que". Esas dos partículas suturan el nombre del pueblo de una manera distinta a la pactada: no se trata de una razón, de un "porqué", sino de estar junto a y de un énfasis afectivo. Estas formas de enlazar el nombre del pueblo en su discurso y en su circunstancia adversa tuvieron el valor de un conjuro. 

Claro está que no se trataba de convocar a ninguna divinidad, sino de tomar una frase que, como tal, se hermanaba con el resto de las frases pronunciadas –aunque haya sido anómala entre ellas–, pero que nombró y dio lugar al pueblo de una manera singular. Con su fuerza y en su nombre, la congresista, a continuación, juró con la frase convencional que hace retornar el protocolo: “Sí juro”. Como telón de fondo, continuó el bullicio de las arengas en favor o en contra de la decisión de Huilca. 

Pero antes hubo algo: el pueblo anómalo se filtró como substancia singular, irrepresentable y presente. Se inscribió por una presencia vital, una voz casi inaudible que todos deberíamos sostener y que lo convocó, al pueblo, a partir de una frase que le sirvió de nombre para llamarlo, para traerlo y para sostenerla para poder continuar…



Días después, Indira Huilca declaro en una entrevista que la función del Frente Amplio, agrupación política en la que milita, es expresar en el congreso la voluntad del pueblo. Refiriéndose al movimiento civil Ni una menos que protesta por la violencia contra la mujer, dijo que el congreso debe “ser la expresión de esa voz que al final termina expresándose por otros lados y por otras instancias”. A partir de lo que aquí se ha descrito, no es imposible pensar que estas declaraciones a la prensa son sinceras o, por lo menos, muy verosímiles.

Tienen para mí la verosimilitud de lo Real.

La foto fue tomada de RPP Noticias: http://rpp.pe/politica/congreso/indira-huilca-vincular-a-la-izquierda-con-el-terrorismo-es-algo-muy-bajo-noticia-981899


lunes, junio 06, 2016

La efímera bandera y su sujeto posible





Al final de la marcha, en la Plaza Dos de Mayo, un momento estético crucial fue para mí ese en el que una enorme bandera peruana comenzó a desplegarse por encima de nuestras cabezas. Era un monumental significante que nos cubría y representaba a nosotros, el conjunto de peruanos de diferentes condiciones y procedencias que habían asistido a la marcha, y que así nos convertíamos en su significado. La bandera pasó y la fricción entre esas dos substancias (una plástica y bicolor, otra vital y humana) produjo, quiero creer, un sujeto. De este modo, ese momento estético, relativo del tacto y al color, se volvió un momento ético.

Este es, sin embargo, aunque simbólico, un sujeto de naturaleza muy efímera, el suyo es un semblante precario que solo podrá ser fundacional con muy puntuales condiciones: cuando podamos retomar la escena, nuestra pertenencia a ella y cuando nos aprovechemos de su potencia; es decir, cuando nos reconozcamos en nuestra fidelidad a ese momento. En sí mismo no tiene un valor, salvo aquel que le otorguemos. Y es efímero este sujeto porque se constituye solo en un gesto que no representa ninguna fuerza suficiente y, como lo ha mencionado Juan Carlos Ubilluz en “Contra la lógica del mal menor”, “disimula la ausencia de una alternativa política seria”.


En ese artículo, con un procedimiento zizekiano –aquel de reconocer el reverso obsceno de una escena simbólica–, su autor ubica con precisión la infausta década fujimorista como la contrapartida del sistema democrático de derecha. Y es que no es un secreto que la corrupción ha sido en nuestra historia reciente una herramienta del capitalismo; en nuestro caso, el fujimorismo sirvió perfectamente a las políticas neoliberales que extendieron por el mundo. Desde esta perspectiva, decidir el voto por alguno de los dos candidatos a la segunda vuelta, Kuczynski o Fujimori, no es decidir nada: ambos son realmente lo mismo… ¿Realmente? 



Puede ser verdad que, como dice Ubilluz, “después de comprobar la viabilidad de nuestra democracia administrada, los hombres de negocios sienten que ya no necesitan a su fundador suplementario [Fujimori] y apuestan por alguien que reconocen como uno de los suyos, PPK”. Pero los motivos de la derecha no son los de la izquierda, y no pueden ser los de aquellos que se identifican con ese sujeto efímero del No, ese que habría que nombrar, ese sujeto de la bandera y de la Plaza Dos de Mayo.

Desde la perspectiva de la derecha, es lo mismo haber votado por la legalidad democrática que por la corrupción del narcoestado. Esto es más que evidente cuando recordamos a un PPK, en las elecciones presidenciales del 2011, apoyando a Fujimori sin ningún empacho. Pero desde la perspectiva de la izquierda y, sobre todo, desde la perspectiva de la subjetividad efímera de aquella bandera, no es lo mismo: donde todo se confunde, el gesto necesario es distinguir: será lo mismo para ti, hombre-de-negocios, a veces la corrupción; esta vez, la formalidad. Para mí no.

Y no es lo mismo porque algo más radical ha estado en juego en este momento electoral. Aquello que representa el fujimorismo, con todo su populismo adormecedor, con todos los probados o por probar nexos con la corrupción y el narcotráfico, no se conecta solo con la derecha, no es solo “su” reverso obsceno, sino que me es también secretamente propio: representa el goce indistinto que se opone al deseo singular. Yo también –y hablo por ese sujeto de la Plaza–, puedo sentir la tentación de acallar mi deseo y de entregarme al goce. Yo también puedo consentir con aquella mortificante posición del esclavo, aquella de “la vida es como es”, aquel goce de “todos son corruptos y no hay nada que hacer”, aquel de “yo por mí y los míos y al diablo el resto”. En consecuencia, votar hoy no era un redundante “por la derecha o por la derecha”, sino que fue votar o por el goce o por el deseo.


Y este fue el caso porque la respuesta a la pregunta por el voto fujimorista de los más pobres no es la ignorancia. La respuesta es la contraria: lo saben demasiado bien. Incluso más: el fujimorismo está tan bien asimilado que forma parte de su sentido común. Y ¿qué sentido es este? El del ciudadano que observó impotente durante una década el obsceno poder del criminal sin otra salida que la chata evasión televisiva o la miseria de su nueva condición de pordiosero. Es el de quien vio, mientras crecía y se formaba, el modo descarado en que era robado y explotado y se conformó con su condición de neo-siervo pero, quiero creer, muy a pesar de suyo. Este sentido común constituye, así, una posición de goce mortificado, el goce del esclavo y esta es la que se habría rechazado dadas las circunstancias y las decisiones tomadas por los actores visibles de la coyuntura electoral.

Pero, entonces, si Fujimori es el goce, ¿PPK es el deseo? ¿PPK realiza el deseo del sujeto de la Plaza? No. Su gobierno es solo un escenario más claro y que fuerza al sujeto político de la plaza, impulsado por la distinción que lo originó, a mantenerse permanentemente en la política, en la vigilancia, en la organización social, sin el influjo perturbador del populismo fujimorista que lo puede confundir, que se infiltra como un virus confundiéndose con lo popular. Y esto es así porque PPK es un gringo, un lobista defensor del gran capital, y su política y su economía son claramente neoliberales. Frente a esto, el sujeto nuevo no puede confundirse, debe mantenerse alerta, crítico, a la par que deberá constituirse en organizaciones populares (no populistas) con la expectativa de las verdaderas posibilidades que tuvo la izquierda en esta ocasión y que podrían ser mejores en el futuro, con la condición de no ceder en el deseo y trabajar por ese objetivo.

Debemos, en consecuencia, estar de acuerdo con las formalidades del semblante y tomar el semblante que nos otorgan: el reconocimiento que la derecha le da a la izquierda, el poder de inclinar la balanza electoral porque en el fondo no le temen. Debemos aceptarlo y ubicar a partir de ese reconocimiento un deseo, el de una posición enunciativa distinta: un germen de subjetividad política que, inscrita como neutralizada y no peligrosa, sea no obstante el inicio de la transfiguración en beneficio de lo popular. Agradezcamos, pues, la coyuntura que se caracteriza por el afán que tiene hoy la derecha de aplastar o renegar del reverso obsceno que no solamente es suyo. En la ausencia de los semblantes de legalidad, como en el fujimorismo pasado, no es posible ninguna subjetividad –salvo quizás y como amago de ella: la venganza sangrienta y el horror, pero eso nunca lo quisimos–, con los semblantes que se caracterizan por establecerse en los discernimientos y no en las confusiones es posible una maniobra mejor.


 No hay deseo sin el Otro, diría Lacan; en su ausencia, es decir, sin la legalidad, sin las representaciones y, en general, sin el juego de los semblantes no hay sino una aplastante obediencia al goce como lo más natural. Solo en el escenario del discernimiento significante, como aquel en el que una bandera pudo representar a los peruanos en la Plaza Dos de Mayo, algo como un sujeto es posible. Que no sea efímero, que sea el punto de partida de un deseo y se extienda más allá de los determinantes de la coyuntura. Esto es lo que nos toca.


sábado, abril 02, 2016

El sí mismo en el "asentimiento"


El siguiente es un artículo de Guy Le Gaufey en el que podemos encontrar una muy clara explicación de la dimensión imaginaria del yo y de su relación con el sujeto. Nos puede resultar útil para nuestras clases de Interpretación de Textos III lugar institucional en el que hoy alojo mi deseo por el psicoanálisis. 

A diferencia del modo clásico de entender la subjetividad como una profundidad y una autoconsciencia, el sujeto de Lacan es una instancia de superficie, un efecto de ese "giro del niño" quien, luego de mirarse al espejo, mira al otro que lo sostiene y busca un asentimiento.